La nueva, triste y fea normalidad

La nueva e incomodísima «normalidad» rebosará de grandes anomalías y de minúsculas triquiñuelas. Todo vale para engañarnos

La nueva, triste y fea «normalidad» estará llena de los vicios y las indignidades políticas que se han ido incrustando en la nación a lo largo del encierro colectivo, y que no serán solamente los decretos-ley para casi todo, los percebescos aferramientos a la poltrona, las presuntas injerencias de unos poderes en otros, los misteriosos cambios de versión, las provocaciones gratuitas y el cinismo sobrecogedor de algunos partidos.

Esas cosas forman parte de la irregularidad gorda, la irregularidad llamativa, la irregularidad en las altas esferas —nunca estuvieron tan bajas—, que aboceta el plano general de una legislatura o período político. Pero hay que atender también a la irregularidad menor, a la mezquindad política de trazo fino, a la pincelada ideológica y estratégica, disimulada y puñetera, que da el detalle, determina el parecido y redondea el carácter y el resultado final del retrato.

Son pequeñas manipulaciones imperceptibles, meros cambios de nomenclatura en su mayoría, deformaciones conceptuales ínfimas aunque relevantes, como llamar «presidenta regional» a Díaz Ayuso y, sin embargo, «president de la generalitat» a Torra en los informativos de la televisión pública. La nueva e incomodísima «normalidad» rebosará de grandes anomalías y de minúsculas triquiñuelas; formará un variado tapiz de atolondramientos, insensateces y gatuperios tejido con una urdimbre basta de añagazas y una trama sutil de picardigüelas.

Todo vale para engañarnos, y mientras apuntemos con el dedo, indignados, al enésimo escándalo parlamentario, el enésimo cargo de libre designación —que vale tanto como el enésimo paniaguado con enchufe trifásico y bolchevicongo— estará firmando su nombramiento en la penumbra de una covachuela.

El universo tenue y solapado del pormenor, de la esquina ignota del boe, de la salvedad añadida como al descuido es el que más peligro tiene. Mucho más que los estridentes rifirrafes del Congreso. La deriva totalitaria del centón gubernamental no se materializará en la costumbre de contestar con evasivas o sonrisas insolentes a las preguntas de la oposición, sino en las enmiendas intercaladas, en las diminutas modificaciones legislativas, en las aposiciones capciosas, en los pliegues, las anfractuosidades y las intrincaduras de la redacción administrativa.

Por encima nos hacen temer una guerra entre poderes, un desencuentro entre partidos, una intransigencia creciente, un incremento de la tensión social, un desgaste psicológico de los concursantes de operación triunfo, una desaparición definitiva del cine bueno en las televisiones generalistas o una liga de fútbol sin público, y por debajo van sentando las bases del nuevo régimen, urdiendo el alfombrote de la nueva realidad —clientelar, robinhoodiana, perrofláutica y okupoide— que nos espera. Será la nueva realidad soñada por los que antes tenían el sueldo y los mandatos limitados pero ya no; los que menospreciaban corte y alababan aldea pero anhelaban lujo; los del jarabe lo mío y fascismo lo tuyo.

Entraremos en la nueva «normalidad» con la mascarilla repleta de monóxido; con la cacerola destrozada; con la cabeza reventona de Netflix y Amazon Prime; con el optimismo encadenado al trile oficial; miserablemente parados, terriblemente asustados y lastimosamente obedientes. Viviremos esperando el toque de queda, y será para nosotros un honor que nos intervengan el teléfono, que nos asignen «rastreadores», que nos digan cuándo entrar, dónde sentarnos y qué comer, que piensen por nosotros y nos milnovecientosochentaycuatricen.

La nueva «normalidad» nos convertirá en artistas de la paciencia, en virtuosos del estoicismo y en adictos a la disciplina. Y cuando alcancemos el nirvana de la subordinación y el anonadamiento, cuando podamos equiparar lo nuestro a lo de los yoguis y los fakires, nos pondrán el uniforme, nos indicarán a qué debemos dedicarnos, cuánto vamos a ganar, dónde vamos a vivir, a qué vehículo podemos aspirar, cuántos hijos tendremos y para quién será el piso del abuelo.

La nueva «normalidad» será opresiva, repulsiva, sucia y asfixiante, pero nos adaptaremos a las mil maravillas gracias al magnífico entrenamiento que ha supuesto el virus. La nueva «normalidad», en la que huiremos unos de otros como apestados, no tendrá nada —pero nada en absoluto— de normal, pero el hábito de seguir ciegamente las modas y la docilidad que llevan lustros inoculándonos harán que, además de acostumbrarnos en un periquete a cualquier despropósito, sintamos una fruición, un deliquio y una euforia indescriptibles desde la primera cucharada.

La nueva «normalidad» será fea y sórdida, pero nos hará la vida más fácil porque no tendremos propiedades que mantener ni decisiones que tomar. Nos harán la ficha completa. Nos darán la paguita del hambre y la subvención de la zozobra. Nos pondrán delante una pantalla para que la miremos arrobados, enajenados, catatónicos, mientras continúan fabricando el inmenso armatoste de sintagmas, aditamentos, anexos, apartes, anfibologías, equívocos, correcciones, ambigüedades y contrahechuras legales con que lo regularán, pervertirán, deformarán, desfigurarán y retorcerán todo. Nos harán un traje de hierro, talla única y todo tiempo, con los patrones apolillados del falansterio. Y al que proteste lo atarán al estupendo rodrigón del gulag, recuperado en España para corregir suavemente a los díscolos.

*Escritor. Puedes contactar con él escribiendo al correo juviyama@hotmail.com

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