El espía que vino de Hollywood

La Oficina de Información de Guerra creada por el presidente Roosevelt en 1942 reclutó a los mejores directores de cine de EEUU para crear películas que elevaran el espíritu de resistencia

En el verano de 1881, en una pequeña ciudad de la Aquitania francesa, nació François Darlan en el seno de una familia de gran tradición en la Marina: desde su bisabuelo (que había muerto en la batalla de Trafalgar) fueron varios los ejemplos que le inspiraron a ingresar en la Armada.

Abandonó durante unos años la Marina para combatir en la I Guerra Mundial como capitán del Ejército. Después, volvió a la Armada donde mandó varios buques hasta que en 1939, tras una carrera brillante, fue nombrado almirante jefe de la Flota, cargo en el que le sorprendió el estallido de la II Guerra Mundial.

Mientras el Ejército francés se desmoronaba bajo la ofensiva alemana, en el castillo del Muguet (Francia) se producía el 12 de junio de 1940 la última reunión del Consejo Supremo Interaliado, creado meses atrás para coordinar la resistencia común de británicos y franceses contra las tropas de Hitler.

Las caras de duelo lo decían todo. Bueno, todo no. Justo al acabar la reunión –que parecía más un velatorio- el almirante Darlan se acercó al oído de Churchill para darle su palabra de que “pase lo que pase, nunca permitiré que la armada francesa caiga en manos alemanas”.

Ese “pase lo que pase” no le sonó nada bien a Churchill, así que el 16 de junio mandó un telegrama urgente a Darlan pidiéndole que enviara sus buques a refugiarse a los puertos británicos. El almirante dudaba. Sabía que los alemanes estaban a las puertas, pero tampoco se fiaba de las intenciones del premier británico.

Las dudas acabaron a las pocas horas. Ese mismo día, el mariscal Petain se hizo con el poder en Francia y le ofreció a Darlan ser ministro de la Marina, cargo que aceptó con el principal objetivo de proteger sus buques.

Aún no sabía muy bien en qué bando iba a luchar, pero lo que sí que sabía era que la Armada debía permanecer unida y en puertos franceses. Una muestra de aquellas dudas es que sólo dos días después, el 18 de junio, Darlan contactó con el jefe de la Armada Británica –que ya era “el enemigo”- para reiterar la promesa que hizo a Churchill…. pero ya no confiaban en él. El 3 de julio de 1940 los británicos atacaron y hundieron la flota francesa anclada en Orán.

El almirante Darlan -ya sin barcos- siguió con su carrera política al lado de Petain que lo nombró vicepresidente, además de ministro de Defensa, de Interior y de Asuntos Exteriores. Era el auténtico hombre fuerte del régimen y tenía que tratar en persona con los ministros de Hitler. Las imágenes del almirante francés rodeado de gerifaltes nazis pronto dieron la vuelta al mundo.

A pesar del apoyo de Petain, los nazis no se fiaban de él y le acusaban de la pérdida de la flota a manos de los ingleses. Consiguieron arrinconarlo en el gabinete de ministros para después provocar su expulsión del gobierno. En abril de 1942 sólo ostentaba ya el cargo de Jefe de las Fuerzas Armadas de la Francia de Vichy, un cargo casi simbólico.

El 7 de noviembre de 1942, Darlan viajó a Argelia a visitar a su hijo, y –casualidades de la vida, o no- nada más pisar tierra le informaron de que británicos y norteamericanos acababan de lanzar la operación Torch: el desembarco aliado en el norte de África.

El almirante y Jefe de las Fuerzas Armadas de la Francia de Vichy podía haberse puesto al frente de sus tropas y combatir al “enemigo”. Sin embargo, lo que hizo Darlan fue cambiarse de bando, cosa que los norteamericanos acogieron con alegría y los británicos con mucha desconfianza.

El general Eisenhower, que dirigía las fuerzas aliadas en el norte de África, no dudó en recibirlo y reunirse con él en un intento de que su rendición contagiara a los pocos franceses que aún resistían tras el desembarco. Los británicos, sin embargo, no querían saber nada de Darlan.

