22 de febrero de 2017 | DIRECTOR ANTONIO MartÍN BEAUMONT

El show de los récords

Lamello Ball, una triste historia de la que presumir.

Lamello Ball, una triste historia de la que presumir.

Ávidos de anécdotas, historias de usar y tirar que rellenen nuestros telediarios y copen de efímeros links nuestras redes nos venimos arriba con cualquier mierda superficial que nos vendan.

Mientras no se demuestre lo contrario, y por mucho que se empeñen Cristiano o Curry, los récords no son títulos y no cuentan como tal. En el deporte colectivo el fin último es ganar. Jugar bien para conseguirlo ayuda, aunque no es imprescindible. Y batir récords puede que sea un buen camino para alzarse con el objetivo final. Pero ganar, ganar y ganar es lo único que cuenta y lo que de verdad pasará a la historia.

En fútbol lo que determina qué equipos -y qué jugadores de esos equipos- pasan a la historia son el campeón de Champions, el campeón de Liga y, en menor medida, aunque también, el campeón de Copa; y, por otro lado, el campeón de la Eurocopa y el campeón del Mundial. Ser el que más goles mete contra el Albolleque, salvo para gloria y regocijo personal, no vale absolutamente para nada. Ser el que más partidos seguidos gana en la historia del fútbol patrio para después perder los que te eliminan de una competición, sirve absolutamente para menos.

El Madrid de fútbol, con el retorno de Florentino en 2009, volvió a ascender a ese Olimpo que te permite acceder a los mejores jugadores del planeta



El Madrid de fútbol, con el retorno de Florentino en 2009, volvió a ascender a ese Olimpo que te permite acceder a los mejores jugadores del planeta y, por ende, poder competir por ganar los títulos más importantes. Eso está bien. Ahora, ocho temporadas después, hay que ser muy cerril para no ver que esto solo ha compensado a ratos. Cristiano es el mayor goleador de la historia blanca y tiene el mejor balance de la historia de nuestro fútbol, y esto es la puta leche, pero en ese impasse de tiempo en el que se ha hinchado a meter goles a cascoporro, resulta que nuestros futuros excompatriotas de la Comarca Bolsón han ganado cinco de las últimas siete ligas, que, por mucho que nos pese, es el objetivo final del juego.

Resulta que nuestros futuros excompatriotas de la Comarca Bolsón han ganado 5 de las últimas 7 ligas, que, por mucho que nos pese, es el objetivo del juego



Ejemplos hay muchos otros. Ancelotti batió un récord inerte hace un par de años. Los Warriors de Kerr y Curry el año pasado hicieron la mejor marca de la historia y no les sirvió para colocarse el anillo. O recientemente Zidane, que estuvo sin perder menos y, cuando lo hizo, el equipo cayó eliminado de la Copa. También haría mención a los 112 puntos de Drazen Petrovic contra un equipo de júniors o los posteriores 144 de Babic, orquestados suciamente con la única intención de destronar el no más limpio récord del de Sibenik. Absolutas historias sin verdadero valor.

Un chaval de irreverente nombre LaMelo Ball ha metido 92 puntos en un partido de la High School norteamericana, el récord de la competición


En baloncesto, esta semana se ha visto como un chaval de irreverente nombre, LaMelo Ball (que traducido sería algo así como me las mamo todas), ha metido 92 puntos en un partido de la High School norteamericana, lo que supone el récord de la competición. El tema es que si hurgas un poco, te puedes dar cuenta de que el valiente muchacho apenas bajaba a defender, se quedaba de palomero y sumó muchos de esos puntos metiéndola sin esfuerzo debajo del aro. Hizo 30 de 39 en tiros de dos, fácilmente, como ya digo, y 7 de 22 en triples, lo que supone un pésimo porcentaje. Lanzó 61 veces a canasta, el resto de su equipo al completo, 34. Triste historia de la que presumir, sobre todo para su entrenador, que permitió que su jugador, cuando le apeteciera, no bajara a defender. Y encima las bandejas por la izquierda las soltaba con la derecha. De traca.

Ávidos de anécdotas y sensacionalismos, de pequeñas historias de usar y tirar que rellenen nuestros telediarios y copen de efímeros links nuestras redes sociales, nos venimos arriba con cualquier mierda superficial que nos vendan, sin pararnos a pensar en lo verdaderamente importante. Sería algo así como si en esa competición de encontrar garbanzos negros en el cocido que teníamos mis hermanos y yo a principios de los 90 fuera lo verdaderamente digno de mención periodística por encima del trabajazo de mi santa madre, que cocinaba todo a fuego lento durante cuatro horas.

Querer batir un récord individual en un deporte colectivo es absurdo y cuando se hace a propósito es hasta irrespetuoso con el rival y con los valores del deporte



Querer batir un récord individual en un deporte colectivo es absurdo y, cuando se hace a propósito, buscándolo de manera premeditada y orquestada, es hasta irrespetuoso con el rival y con los valores del deporte. Los récords han de venir solos, trabajando en ataque y defensa, siendo buen compañero y peleando por, de manera prioritaria, ganar los partidos y haciendo que cada actuación individual tenga como objetivo mejorar la del conjunto, no alimentando el ego de cada uno. Si buscas récords, quizá es que lo tuyo sea el Show de los Guinness, no un deporte donde prima el equipo. Pero tristemente somos un país que le da demasiada importancia a dejar nuestro nombre grabado en la historia, aunque sea dibujando una eterna polla en cemento fresco o poniendo una palabrota en la máquina del PANG del pub de abajo.

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