18 de octubre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Prisión permanente para Ana Julia Quezada y un poco de respeto ya para Gabriel

El cruel asesinato del niño Gabriel desafía a la sociedad y reclama la prisión permanente. Pero también un debate sobre la explotación del dolor con falsa conmoción y cercanía.

 

 

El jurado popular ha considerado culpable de un delito de asesinato con alevosía a Ana Julia Quezada, autora del cruel crimen del niño Gabriel Cruz, un espeluznante suceso que conmovió y conmueve al conjunto de la sociedad española por la identidad de la víctima, la frialdad del verdugo y el intenso contexto mediático que rodeó al caso.

Con ese fallo, lo más probable es que el juez firmante de la sentencia condene a la reo a prisión permanente revisable, lo que convertiría a Ana Julia en la primera mujer objeto de esa pena en toda España. Y es muy difícil negar que se lo merece.

Inhumana

Los testimonios escuchados y las pruebas presentadas en la sala demuestran, de forma fehaciente, que la condenada no mató al indefenso niño de manera accidental, como sostuvo entre lágrimas de cocodrilo. Al contrario, planeó su muerte, le sometió a un inhumano castigo físico, le torturó enterrándolo mientras aún respiraba, finalmente le mató y por último se puso al lado del padre a simular que le buscaba.

Dejemos descansar ya al pobre Gabriel Cruz, y que la justicia se encargue de su cruel asesina de forma permanente

Es complicado encontrar un comportamiento tan cruel, despiadado e inhumano; agravado por la sospecha de que ya pudo causarle la muerte a uno de sus hijos hace años. El mal existe, sin necesidad de apellidos ni de explicaciones médicas, y Ana Julia es una demostración terrible de ello.

Descanso y respeto

Precisamente para personas así se habilitó la prisión permanente revisable, que no condena de por vida a un preso rehabilitado, pero libera al Estado de la obligación de soltarlo cuando sigue siendo un peligro público. Sobre esta figura penal sí se puede y debe seguir debatiendo, pero sobre el pequeño Gabriel, el entrañable pececito, conviene ya dejarle descansar.

No lo hará la televisión, incapaz de dejar de explotar el morbo bajo una careta de falsa conmoción y ternura, pero el resto de la sociedad sí debería intentarlo. Por el pequeño Gabriel, por sus padres y familiares y un poco por todos nosotros.

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