25 de mayo de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Enric González rompe a los que manipularon la manifestación en un duro artículo

En medio de la polémica por la utilización política del homenaje a las víctimas de los atentados, el periodista destroza la imagen de los independentistas en una columna demoledora.

No son pocas las voces que este domingo de resaca de la manifestación contra el terrorismo de Barcelona se alzaron para criticar la manipulación y utilización por parte del independentismo y aledaños para politizar lo que estaba llamado a ser un grito de unidad contra el terror y en homenaje a las víctimas.

Pero entre todas este domingo destacó la de Enric González, cuyo artículo en El Mundo Pobres víctimas se convirtió rápidamente en uno de lo más comentados y compartidos en las redes sociales en un abrir y cerrar de ojos. Muy crítico, el periodista lamentó en un artículo demoledor que "quienes acudieron a la manifestación querían hacer algo más que protestar contra el terrorismo: querían opinar sobre lo suyo". 

Entre otras cosas, González señala que "supongo que algunos añoraron aquella época feliz en que los catalanes eran simpáticos y hasta modélicos, y aquella manifestación gigantesca del 11 de septiembre de 1977 en demanda de libertad, amnistía y autonomía". 

En su opinión, "por definición, las manifestaciones son también gestos políticos. No digamos cuando albergan la contradicción interna de ser encabezadas por un rey. Aunque se colocara por delante a médicos, sanitarios, bomberos, policías, servicios de emergencia y comerciantes locales, la cabecera de una marcha se encuentra donde se encuentra el rey. Quienes preparan el 11 de septiembre y el hipotético referéndum del 1 de octubre gozaban de una oportunidad única para lucirse y exhibir sus ambiciones, y la aprovecharon. Nadie debería extrañarse. ¿Podía esperarse otra cosa?". 

Desencantado añade que "la sonora pitada a Felipe VI, las pancartas estratégicamente colocadas tras él, las fotos preparadas, no fueron sino otra demostración de que Barcelona y Cataluña llevan tiempo sintiéndose en un escenario y se han acostumbrado a actuar para una audiencia supuestamente planetaria. Se hace teatro, en general de ambición política. Incluso en ocasiones objetivamente lúgubres, como ayer, se procura mostrar el perfil bueno mientras se expresan nobles insatisfacciones ante el comercio de armas, la islamofobia, la arrogancia castellana o lo que sea. Por supuesto, los terroristas del Estado Islámico carecen de tal sensibilidad por los matices, de tal veneración por la estética y de algo tan refinado como el complejo de culpabilidad. Quizá en eso llevan ventaja". 

Más aún, ironiza, "pequeños grupos de ciudadanos de religión musulmana proclamaban su rechazo al terrorismo islámico y generaban a su alrededor un alto nivel de satisfacción. Se repartían rosas, se comparaban los textos de los carteles que distribuía la Asamblea Nacional de Cataluña, se prestaban abanicos, se sudaba con deportividad, se elogiaba la «convivencia pacífica» entre banderas españolas y cuatribarradas con estrella: es una tendencia incontenible a hacer de cualquier cosa un Sant Jordi. La manifestación de París, después de los atentados de noviembre de 2015, fue casi un velatorio. La manifestación de Barcelona, ayer, fue casi un acto festivo. Qué quieren, somos así". 

Y culmina con un párrafo demoledor: "Los pobres muertos, sus pobres familiares, sus pobres amigos, desperdigados por tantos países distintos, tal vez habrían merecido otra cosa. Tal vez alguno de los que lloran agradezca que Barcelona se exhiba heroica y despreocupada, la ciudad sin miedo. Quién sabe. Personalmente, tengo mis dudas. Pero el negocio debe continuar. Y el negocio, aquí aún más que en otros sitios, es política". 

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