La euforia sanchista desata las burlas sobre el pretoriano “gafe” de Susana

Pedro Sánchez, en una imagen de archivo.

Pedro Sánchez, en una imagen de archivo.

Administrar las expectativas es una clave de la política. Pedro Sánchez luce sonrisa de photoshop y los suyos, de subidón, se sueltan las lenguas aunque se conjuren para aparentar mesura.

“Estamos despistadísimos con las bases. No sabemos por qué registro saldrán en las primarias”. La confesión es de un susanista de pro. Si a Susana Díaz, los tótems del PSOE y a los barones de más peso les fallaron sus enterados-de-buena-tinta, y si las tropas titubean y andan nerviosas, la contienda se juega a un puñado de votos. Que las huestes crean en el triunfo de su líder forma parte de las condiciones del éxito. Al militante le gusta subirse al caballo ganador.

Una estrategia idónea puede elevar el globo muy arriba. Pedro Sánchez, que iba a ser enterrado en avales y acabó a una distancia de apenas 6.000 de Susana Díaz, saborea los efectos de las expectativas generadas y se regodea en su suerte. El líder caído busca el rescate de la militancia e hilvana el discurso del agravio que arranca con las “deslealtades” sufridas como secretario general, su derrota (“derrocamiento” en su boca) como hito a pesar de que su pretensión era cumplir con su palabra y negar el pan y la sal a la derecha, y enlaza todo ese cóctel para ser repuesto en el cargo del que los notables le apartaron por las bravas.

El equipo de Sánchez se conjura para aparentar mesura, pero se les hace difícil disimular la euforia. Uno de sus leales vaticina que “a Pedro lo sacaron de Ferraz como a un héroe el 1 de octubre y como tal lo devolverá a la Secretaría General más del 50% los afiliados”. ¿De verdad lo aparentemente apretado de la contienda justifica un diagnóstico tan contundente? En el sanchismo están convencidos de ello y hasta hay en su seno quienes apuntalan los cálculos agarrados a la tontería del “gafe” instalado en el Palacio de San Telmo.

El mal fario es atribuido a Máximo Díaz-Cano, secretario general de Presidencia de la Junta de Andalucía, y apuntado como artífice del golpe contra Pedro Sánchez. En lo que sí llevan parte de razón es en su currículo de apuestas poco afortunadas: El ahora mano derecha de Susana Díaz fue cuota de José Bono, precisamente en su intento de hacerse con el liderazgo del PSOE en el cónclave que ganó José Luis Rodríguez Zapatero, pero también director de campaña de Carme Chacón en su fallido asalto frente a Alfredo Pérez Rubalcaba. Más claro, agua.

“No hay dos derrotas sin tres”, repite el sanchismo entre risas apuntando a Díaz-Cano como una baza capaz de invertir la inercia ganadora de Díaz y hacerle perder las primarias. Es algo nada científico pero muy divertido para colaboradores de Pedro Sánchez, aunque no debería significar menospreciar la capacidad de Susana Díaz, que dispone de recursos sobrados para apuntalar su ventaja. Ese es un hecho cuajado, incontestable. El peligro para el pelotón sanchista sería tomarse la memez de Máximo Díaz-Cano como asunto cierto y terminen por creerse sus propias ilusiones. La solución, el próximo 21.

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