Claves del éxito en 2019: Qué trío gobernará Generalitat y ayuntamientos

Las cábalas y la incertidumbre marcarán los próximos meses, con precampaña, campaña y la traca final incluida de la votación del 26 de mayo a Les Corts y ayuntamientos.

"Cuanto más atrás puedas mirar, más adelante verás", sentenciaba Winston Churchill, prolífico escritor y avezado político. Si seguimos su consejo y desandamos unos años, justo al inicio de 2015, recordamos que entonces se hablaba de la posibilidad de que el bipartidismo PP-PSOE (con una Izquierda Unida ya sumida en el anodino papel de convidado de piedra) se resquebrajara si dos partidos novedosos por entonces: Ciudadanos y Podemos, lograban entrar en las instituciones. Un tercero, UPyD, se desmoronaba sin apenas haber conseguido franquear esa puerta.

Cuatro años después, ahora, ya damos por hecho el asentamiento de Ciudadanos y Podemos y su representación, más o menos creciente o menguante (más probabilidades de lo primero en el caso del partido que preside Albert Rivera y más proclive a lo segundo en el que secretaría Pablo Iglesias) en los parlamentos autonómicos y ayuntamientos de la Comunidad Valenciana más allá del último domingo de mayo, cuando todo, o casi todo (si Pedro Sánchez no convoca para esa misma fecha las elecciones generales), se decidirá.

También presuponemos, si nos atenemos a los sondeos semanales con los que nos obsequian algunos de los principales medios de comunicación y al ya mensual del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), que la brecha en el bipartidismo, que a nivel autonómico ya abrió Compromís y luego ahondaron Ciudadanos y Podemos, se convertirá en un túnel pasante con el empujón de Vox. En total, seis actores para repartir los 99 escaños que hasta 2015 alternaban PP, PSPV y Compromís. El doble de comensales para compartir la misma mesa.

Con esas premisas, las cábalas y la incertidumbre marcarán los próximos meses, con precampaña, campaña y la traca final incluida de la votación del 26 de mayo en las urnas para escoger eurodiputados, diputados autonómicos, alcaldes y concejales y quién sabe (además de Pedro Sánchez y, supuestamente, su jefe del Petrorio, José Luis Ábalos, si es que lo han decidido ya) si presidente del Gobierno.

En este recta final todos los partidos en liza (los que, a tenor de los citados sondeos, tienen posibilidades reales y aquellos que, sin que les auguren representación, sueñan con concejales o diputados) dispararán su artillería pesada. Los dos que gobiernan (PSPV-PSOE) y Compromís, más el que les escolta vigilante (Podem) tienen como gran asignatura pendiente convencer de su gestión. Entraron como justicieros para poner orden tras los gobiernos de un noqueado PP y para 'rescatar'(palabra talismán de Compromís, como infrafinanciación lo es para su socio socialista -disculpen la cacofonía-) a personas.

Barracones, listas de espera y financiación

De momento, a punto de expirar su periodo de gestión, los barracones escolares no han reducido su número, el tiempo de demora en las listas de espera para ser operado en un hospital ha aumentado, la contratación de cientos de efectivos para residencias de ancianos ha quedado en la mitad, los recortes en tratamientos a personas con discapacidad siguen o incluso se incrementan y la financiación justa para la Comunidad Valenciana continúa siendo una entelequia. 

Sí, la presencia del uso del valenciano se ha multiplicado hasta el punto de solapar al castellano en numerosos centros de trabajo y, sobre todo, en los libros que emplean en Educación Infantil, Primaria y Secundaria, el hospital de Alzira ya no tiene gestión privada o ha reabierto la televisión pública valenciana, entre otras numerosas medidas. ¿Bastará todo esto al electorado? En unos meses el escrutinio de las urnas responderá. En cualquier caso, el Consell dispone de este último tramo de legislatura para expandir las bonanzas de su quehacer.

El PP confía su éxito electoral a la paradoja de ganar perdiendo

También un revitalizado PP, que mira las barbas de su vecino andaluz cortar como un hálito de esperanza en el futuro. Sin candidatos oficializados en las grandes ciudades, y ni tan siquiera pronosticado más allá del triunvirato ya manido en Valencia, confía todo a la paradoja de ganar perdiendo, a gobernar a costa de disminuir en diputados y concejales. A garantizarse hipotéticos socios para gobernar, algo que no ha sucedido, en líneas generales, ni en Les Corts ni en los ayuntamientos valencianos desde hace 20 años, desde que Unión Valenciana entró en declive y perdió representación.

¿Importará quién sea su candidato a la alcaldía de Valencia? El raudal de la política nacional arrastra demasiado a unos y a otras. Sobrevive quien no zozobra. Sumará quien no se vea engullido por el remolino catalán o quien consiga asirse a una boya para flotar y contemplar cómo se hunde su o sus rivales.

La política nacional engulle el 'problema valenciano'

Por tanto, el mensaje nacional tiene todo los visos de imponerse y zarandear la campaña. Sí, pese al denodado esfuerzo del molt honorable Ximo Puig, el denominado problema valenciano sigue teniendo el mismo matiz de problema para los valencianos; no para el resto de España ni para la corte política instalada en Madrid. Por lo menos así se aprecia por la falta de medidas adoptadas hasta la fecha para subsanarlo.

Para algunos partidos, la mayoría, en estos próximos meses la estrategia se basa en perder lo mínimo respecto a lo ganado en anteriores batallas electorales, en mantener sus líneas prietas. Para otro, Ciudadanos, en avanzar lo que las encuestas y el resultado de Andalucía le auguran. Y para los nuevos, con, sobre todo, Vox a  la cabeza y una larga ristra detrás (PACMA, Contigo, Som Valencians, Demòcrates...) en romper el statu quo predeterminado y sentarse a la mesa a comer, codo contra codo, con los partidos que ya disponen de representación.

En este primer tramo del año todos tratarán de animar, encandilar, convencer y, principalmente, de movilizar. Quien no movilice a afiliados, simpatizantes y a la porción del electorado que considera más afín está muerto. Después, llega el creciente trozo del pastel de los indecisos. Aquel que algunos sociólogos hace cuatro años lo limitaban a menos del 20% y que en la actualidad supera el 30%. Se trata de todas esas personas que no adoptan la determinación de qué papeleta van a escoger hasta el último momento. Si es que finalmente se deciden a desplazarse a su colegio electoral para votar.

La clave: movilización

Compromís logró movilizar en 2015 y triplicó sus diputados. Puede ser un buen espejo para sí mismo y para el resto. En cualquier caso, comenzamos un año tan apasionante como imprevisible, en el que se sucederá la oficialización y proclamación de candidatos en los próximos dos meses para, una vez transcurridas Fallas y La Magdalena, sumirse todos los partidos en el fragor de la campaña del 26 de mayo. Ese día se decidirá si todo cambia para que nada cambie (la conocida paradoja de Tomás de Lampedusa); o si nada cambiará para el cambio continúe (aunque nada cambie, si yo cambio, todo cambia, decía Honoré de Balzac).

En definitiva, viviremos el año electoral posiblemente más imprevisible de las últimas décadas.

 

 

 

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