Trump es la bomba

La presidencia de Donald Trump quedará en los libros de historia como la de las decisiones apresuradas y poco meditadas. Está claro que carece de visión estratégica global

Donald Trump sigue empeñado en destruir el legado de su antecesor en el cargo y, en general, todo tipo de acuerdos y consensos internacionales que no cuadren con su concepción aislacionista del "America first". Una verdadera desgracia para un país que, tradicionalmente, ha tenido política exterior razonablemente uniforme, independiente de quien ocupara la presidencia.

 

 El Pacto Nuclear iraní, que en julio de este año cumple tres años desde su firma en Viena, ha servido como un valioso instrumento para paralizar el programa nuclear del país de los ayatolas. De hecho, las inspecciones de la Agencia Internacional de la Energía Atómica corroboran su escrupuloso cumplimiento, aunque Trump no acabe de creérselo ni aceptarlo.

 

 Con este acuerdo, Irán ha disfrutado de un levantamiento de numerosas sanciones económicas que pesaban sobre el país y el descongelamiento de una cuantiosa cantidad de fondos en el exterior. En principio, esto hacía augurar una mejora sustancial de la economía iraní, aunque finalmente no ha sido así por diferentes razones. Una de las principales ha sido la propia llegada de Trump a la Casa Blanca, que llenaba el futuro de una gran incertidumbre sobre la continuidad del pacto nuclear, que acaba de ser dinamitado de modo unilateral.

 

Irán ha tenido que realizar numerosas concesiones casi impensables en el pasado, como la limitación de su reserva de uranio enriquecido, del número de centrifugadoras (indispensables para enriquecer el uranio) y limitaciones en el desarrollo de armas nucleares. Es verdad, sin embargo, que dichas restricciones tenían un marco temporal de entre 10 y 15 años, pasado el cual el régimen iraní podría proseguir libremente, aunque todavía con inspecciones adicionales hasta 2040.

 

Trump ha seguido una línea lógica con su pensamiento político, aunque penosa para los intereses globales y para las esperanzas de un cierto aperturismo. Si el ala más dura del régimen controlado por el ayatolá Jamenei necsitaba alguna excusa para terminar con cualquier tímido intento de reforma, se lo acaban de servir en bandeja. Por el contrario, una normalización de las relaciones con su antaño gran enemigo habría servido para debilitar aún más las facciones más conservadoras.

 

Esta vez, las acciones estadounidenses afectan especialmente a sus socios europeos, particularmente Francia. El presidente norteamericano ha aprobado la aplicación de sanciones mucho más duras de las existentes anteriormente, que impiden comerciar o establecer negocios con los Estados Unidos a aquellos países que tengan intereses económicos en Irán, lo que es un verdadero problema en este caso.

 

El fin de las sanciones en 2015 vino acompañado de un verdadero paquete económico de inversiones internacionales, que hizo crecer la economía iraní un 12% en 2015, aunque éste se redujera a menos de un 4% el año siguiente. Muchas empresas europeas, como la petrolera francesa Total, realizaron fuertes inversiones y están presentes en el país. Éstas, a su vez, realizan negocios en Estados Unidos y no ven claro su futuro.

 

La UE pugna ahora por protegerlas de los efectos adversos de las sanciones estadounidenses, como ya hizo en su momento en relación a la ley Helms-Burton. En 1997, la UE alcanzó un acuerdo con Estados Unidos por el que, a cambio de renunciar a denunciarle ante la Organización Internacional del Comercio, las empresas europeas serían exceptuadas de dicha disposición. Está por ver, sin embargo, si esta vez Trump cederá o se mantendrá en sus trece.

 

La presidencia de Donald Trump quedará en los libros de historia como la de las decisiones apresuradas y poco meditadas. Está claro que carece de visión estratégica global y de amplitud de miras para considerar los beneficios en términos de estabilidad que el pacto había supuesto para la región y el potencial para debilitar así el régimen iraní.

 

*Politólogo y abogado.

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