El Rocky de las raquetas

No recuerdo un tipo con mayor capacidad de resurrección desde Jon Snow que Rafa Nadal.

No recuerdo un tipo con mayor capacidad de resurrección desde Jon Snow que Rafa Nadal.

El tenis es para mí el deporte perfecto. No engaña a nadie. Es científicamente imposible hoy en día que haya ninguna polémica en torno a sus resultados. Gana el mejor siempre. Absolutamente.

No soy precisamente un fan ni un entendido del boxeo, pero alcanzo a comprender su magnitud. Dos seres humanos en un cuadrilátero danzando y metiéndose manguzadas mutua y sucesivamente. Deporte puro (aunque, otro día, debatible). Sin artificios. Uno contra el otro. Sin trampas. Puro sacrificio, aguante, fortaleza mental y física, psicología intrínseca, análisis inmediato del rival, toma de decisiones supersónicas. Y lo más parecido que encuentro, con una red y unas raquetas de por medio en lugar de mucho esparadrapo y unos guantes, es el tenis.

En el tenis no hay posibilidad de hacer trampas. Son caballerosos a veces hasta en exceso.



El tenis es para mí el deporte perfecto. No engaña a nadie. Es científicamente imposible hoy en día que haya ninguna polémica en torno a sus resultados. Gana el mejor siempre. Absolutamente siempre. No hay posibilidad de hacer trampas. Son caballerosos a veces hasta en exceso. Como mucho podemos ver algún amago de fullería como presionar al juez principal o alguna solicitud de fisio fraudulenta. Poco más. Eso lo hace, para mí, tan grande. No te puedes esconder: o estás a tope o te pasan por encima. No tienes un equipo detrás que te vaya a ir salvando, cosa que sucede en el ciclismo, otro deporte bastante puro, aunque adulterado por el dopaje y compensado por las tácticas de equipo y la continua comunicación con el entrenador. En el tenis, sin embargo, son el uno contra el otro jugando durante horas sin mayor conversación que la que estén manteniendo consigo mismos.

Hemos vuelto a disfrutar de un Rocky contra Apollo. Una bestia absolutamente nacida para matar contra un prodigio de la ciencia que juega con absoluta perfección



Y en el 2017 hemos vuelto a disfrutar de un Rocky contra Apollo. Una bestia absolutamente nacida para matar contra un prodigio de la ciencia que juega con absoluta perfección. Un lujo para la vista. Y para el alma. Y un recuerdo imborrable en nuestras retinas. Llevan más de una década enfrentándose y haciéndonos gozar de los mejores combates de tenis de la historia. Años odiándose, haciéndose llorar y obligándose mutuamente a darle una patada hacia adelante al listón de su pico máximo de grandeza. Y ahora, en el ocaso de uno por edad y del otro, por las barbaridades que ha hecho con su cuerpo, renacen juntos para, siendo ya amigos en la vida real, volver a hacerse sufrir contra la red, o contra la lona, que para el caso es lo mismo.

Es admirable y digno de estudio la ambición de ambos. Absolutos reyes de todo que aún conservan las ganas de entrenar a muerte para volver a enfundarse el cinturón de campeón. Siendo justos, Federer siempre fue mejor. Pura técnica y clase a raudales. Se merecía cobrarse una venganza final contra su némesis, contra el tipo que, a base de raquetazos de puro mármol, le sacó de sus casillas (intrínsecamente, ya que de cara al exterior, salvo el día de las lágrimas, se mantuvo siempre impertérrito) en más de una ocasión.

Rafa Nadal es un privilegiado física y sobre todo mentalmente



Pero es que Rafa, dios mío de mi vida Rafael Nadal. No recuerdo un tipo con mayor capacidad de resurrección desde Jon Snow. Un privilegiado física y sobre todo mentalmente. Capaz siempre de lo mejor. Capaz de ganar a los mejores sin ser mejor que ellos, lo que le convierte, automáticamente, en una especie genuina de deportista, algo así como un híbrido entre Felipe Reyes, Rocky Balboa y Jesucristo.

Rocky era un tipo normal, pero cuando ponía la mirada del tigre era capaz de romperle las costillas a un bisonte



Rocky era un tipo normal, que vivía su vida sin sobresaltos, iba justito de técnica y era un actor de anuncios de tele, igual que Rafa, pésimo. Pero cuando ponía la mirada del tigre era capaz de romperle las costillas a un bisonte. Y siempre volvía. Y cuando se caía, se volvía a levantar. Y cuando nadie confiaba en él, volvía a entrenar para volver a ganar. A quien fuera. Y otra vez. Y una vez más. No conozco ser humano real capaz de aunar el espíritu con el que Stallone impregnó a Rocky en la ficción mejor que Rafa Nadal, del que ya solo me queda por ver que se presente en los Juegos Olímpicos de Madrid 2036 y tenga opciones de medalla. En tres modalidades.

Gracias Roger y Rafa por hacernos sentir jóvenes al veros. Y que os den por el culo, por hacernos sentir viejos al vernos a nosotros mismos. Roger, eres el mejor de todos los tiempos y ha sido un honor verte tantas veces. Y tú, Rafa; tú eres mejor que él.

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