Manuel Gallego, Premio Nacional de Arquitectura

Siempre generoso en lo académico, ha visitado nuestra Escuela de Arquitectura en numerosas ocasiones y no ha escatimado su presencia en Jurados.

Y van dos. Una de las obras más significativas del arquitecto –gallego- Manuel Gallego Jorreto, el Museo de Bellas Artes de La Coruña, fue distinguida con justicia con el Premio Nacional de Arquitectura en 1997. Veinte años más tarde, de la lectura atenta del acta del Jurado se deduce que el Ministerio de Fomento, promotor del galardón –y como se viene haciendo desde 2001- premia la trayectoria de este arquitecto sensato, culto y preciso, alquimista de la piedra y amante apasionado de su territorio.

El Premio Nacional de Arquitectura se inició en los comienzos de la Segunda República, otorgándose en 1932 a Eduardo Torroja y en 1933 a Fernando García Mercadal, nuestro arquitecto participante en los Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna (CIAM), colega de Le Corbusier y de Alvar Aalto. Tras interrumpirse por la guerra civil, en 1944 el galardonado fue Chueca Goitia, maestro de tendencia en restauración arquitectónica, y treinta años más tarde otro maestro indiscutible de lo mínimo –y gallego también- Alejandro de la Sota. En su estudio, con la carrera recién acabada en la Escuela de Madrid, trabajó durante tres años Manuel Gallego.

Su amigo César Portela –autor de la por ahora paralizada Estación Central- lo obtuvo en el año 2000 por la Estación de Autobuses de Córdoba. Los dos estuvieron en el tribunal de tesis doctoral de Jorge Bosch hace apenas un par de años, una de las tesis más brillantes que me ha cabido dirigir.

Otros profesores de arquitectura como Carlos Ferrater o Víctor Pérez Cotelo –el año pasado- se encuentran entre los más recientes. En 2004, en reconocimiento de la arquitectura de mujer y, por supuesto, de sus propios méritos fue premiada Matilde Ucelay.

Tuve la fortuna –expresión que tomo prestada de Carmen Alborch, hoy recordada- de compartir con Manuel Gallego un paseo nocturno por el Huangpu, ambos literalmente alucinados por ese espectáculo de formas y luces, tan próximo al artificio, tan alejado aparentemente de la naturaleza, que compone sus riberas urbanas en Shangai. Tuve la fortuna de asistir a una lección de arquitectura, dictada con la sencillez de su magisterio en forma de diálogo.

No en vano le abrigan cuatro décadas de docencia en la Escuela de Arquitectura de A Coruña, desde sus primeras clases de urbanismo como pnn (profesor no numerario) hasta ejercer de catedrático de proyectos desde 2002. Un ejercicio paralelo al de una práctica profesional de excelencia que ha gozado de reconocimientos como el Premio de Cultura Gallega o la Medalla de Oro del Consejo Superior de Arquitectos.

Las viviendas en Santa Cruz, Oleiros, su ópera prima (1967) ya anuncian la importancia de la Facultad de Ciencias Sociales, del conjunto para la Presidencia de la Xunta en la Finca Monte Pío, o el cuidadoso trabajo de interpretación en la Illa de Arousa al intervenir en la vieja Fábrica de Conservas y en el Muelle de Pao, además del ya citado Museo de A Coruña.

Y quiero recordar su propuesta finalista en el concurso de la Ciudad de la Cultura, que veinte años más tarde todavía aprecio más.

Idéntica sensibilidad, alimentada, crecida, desde sus inicios como socio fundador del Museu do Pobo Gallego, desde sus primeros artículos en El Correo Gallego en los finales de la dictadura, “Es necesario un estudio de la arquitectura popular” y el más enigmático “Las realizaciones ya son caducas”, hasta las lecciones dictadas en la Universidad Técnica de Munich como catedrático invitado.

El mismo rigor en la construcción armoniosa de sus creaciones que en la lectura delicada del paisaje. Buen conocedor de sus raíces culturales y geográficas, estudioso tenaz de la historia y la disciplina arquitectónicas.

Su atención por la arquitectura y por el territorio, incluye lo pequeño y lo ordinario. No faltan en su amplia obra las viviendas aisladas, siempre ricas espacialmente e integradas en el lugar con maestría. O los conjuntos de viviendas como el Complejo Residencial Monte Pío. Tampoco cuidadosas propuestas de planificación urbanística, desde el Estudio de Detalle a los Planes Generales.

Una actividad tan productiva como serena –sereno es, además de afable- que han hecho de nuestro arquitecto un referente imprescindible de la cultura gallega.

Siempre generoso en lo académico, ha visitado nuestra Escuela de Arquitectura en numerosas ocasiones y no ha escatimado su presencia en Jurados. Lo fue en su día en los Premios del Colegio de Arquitectos y –lo sé bien porque participé como aspirante- en el del Edificio para la America`s Cup en el que resultó ganador el Veles i Vents de David Chipperfield.

Apenas conocer la noticia he podido leer reseñas elogiosas de superior autoridad. Pero no he querido que falte la manifestación de alegría y la felicitación de la Escuela de Arquitectura de Valencia -cuya representación me arrogo sin autorización alguna- por tan feliz acontecimiento.

José María Lozano es catedrático de arquitectura

 

Comenta esta noticia
Update CMP