08 de octubre de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Feijóo y Urkullu abrillantan sus liderazgos y Pablo Iglesias se oscurece

El juego sucio en Galicia para provocar la abstención no dañará a Feijóo en un 12J con otros dos nombres: Urkullu al alza y un Pablo Iglesias en el precipicio.

 

 

 

Hace unos días, un estrecho colaborador de Pedro Sánchez decía que el resultado de las autonómicas gallegas y vascas estaba más que cantado: “En Euskadi sólo aspiramos a apuntalar al PNV y Galicia seguirá siendo el feudo del PP”. No creo se vaya a equivocar.

Las encuestas han sacado brillo a los liderazgos de Iñigo Urkullu y de Alberto Núñez Feijóo. La cita electoral deja en el aire otras incógnitas, alguna de las cuales ni siquiera quedará resuelta el 12-J, aunque pocas sobre quiénes serán los ganadores este domingo. Y ello, aunque el miedo es libre y los rebrotes pueden influir en el comportamiento ciudadano, así que una de esas dudas a estas horas es la participación.

¿Hasta qué punto? He ahí la cuestión. Un vistazo a la pirámide poblacional otorga al censo de mayor edad, por tanto quien más se cuida, la condición de potencial votante del PP y también del PNV, en dos comunidades autónomas particularmente envejecidas.

Tanto Feijóo como Urkullu, sobre todo el líder popular gallego, lo tienen muy presente. Que ese elector, siempre movilizado, decidiese en esta ocasión quedarse en casa castigaría al centro-derecha. De ahí que evitar una abstención elevada haya sido el principal empeño de Alberto Núñez Feijóo en la carrera a las urnas.

Sin alternativa

Su recado de “ir a un colegio electoral es lo mismo que ir a una farmacia” cobra todo el sentido en el contexto de esta cuarta reválida por obligada mayoría absoluta. En su caso, no hay otra posibilidad.  Enfrente, como alternativa, una coalición gubernamental de diez partidos. O sea, el caos en Galicia.

 

 

Así que está más vigente que nunca el “yo o el caos” del candidato del PP a la Xunta, quien está consolidando su hegemonía presentándose como lo que es: un político experto posicionado en la “centralidad” y alejado de cualquier extremo.

Mientras, de manera casi obscena, al menos democráticamente hablando, conseguir una abstención elevada ha sido el eje sobre el que Partido Socialista de Galicia y Podemos han basado la recta final de su campaña electoral.

Ver a los candidatos socialistas y morados agitando la alarma por los rebrotes del virus, con A Mariña como principal zona afectada, y reclamando la suspensión puntual de las votaciones, ha sido un espectáculo poco gratificante. Lo nunca visto: candidatos que, en lugar de pedir a la gente que vaya a votar, juegan al desplome de la movilización.

 

Cualquier cosa con tal de conseguir una caprichosa carambola que permita a socialistas, comunistas y nacionalistas de todo pelo alcanzar una alternativa suficiente que tumbe a Feijóo. Escondiendo, por supuesto, que ese pacto a distintas bandas se produciría más tarde en los despachos, sin contar demasiado con lo que hubiesen dicho los votantes de manera directa.

Con todo, esa foto finish se antoja muy lejana, ante el más que previsible hundimiento morado. Hundimiento que, de producirse, hará que suenen las carcajadas en el ala oeste de La Moncloa. Porque el desplome de Podemos ahondaría en la debilidad de Pablo Iglesias, ya con la tierra temblando suficientemente bajo sus pies por el “caso Dina”. Así están las relaciones entre los coaligados.

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