12 de noviembre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Errejón subió al atril de Vistalegre viendo rostros de odio pidiendo su cabeza

Errejón, Montero, Iglesias y Mayoral, en Vistalegre este domingo.

Errejón, Montero, Iglesias y Mayoral, en Vistalegre este domingo.

Desafiar al líder siempre trae consecuencias. El mensaje enviado a través de terceros en el cierre de su cónclave es que se está con Pablo Iglesias o en contra.

La agonía no salió a sus ojos mientras permanecía sobre el escenario y se sumaba, con evidente desgana, a los aplausos que compañeros de partido dedicaban a Pablo Iglesias convertido en el inequívoco amo y señor de Podemos. En el cerebro de Iñigo Errejón bullían numerosas inquietudes. Si miró a su alrededor, la mayor parte de los rostros le eran hostiles o creía leer en ellos rencor y cuentas pendientes, claros deseos de orquestarle un funeral.

Errejón lo confirmó con meridiana certeza al cierre, cuando sonó el himno morado, La Estaca de Lluís Llach. Entonces, Iglesias coreó su letra abrazado a Irene Montero y a Rafa Mayoral. La realización de Vistalegre II, sin rodeos, eludió ampliar el plano, dejando fuera de los tiros de cámara en las pantallas gigantes desplegadas para la ocasión a Errejón y los suyos. Fue como si, a la espera de acontecimientos, ya tuviesen interiorizada aquella máxima de que “el que se mueve no sale en la foto”. Y es que Iglesias ha colocado su dedo pulgar hacia abajo.

Las consecuencias resultan ahora imprevisibles. Pablo Iglesias ya mandó al garete sus propios planes para Iñigo Errejón. El secretario general de Podemos dio la campanada en un almuerzo con un grupo de periodistas al confesar haber barajado la posibilidad de postular a Errejón en las elecciones municipales de 2019 para convertirlo en el candidato a la alcaldía de Madrid en sustitución de Manuela Carmena. De un plumazo, mostró sus cartas. No había marcha atrás.

Un día después, ante las cámaras del programa Espejo Público de Antena 3, certificó su oferta. “Errejón es un candidato magnífico. Claro que he hablado muchas veces con él y si tuviésemos eso definido como una apuesta podría haber facilitado las cosas”, reconoció a Susana Grisso el líder morado. Dicen en su entorno que mucha culpa la ha tenido su ego, pero lo cierto es que Iglesias patinó. Porque ese movimiento, en realidad, estaba reservado para el día después de Vistalegre II y no en plena carrera de sus primarias.

En este sentido, Pablo Iglesias hubiera podido vender como un acto de generosidad lo que en realidad era un ansía de laminar a Iñigo Errejón. La abracadabrante propuesta sirvió a los errejonistas para afear un intento de convertir la asamblea podemita en un cambio de cromos. El hecho objetivo e incontrovertible es ése: Que Iglesias, tras arrasar a Errejón, se ha quedado sin un as en la bocamanga para despedir con un fuerte abrazo, el definitivo, a la disidencia interna.

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