16 de enero de 2021
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Maradona se fue como vivió, entre el caos y el exceso

Me pregunto qué grandes vacíos maneja nuestra sociedad, qué falta de referentes atesoramos que ensalzamos como a un dios a un futbolista despedazado por las drogas, el alcohol e incultura.

 

 

Me pregunto qué grandes vacíos maneja nuestra sociedad occidental, qué falta de referentes atesoramos que nos llevan a ensalzar como a un dios a un desdichado buen futbolista destrozado por las drogas, el alcohol y la incultura. Murió Diego Armando Maradona y se desató la locura internacional. Acaparó portadas, informativos y especiales radiofónicos que le instalaron al mismo nivel de un jefe de Estado. No recuerdo nada igual. No hago más que darle a la memoria y no encuentro un hecho similar.

Maradona jamás abanderó los valores que el deporte lleva implícito

Me pregunto qué mecanismo utiliza el ser humano para olvidar el lado oculto de quien jamás puede ser un referente, porque su vida no lo fue. Dicen que era el mejor futbolista de la historia, algo que los todólogos deberían consensuar con Pele. Ahí lo lanzo, pero no entro. No dudo que Maradona fuera el más grande jugando al fútbol, o uno de los más grandes, pero jamás abanderó los valores que el deporte lleva implícito: esfuerzo, superación, perseverancia, autodominio, obediencia y humildad, entre otras. Todos aquellos que os olvidáis ahora de su lado oscuro para lisonjear sus maravillosas dotes con el balón, aquellos que con posturero de docto futbolístico os aferráis en los platós televisivos a los buenos ratos que os regaló en la infancia os olvidáis de que Diego Armando Maradona era un enfermo, un pobre desgraciado que, como él mismo confesó, "solo era feliz jugando al futbol". ¿Os habéis preguntado cuantos ratos más os hubiera regalado si no se hubiera castigado como lo hizo? ¿Cuántos años más habría prolongado su brillantez? Él lo tenía muy claro. "Con mi enfermedad di ventajas. ¿Sabes qué jugador hubiera sido yo de no haber tomado drogas?". ¿Cómo somos capaces de orquestar un espectáculo de toda esa desgracia?

Que el pueblo argentino se vuelva loco, que se olvide de que ha pasado siete meses de encierro por culpa de una pandemia mundial que se ha llevado por delante la vida de 37.941 personas, que sea el propio Gobierno quien se olvide de todas las prohibiciones vigentes para organizar un velatorio, que la ciudadanía salga a la calle cual plañidera colectiva, solo lo entiende quien conoce la idiosincrasia argentina, un país que rezuma contradicciones y donde el futbol es más que un deporte, es un modo de vida, el soma de Aldous Huxley para olvidar las penas. Un país que gracias al mejor gol de la historia y a "la mano de Dios" pudo resarcirse de la humillación sufrida tras la Guerra de las Malvinas. La memoria colectiva es muy frágil. Se quedaron con los goles del Pelusa y olvidaron que a la guerra les llevó una Junta Militar encabezada por el dictador Leopoldo Galtieri.

Diego Armando Maradona

Lo que no entiendo es la falta de memoria aquí, en el país que según confesó en su autobiografía Yo soy el Diego tuvo su primer contacto con las drogas. También hemos perdido el oremus. No parece que haya más noticias que la muerte del Pelusa. Programas matinales, informativos, vespertinos… Hasta Paz Padilla y Sálvame han aparcado por un segundo el Pantoja Crest para orquestar un especial con conexiones en directo con la Casa Rosada donde los argentinos se arremolinaban sin mascarilla esperando el momento de pasar a dar el último adiós a su héroe nacional. Inevitablemente la despedida acabó con el finado saliendo por la puerta de atrás, con tanquetas, pelotas de goma y gas pimienta en la en la calle Balcarce 50 de Buenos Aires. El caos, la gran metáfora de lo que fue la vida de Maradona.

Por supuesto, la mayoría de los futbólogos de plató alabaron al astro, al rey de la pelota (que no digo yo que no sea cierto), pero caminaron de puntillas al referirse al personaje endiosado que hablaba de sí mismo en tercera persona, al machista, al mujeriego que no respetaba nada ni a nadie, al egocéntrico al que muy pocos se atrevían a decir que no.

No hay nada más peligroso ser el mejor, no tener inteligencia emocional y abandonar la humildad por el camino

Maradona alcanzó la gloria aquella tarde de 1986 cuando alzó la Copa del Mundo con la camiseta blanquiazul, un héroe deportivo que se venía fraguando desde su adolescencia. A a los 15 años debutó en la primera división argentina, en plena adolescencia, en pleno proceso de maduración le entregaron el peso de un país que, a falta de monarquía, el fútbol es el deporte rey. Así se lo hicieron creer. No hay nada más peligroso ser el mejor, no tener inteligencia emocional y abandonar la humildad por el camino. 

Años más tarde, el joven Maradona cruzó el charco hacia el viejo continente. Venía triunfante con la intención de alcanzar el Olimpo, pero se tropezó con la cara oculta de la gloria, el éxito y el desenfreno. Su carrera se topó con los estupefacientes y el alcohol. Ya se sabe, cuando la droga entra en tu vida, arrasa con todo lo que toca. El Pive, por muy dios que fuera en el campo, no hizo milagros. Bailó un tango mortal con la cocaína, los estupefacientes y el alcohol. Al final, como siempre, ganó la parca, prematuramente, pero ganó.

Diego Armando Maradona

El que quiera que me apedree, pero me resisto a aceptar que perfiles como el suyo sean referentes de nada y mucho menos de menores y adolescentes. Por cosas como estás aborrezco el fútbol. Por supuesto, no hablo del deporte sino de todo lo que lleva implícito.

Las drogas y las malas compañías fueron una constante en la carrera de Diego Armando Maradona. Os guste o no, ennegrecieron sus grandes éxitos deportivos. Él era consciente, de hecho, ya lo vaticinó en su autoentrevista: "tampoco muerto encontraría paz. Me utilizan en vida, y encontrarán el momento de hacerlo estando muerto". Supongo que lo veía venir.

Para quitarme el mal sabor de boca y el empacho de loas inmerecidas, en un acto de conciliación me pasé al informativo de Carlos Franganillo que el ayer jueves emitió desde el Hospital del Mar de Barcelona. Trabajos como ese son la mejor defensa del periodismo comprometido con la verdad y la ciudadanía.  

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