25 de junio de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT
  • Eduardo Arroyo

    Globalización

    Eduardo Arroyo es doctor en biología y licenciado en bioquímica y en filosofía y letras. Fue socio fundador y columnista de “El Semanal Digital” desde los inicios. Crítico con su época, aboga por una nueva ética de los deberes humanos como primera garantía de la libertad.

Los peligros del secularismo

Muchos miramos con inquietud la deriva de la Iglesia en pos de las ideologías de moda.

Muchos miramos con inquietud la deriva de la Iglesia en pos de las ideologías de moda.

El discurso del Sumo Pontífice sobre la crisis de los refugiados no difiere demasiado del de una ONG tripulada por indocumentados, de las que hoy tanto proliferan.

Muchos miramos con inquietud la deriva de la Iglesia en pos de las ideologías de moda. Esto puede parecer exagerado pero no lo es tanto. El discurso del Sumo Pontífice sobre la crisis de los refugiados no difiere demasiado del de una ONG tripulada por indocumentados, de las que hoy tanto proliferan. Tampoco es muy diferente en otros lugares comunes como el asunto del medio ambiente, la crítica al capitalismo o la plática fácil sobre el “egoísmo” o el consumismo. Ojo. Que nadie se engañe. Es difícil discrepar sobre algunos de estos asuntos, en los que se señalan algunas de las causas que destruyen la sociedad moderna. Pero en conjunto, tomado en un sentido global, el discurso de la Iglesia parece poco a poco converger extrañamente con todos aquellos que buscan la demolición de nuestra cultura. Al final, uno escucha, no sin temor, a líderes conspicuos de la izquierda, tanto política como cultural, alabar el nuevo “aggiornamento” del Vaticano. Roma parece no querer, en su conjunto, marcar distancias con ellos; más bien ha cogido el paso de una lenta pero inexorable convergencia que complace extrañamente al mundo, en especial a los enemigos seculares.

Todo esto tiene consecuencias. Al gravitar cada vez más a temas sociales o políticos y al haber tomado Roma la decisión de no apoyar más que a católicos políticamente activos en los partidos estándar, el resultado es que en la sociedad en su conjunto, cada vez se habla menos de Dios y, así, vastas masas de nuestro pueblo han perdido lo que fue el motor de su cultura y de su civilización. En un reciente artículo (“A Note to Conservatives Who Are Secular”, 5.4.2016), el analista conservador Dennis Prager llamaba la atención sobre una cuestión que nosotros queremos remarcar aquí: “la gran mayoría de los principales escritores conservadores, lo mismo que sus colegas liberales, llevan una vida secularizada. Con pocas excepciones, los mundos político e intelectual del conservadurismo viven ignorantes de las consecuencias del secularismo. Desconocen el desastre al que la falta de Dios (“godlessness”) ha conducido a Occidente”.

Haciéndose eco del artículo de Prager –y constituyendo él mismo la excepción a lo que Prager dice- Pat Buchanan, en “If God is dead…” (buchanan.org, 25.4.2016) ha expuesto la conclusión lógica de lo dicho hasta aquí. Buchanan afirma que “la religión de un pueblo, su fe, crea la cultura y su cultura crea su civilización. Y cuando la fe muere, la cultura muere y muere la civilización y el pueblo comienza a morir”. Esto es precisamente lo que está pasando en nuestros días, en que, por ejemplo en España, la situación de invierno demográfico es absolutamente alarmante, sin que uno solo de los partidos políticos conocidos aporte una sola idea eficaz. Ni que decir tiene que sucede igual en los demás países europeos.

Lo que nos gustaría añadir a las sugerentes propuestas de Prager y Buchanan es que la solución a nuestros problemas –muy hondos, como se ve- no puede proceder del secularismo. Es en el mundo del espíritu donde debe librarse la batalla decisiva. Lo demás está destinado al fracaso. Buchanan, pese a la euforia nacionalista que recorre los EEUU estos días, piensa que gane quién gane las próximas elecciones presidenciales, el resultado será el desastre. Parece pensar: como hemos abandonado a Dios, Él nos abandona a nosotros. Toda esta manera de razonar es, en el fondo, demasiado terrenal. Al fin y a la postre, solo Dios puede, efectivamente, salvarnos. Confiemos, por tanto.

 

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