Mientras todo esto pasaba en Argelia, un agente de la inteligencia norteamericana llevaba a cabo una misión secreta en Londres: Stanton Griffis, capitán del ejército estadounidense durante la primera guerra mundial y que antes de estallar la segunda era el director de la compañía cinematográfica Paramount Pictures, había sido fichado por la “Oficina de Información de Guerra” norteamericana.

El presidente Roosevelt había decidido crear esta oficina en verano de 1942 como una herramienta de propaganda para la opinión pública. Había que mantener alta la moral.

En concreto la misión de Griffis era dirigir la Oficina de Películas (“Bureau of Motion Pictures”). Antes de saltar a la producción de películas, viajó por varios países para analizar la reacción del público durante la proyección de noticias e imágenes de la guerra.

 

Estos informes iban dirigidos personalmente al coronel Donovan, jefe de los servicios secretos norteamericanos. En 2019 la CIA desclasificó varios de estos análisis que nos muestran cómo durante aquellos meses Griffis aprendió todo lo necesario para -meses después- producir películas bélicas que conectaran con el público y elevaran su moral y espíritu de sacrificio.

Stanton Griffis se camuflaba entre los espectadores como uno más. Se reía con ellos y contaba hasta la duración de los aplausos tras cada pase. Parecía un ciudadano corriente, pero en realidad era el cirujano -y el notario- de las emociones colectivas que se vivían en las salas de cine. Toda aquella información sería de gran valor para la producción cinematográfica de la “Oficina de Información de Guerra”.

Leyendo los informes desclasificados me sorprendió que uno de ellos llevara fecha de 24 de diciembre de 1942; muy importante y urgente debía ser para redactarlo un día tan señalado.

La información que Griffis remitió al Coronel Donovan aquella Nochebuena era un análisis de cómo la opinión pública británica veía al almirante Darlan. Su imagen, al lado de Eisenhower, abría los noticiarios de guerra que se proyectaban antes de las películas.

Cada vez que aparecía Darlan en pantalla, el público silbaba y abucheaba. Los gritos de “traidor” eran constantes y hasta en las críticas de cine recogidas en los periódicos se le hacía un hueco al Almirante con los insultos de engreído, mentiroso y “quinta columnista”

El agente Griffis tuvo la sensación de que el clima de animadversión contra Darlan era general en toda Gran Bretaña, sin excepciones, a todos los niveles. Aquella Nochebuena de 1942 tuvo la corazonada de que debía informar de manera urgente a sus superiores. Llegó tarde.

Mientras Griffis redactaba el informe en Londres, un muchacho saltaba la valla de la residencia del almirante Darlan en Argelia asesinándolo de varios disparos. Aquel joven fue juzgado y fusilado al día siguiente, en un episodio oscuro y del que todavía siguen siendo los servicios de inteligencia británicos los máximos sospechosos.

François Darlan y Stanton Griffis fueron compañeros de armas en la I Guerra Mundial. Los emblemas de capitán adornaban los uniformes que ambos lucieron por aquellas trincheras en Europa.

Años después, una Nochebuena de 1942, el primero portaba una guerrera de almirante que acabó agujereada por las balas, mientras que el segundo redactaba un informe con el traje de pana oscuro que vestía para pasar desapercibido en los cines de Londres.

Algo debió intuir Griffis para no celebrar aquella Nochebuena. Sus vecinos cantaban villancicos, pero él sólo escuchaba el martilleo de su vieja máquina de escribir.  Mecanografiaba cada vez más rápido con la esperanza de que aquel informe llegara a tiempo al Alto Mando. Intuía que aquello no iba a acabar bien para Darlan, y acertó.

El almirante Darlan sigue siendo un personaje controvertido en la Historia. Para unos un traidor que no combatió a los nazis, para otros un héroe que intentó proteger la armada francesa.

Acabada la guerra, Stanton Griffis cambió de vida para ser diplomático, llegando a ser embajador de EEUU en España. Dejó los servicios secretos y el cine.

Qué pena de película se ha perdido.

 *Experto en Seguridad y Geoestrategia.

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