23 de mayo de 2017 | DIRECTOR ANTONIO MartÍN BEAUMONT

La carroña

Zidane, también soporta las críticas de un reducido sector del madridismo que espera su fallo.

Zidane, también soporta las críticas de un reducido sector del madridismo que espera su fallo.

Desde casa todo se ve maravillosamente sencillo de solucionar y todo el mundo sería campeón de todo. Pero en el deporte, como en la vida, dos más dos no tienen por qué ser siempre cuatro.

Dice la extensa y no siempre veraz Wikipedia, aunque para el tema que nos ocupa bien nos hace el apaño, que carroñero o necrófago es un animal que consume cadáveres de animales sin haber participado en su caza.

En la vida social, ya sea en las redes o en el bar de abajo, podemos deleitarnos con ejemplares del mismo calibre. Ahora a algunos se les llama cuñados, pero este es un término que se me antoja incompleto. Un cuñado opina de todo sin tener ni puta idea, le da exactamente igual el tema a tratar, él siempre tiene una imagen precocinada, enlatada ya en su minúsculo y deshabitado cerebro. Pero al cuñado le honra un hecho muy importante: la valentía. Son osados. No se esconden. Siempre creen que llevan razón y tres cojones les importa lo que pensemos los demás.

El carroñero, por definición, es un cobarde. Espera a que otro más valiente, más fuerte y más inteligente cace a su presa, se coma lo que le apetezca y deje los restos. Y ahí aparece nuestra hiena virtual a llenarse el buche. Ni antes, porque todavía el verdadero depredador está merodeando y no quiere correr riesgos, ni después, no vaya a ser que se quede sin su pedazo, porque hay otros como él esperando su oportunidad. Muchos miles. Son mayoría.

En la vida, en general, y en el deporte, en particular, nos encontramos con este maravilloso ciclo vital. La gente anima a sus héroes con orejas de burro. Ni ven, ni oyen, ni reflexionan. ¿Que ganan los míos? Somos los mejores. Yo siempre confié. ¿Que ganan los otros? A la cueva. ¿Que el partido político de enfrente roba? Sois todos iguales. Comunistas de mierda. Fachas del inframundo. ¿Que roba mi partido político? A la cueva.

Por otro lado, tristemente, en nuestro país tenemos la insana costumbre de menospreciar el trabajo de los demás. Ser entrenador de cualquier deporte no es nada fácil, igual que no lo es cualquier tipo de oficio en el que tengas que gestionar decenas de personas y personalidades (a menudo más personalidades que personas, ya que solemos tener, al menos, dos o tres por barba). Desde casa todo se ve maravillosamente sencillo de solucionar y todo el mundo sería campeón de todo año tras año. Pero resulta que en el deporte, como en la vida, dos más dos no tienen por qué ser siempre cuatro.

Aquí entrarían dos selectos grupos, interrelacionados entre sí: los madridistas antizidanistas, en el baloncesto de los pies, y los madridistas antilasistas, en el fútbol de las canastas. Viven en ese permanente ciclo tóxico de contaminación, como si fueran la boina de Carmena, en el que no terminan de disfrutar de las victorias de su equipo, que son siempre a costa de su entrenador y gracias a que los jugadores, experimentados cyborgs que juegan de memoria, le salvan el culo; mientras, sorprendentemente, parece que disfrutan y se regocijan más en sus derrotas, en una suerte de yo ya lo dije, no hay proyecto, se veía venir, estaban jugando con fuego o se le acabó la flor. Porque, obviamente, ellos tienen la solución a todos los problemas: se cambia al entrenador y todo se soluciona por arte de magia. 

Lo que ya me sorprende más es la capacidad de mis compatriotas para tropezar con la misma piedra una y otra vez, a pesar de que la realidad le pegue de bofetadas en toda su cara de anchoa. Como el que cava un hoyo y para salir de él, cava en otra dirección.

Pero hijo mío, sube y deja de hacer el canelo. Respira y aprende a disfrutar de la vida.

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