El síndrome de la cama deshecha

La deshecha es una metáfora de la sociedad

La deshecha es una metáfora de la sociedad

La cama sin hacer es un indicio, casi un símbolo de los males contemporáneos. Y lo es hasta el punto de que la historia denominará esta época la Era de la cama deshecha.

 

Hacer la cama todas las mañanas no tiene más que beneficios para la salud. Están cansadas de asegurarlo miles de investigaciones científicas, cuyas conclusiones demuestran que tundir sábanas y cobertores, ventilar el cuarto y dejar la cama hecha son operaciones letales para los ácaros. También lo afirman centenares de indagaciones psicológicas, que han generado argumentos como los de Charles Duhigg en su libro El poder de los hábitos, donde sostiene que “las personas acostumbradas a dejar la cama hecha son más productivas, tienen una mayor sensación de bienestar y son más hábiles a la hora de ajustarse a un presupuesto”.

Sin embargo, lo habitual es que las multitudes no hagan caso de los consejos científicos y prefieran abandonarse a una dejadez que, según han revelado estudios recientes, va ganando adeptos: parece ser que un 80% de la población deja la cama revuelta cuando sale de casa. El dato, al parecer intrascendente, no deja de tener sus derivaciones angustiosas, por cuanto supone una manifestación, entre tantas otras, de la decrepitud que padecen hoy las expresiones de respeto por los demás y por uno mismo que antaño gozaron de lozanía y vigor.

La formalidad, el aseo y la educación envejecen, se amojaman, pierden seguidores y ven disminuir cada día el predicamento que una vez tuvieron. Son cualidades vetustas, y en su ancianidad están recibiendo el trato de moda: ingresar en un asilo. El número de los que no hacen la cama crece tanto como el número de quienes entran a los restaurantes con el sobaco al aire, el de quienes contestan al móvil en misa, el de quienes transitan la vía pública en paños menores, el de quienes cuestionan al profesor o el de quienes votan extrema izquierda.

Es la rebelión de las masas, el empoderamiento de la vulgaridad que predijo un tal Ortega y Gasset cuando la cosa no hacía más que asomar. Quiere decirse que no se ordena el jergón como no se ordena la vida; que resulta más fácil dejarlo todo manga por hombro, ceder al instinto, no controlarse; que la cama sin hacer es un indicio, casi un símbolo de los males contemporáneos. Y lo es hasta el punto de que los futuros libros de historia llamarán a esta época, con toda probabilidad, la era de la cama deshecha.

Se abandona la cama y se abandona la disciplina, se rechaza el esfuerzo, se detesta el sacrificio y se confina la conciencia en la mazmorra más profunda. Todo está conectado; todo guarda una misteriosa trabazón. Dime cómo dejas el camastro cuando sales de casa y te diré quién eres. Cuéntame que dos terceras partes de la población prescinden de arreglar la yacija y me sorprenderá menos que haya tantos okupas, tantas reyertas y alguna que otra cabeza guardada en una caja.

Dicho de otra manera: que nos parece normal dejar la cama deshecha pero no que los inquisidores de Camps, Barberá y Cifuentes repartan sin tasa carguetes y sinecuras, o que nos endiñen sin venir a cuento un horroroso vergajazo fiscal. No podemos tener la piel tan fina, escandalizarnos por esto y por aquéllo cuando están las camas por hacer, cuando la desidia invade los cuchitriles y los ácaros conquistan a placer la superficie de nuestros catres.

El aposento español no se ventila ni se ordena, o cada vez se ventila y se ordena menos. Va llegando a ser una leonera, una celda insalubre, un desastre, una imagen de la confusión que ha penetrado, con el caballo de Troya del audiovisualismo, en las mentes ibéricas. No se hace la cama, no se cocina, no se lee y no se piensa: la jornada se va en trabajo, televisión, gimnasio y tardeo; en Facebook bobalicón y en Whatsapp intrascendente; en acicalarse y en esperar que defeque la mascota; en evitar el silencio, buscar el aturdimiento y perder el tiempo en internet.

La multitud está sumida en la estupidez suprema, en el aburrimiento máximo, en el idiotismo colectivo; pierde la costumbre de hacer camas como pierde las ganas de criar niños; agarra el presente y olvida el futuro. La incuria de los dormitorios resulta muy sintomática: indica el advenimiento de la galbana existencial. Es un síndrome alarmante que pasa desapercibido; aunque ahora, con el confinamiento, con el arresto domiciliario, con el aburrimiento mayúsculo que nos ha oprimido, quizá tenga solución. Al deambular por las habitaciones de la casa buscando entretenimiento quizá nos haya dado por hacer la cama, por dejarla hecha un pincel todas las mañanas. Y a lo mejor nos acostumbramos.

La cama hecha o deshecha —el nivel de orden o de desorden— perfila el retrato de cada cual y, en conjunto, el de toda la sociedad. Es el arreglo de la cama elevado a categoría sociológica; el prurito del orden como indicador de la motivación colectiva, del estilo y la índole de esta motivación. Una sociedad con las camas deshechas es una sociedad apática, dejada, relajada —en la peor acepción del término—: decadente; una sociedad astrosa, zarrapastrosa y desastrada, llena de individuos a quienes lo mismo da chicha que limoná, Cayetana que Adriana, Casado que Sánchez, Iglesias que Abascal, velo quirúrgico que rostro al aire.

Acabo de ver siete palurdos maduros almorzando alrededor de una mesa de bar diminuta y sin mascarilla. Casi seguro que habrán dejado la cama deshecha.

*Escritor

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