06 de junio de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

El drama de los muertos por coronavirus: solos, abandonados e invisibles

Al desastre en la prevención de la epidemia se le suma la indigna despedida a los fallecidos: ni siquiera sabemos a ciencia cierta cuántas víctimas hay en España.

 

 

España sigue aportando un trágico 16% de las víctimas mortales del coronavirus en todo el mundo, una cifra desproporcionada que refleja el impacto de las decisiones locales ante una pandemia global: con el 0.6% de la población total del planeta, el país asume cien veces más de las víctimas que proporcionalmente le correspondería padecer.

Los más de 300 muertos por cada millón de habitantes multiplican casi por diez los algo más de 30 de Portugal, lo que demuestra el impacto doméstico de la gestión de cada Gobierno; el vecino luso, con un Ejecutivo de izquierdas y menos presupuesto sanitario, ha logrado contener hasta ahora la pandemia con una eficacia y prevención inexistentes en España.

 

No es una cuestión de colores ideológicos, pues, y basta con mirar a Francia para entenderlo: allí gobierna un partido de centroderecha y el desastre es similar al de España. Todo ello demuestra que la clave ha sido la anticipación. Allá donde se adoptaron medidas primero, los estragos están siendo menores. Y allí donde, ante las mismas alertas e indicios, se optó por mirar para otro lado, los daños son inmensos.

 

 

El caso de España, con unas cifras descomunales que no se pueden ni deben pasar por alto por mucho que el Gobierno y sus apoyos mediáticos lo intenten, llegando al punto de estigmatizar a todo aquel que reseñe y se pregunte por las cusas de semejante virulencia; se agrava por el insólito tratamiento a las víctimas.

Una despedida con dignidad

No se ha decretado aún el luto oficial, de manera increíble, y eso remata una gestión funeraria insoportable, que no se puede justificar solo por el desbordamiento del sistema. Cientos o miles de personas tal vez se están muriendo en soledad, sin un respirador, sin un ser querido cerca, sin que se sepa incluso dónde están al acabar sus vidas y sin poder despedirles con la dignidad que merecen.

Y no saber ni siquiera cuántos son, resulta indecente y tampoco se justifica en la imposibilidad de saber cuántos murieron por culpa del COVID-19: todos los que excedan de las ratios medias de mortandad en España, han de ser considerados victimas del virus.

La única duda puede ser cuántos de los habituales también se han ido por esa causa. Quizá es que simplemente al Gobierno no le interese dar a conocer unos números que, siendo ya terribles, llevan caminos de ser escandalosos.

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