Las Fallas conquistaron Cataluña

La guerra civil truncó la expansión de un festejo valenciano que, sin embargo, se propagó por otras ciudades españolas e, incluso, latinoamericanas. Entre tanto, el Gobierno republicano intentó utilizar las fallas como propaganda política y financió directamente la ejecución de cuatro monumentos “antifascistas” en 1937.

Corrían el año 1933. La República se había proclamado dos años antes y España vivía ya con plenitud la crisis económica mundial. Pero el espíritu valenciano, siempre dispuesto a poner buena cara en cualquier circunstancia, lograba que sus festejos más internacionales, las Fallas, conquistaran Cataluña a través de Tarragona.

Un grupo de trabajadores ferroviarios de Valencia que desarrollaban su labor en la antigua ciudad romana decidió plantar un monumento. No se trataba de una iniciativa pintoresca sin organización. Un año antes, en 1932, comenzaron las gestiones con el Ayuntamiento para solicitar permisos y comenzar a constituir una Comisión Fallera y estudiar la designación de la Corte de Honor. La Falla de la Estación Central, en la Rambla tarraconense, veía así la luz como un festejo organizado y con vocación de prolongarse en el tiempo. Eso sí, aquel primer año la cremà tuvo que realizarse el día de San Juan, algo más alejado en el tiempo que el tradicional 19 de marzo.

El éxito de la iniciativa fue de tal calado que los vecinos de Tarragona auparon y apoyaron la iniciativa, logrando que al año siguiente, en 1934, se llegasen a plantar hasta seis fallas. Pero la política, como siempre, hizo acto de aparición y frenó el fulgurante ascenso del festejo. En 1935 y 1936 se plantaron tres fallas cada año. La organización se estructuraba igual que en Valencia, con Junta Central Fallera y las distintas comisiones. El festejo en sí, también fue fiel a su origen, haciendo partícipe a las bandas de música, a la elección de falleras, de corte de Honor y de ocupación de vía pública, incluido los puestos de buñuelos y churros.

Tuvo que ser la Guerra Civil, como no podía ser de otra forma, la que pusiera fin al imparable avance de la fiesta valenciana por Cataluña. Política y economía se unieron para frustrar una conquista que parecía definitiva.

De todos modos, el escenario de la Guerra Civil afectó también a la celebración de las fallas en Valencia. A los problemas de la economía doméstica se unió también la manipulación y control que se intentó ejercer por parte del gobierno republicano municipal. De esta forma, en 1937 el Ayuntamiento desvió una partida por aquel entonces desorbitada, 40.000 pesetas, para el diseño y ejecución de cuatro fallas “antifascitas”. La idea, arropada por José Renau, director general de Bellas Artes, era utilizar los festejos populares como un “formidable medio de propaganda”. Ni que decir tiene que el ataque iba dirigido contra los líderes del alzamiento (Queipo de Llano, Cabanellas, Franco), líderes políticos conservadores como Lerroux o Gil Robles, o líderes internacionales (Franco, Musolini, …).

Por suerte, la ciudad no tuvo que ver alzados esos monumentos debido a la crítica interna dentro del Frente Popular, al entender algunos que el pueblo no estaba para fiestas. Pero la picaresca de los gobernantes locales hizo que los ninots fuesen expuestos en los salones de La Lonja. Anecdóticamente, sí se plantó una especie de falla en Granada, obra de soldados valencianos del ejército republicano, con claras connotaciones de burla hacia el enemigo.

Todo ello no impidió que las fallas proliferasen durante los siguientes años más allá de la Comunidad Valenciana. Una de las más tempranas fue la de Getafe, que comenzó en 1962. Después, le siguieron otras poblaciones en provincias como Ciudad Real, Jaén, Mallorca, Ibiza o Murcia. Y más allá de nuestras fronteras, en países como Argentina o EEUU.

Vicente Javier Más Torrecillas. Doctor en Historia Contemporánea. Académico de la Real Academia de Cultura Valenciana. 

 

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