Contra la destrucción del patrimonio

No entiendo que haya quien se empeña en querer perder patrimonio. No entiendo que haya lenguas de primera y de segunda. No entiendo tan poca naturalidad y tanto falso conflicto

A mí no me gustaría que echasen abajo el castillo de Corbera -uno de los peor conservados de la Comunitat Valenciana-, ni tampoco quisiera que talasen el bosque del Saler o que desecasen el Marjal de Pego. Podría vivir sin castillo, bosque o marjal, pero no quiero.
Hace unos días tuve ocasión de compartir mesa con unos compañeros de la facultad, todos ellos valencianohablantes. Entre unos temas y otros salió el del valenciano, el de la lengua. A los valencianos nos encanta hablar de nosotros mismos, aunque aclaremos más bien poco. Somos una sociedad diversa, por suerte, tenemos un territorio alargado, plural, desvertebrado y bilingüe. Somos realmente curiosos y apreciamos, por lo general, poco lo nuestro. Hasta hemos inventado el término ‘menifot’ para definir este fenómeno, que no es otra cosa que ser ‘pasota’ pero a la valenciana.

Escuché a mis compañeros repetir el desfasado mantra de que “el valenciano no sirve para nada” y que “sólo se mantiene porque obligan a estudiarlo”. Y es que yo no quiero que derriben el castillo de Corbera. No quiero perder patrimonio, ni histórico ni lingüístico. Decir que el valenciano no sirve para nada es como decir que, por ejemplo, un campanario, un puente antiguo, un bosque o una fiesta no sirven para nada.

Vale, sí, podríamos pasar sin escuchar las campanas, usando otro puente, teniendo quemado el bosque y sin esa fiesta. Pero el patrimonio nos arraiga a la tierra, y eso siempre es bueno. Una persona que se reconoce en su sociedad es una persona más feliz, más solidaria, más preocupada por su vecino, en definitiva más humana. Convivir en la diversidad es necesario.

No entiendo que mis compañeros, que son muy del Valencia CF y que ‘mai els faran catalans’, digan eso de una lengua que es tan nuestra como el castellano. ¿Será que sólo quieren la lengua para tenerla en una urna de cristal y no usarla?

No alcanzo a entenderlo. Si a mí me sirve para ir a comprar, cenar, comer, charlar con mis vecinos, contar noticias y para un sinfín de cosas, no entiendo porque se dice que no sirve. Cuando fui a Berlín tampoco me sirvió el castellano, y no por eso se me ocurriría hacer de menos a una lengua que utilizo todos los días como herramienta que es.

Presencié algo parecido hace algunos días cuando en redes sociales se criticó que el alcalde de Huesca haya decidido poner cuatro carteles a la entrada de la ciudad rotulados en castellano y en aragonés, una lengua que por desgracia estamos perdiendo.

¿Qué hay de malo en hacer saber que esa realidad lingüística también existe? ¿Por qué molesta que se dé a conocer que en algunos valles de Aragón aún se habla una lengua antiquísima como son las fablas? ¿No seremos más ricos si evitamos que desaparezca el aranés, el aragonés, el asturiano o a fala extremeña?

No entiendo por qué hay quien se empeña en querer perder patrimonio. No entiendo que haya lenguas de primera y de segunda. No entiendo tan poca naturalidad y tanto falso conflicto.
No, yo no quiero perder más castillos.

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