Más que una catedral

Notre Dame, antes del incendio que ha devastado parte de la catedral de París

Notre Dame, antes del incendio que ha devastado parte de la catedral de París

Las llamas alcanzan a todos lados, y mientras el marxismo cultural pretende que arda Europa, la chispa salta y prende fuego a movimientos contrarios

El incendio de Notre Dame no es un incendio de una catedral cualquiera. Es el incendio de uno de los símbolos de la Europa cristiana, es la destrucción de un símbolo del mundo occidental. Por eso te choca tanto la noticia, aunque no la hayas visto en persona.

No es un incendio de una catedral más, es el incendio del corazón de la Europa cristiana, del escenario que vivió la coronación de Napoleón y la beatificación de Juana de Arco. Sin embargo, de las llamas que devastaron el techo de esta joya del gótico han surgido otras llamas que van más allá de los ‘cuñados’ y ‘expertos’ en apagar incendios que salen como setas ante estas situaciones.
Por un lado, la llama del marxismo cultural, ese que pretende que la identidad de Europa se diluya como un azucarillo. El marxismo perdió su batalla política, económica y su propia razón de ser con la caída del Muro de Berlín, pero se ha transformado en toda una serie de movimientos que bajo banderas aparentemente buenistas como la defensa de las minorías o la interculturalidad, pretende la desestabilización y desnaturalización completa de las raíces de Europa.

Por eso no dudan en asociarse con movimientos como el islamismo. Para ese marxismo, la Europa de las naciones y patrias, la Europa grecorromana, histórica, cristiana y blanca, es ese modelo a tumbar Por eso algunos se ponían contentos en redes sociales al ver arder Notre Dame y deseaban lo mismo para la Almudena.

O algunos medios en sus crónicas del incendio esconden la palabra ‘símbolo cristiano’ como si lo que atuviera ardiendo fuera el supermercado de la esquina. O sorprenden con demagogia barata en la que increpan que lloremos por una catedral y no lo hagamos por los muertos en el Mediterráneo (como si una cosa quitara la otra).

Arde para ellos un símbolo de esa Europa ‘blanca, cristiana y heteropatriarcal’, facha que dirían los de aquí, y creen avanzar en su objetivo de una Europa sin valores.
Pero las llamas alcanzan a todos lados, y mientras el marxismo cultural pretende que arda Europa, la chispa salta y prende fuego a movimientos contrarios. Por eso también triunfan presidentes como Víktor Orban, que prometen precisamente defender la identidad cultural y cristiana de Europa.

Si la izquierda populista pretende su desnaturalización, surgen los movimientos antagónicos, en ocasiones también de populismo facilón, que prenden la llama de la defensa de la identidad de Europa.
Y surge, para mí, la llama más bonita que vi entre tanta desolación. La llama de la esperanza, de la solidaridad, de la colaboración. En el corazón de la laica República francesa era impactante ver a decenas de personas rezando y orando.

De la catástrofe vuelve a salir de dentro nuestras creencias más profundas. Y sobre todo, las ganas de superarse, de salir adelante, de colaborar, de volver a construir. Ojalá no vuelva a pasar un incendio así, pero que mantengamos viva la llama de los que realmente somos sin que nadie venga a apagarla.

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