Fascismo para todos

Resulta indiscutible que fascismo y nazismo son representaciones de todo lo malo y perverso, no obstante, su banalización ha terminado por corromper su significado

El panorama político español se ha vuelto más bronco de lo habitual en los últimos tiempos. Turbulenta es la época que vivimos, con cambios que han trastocado el bipartidismo imperfecto que caracterizaba la composición de nuestro Parlamento, surgidos de movimientos sociales emergentes que tuvieron su catalizador en la crisis y el descontento por la sensación de inacción y corrupción política.

Los reproches en política son habituales y son expresados con más o menos acierto y gracia. Sin embargo, hemos presenciado una escalada en el tono y alcance de los mismos, que han llevado esta misma semana a la expulsión de Gabriel Rufián, quien parece querer hacer honor al significado que la RAE atribuye a su apellido como "persona sin honor, perversa y despreciable".

Pero el problema no radica en que tales escenas acontezcan en el Parlamento, sino que éste es un reflejo de lo que ocurre en la calle. Se ha empobrecido y depauperado el lenguaje, de tal modo que resulta más fácil proferir eslóganes maximalistas que hilvanar más fino y separar el grano de la paja: reconocer la existencia de zonas grises en las que no hay propiamente respuesta correcta o incorrecta. Ahora todo ofende y el que no comulga conmigo es, forzosamente, un fascista.

Resulta indiscutible que fascismo y nazismo son representaciones de todo lo malo y perverso, no obstante, su banalización y uso excesivo para definir cualquier situación que se antoje negativa, ha terminado por hacerles perder su sentido primigenio y corromper su significado.

Fascista y nazi son empleados para zanjar, con superioridad moral, toda discusión. Siendo el otro un fascista, no es necesario discutir más. Los matices desaparecen y cesa de comprenderse el pluralismo, pretendiendo la negación del derecho a existir del adversario.

Fascista y nazi son empleados para zanjar, con superioridad moral, toda discusión. Siendo el otro un fascista, no es necesario discutir más

Se olvida que, en democracia, la crítica y la posibilidad de defender posiciones opuestas no es algo extraordinario, sino que forma parte de su misma esencia. Calificar la otra parte como fascista, supone una tergiversación perversa de las reglas de juego; más aún cuando parte de personas que, de modo reiterado, han cambiado las normas a su antojo para impedir una oposición efectiva en el Parlamento catalán.

Estas mismas personas se arrogan el derecho a apoyar decisiones manifiestamente ilegales y que afectan a la totalidad de la población catalana, cuando más de la mitad de la misma no desea formar parte de semejante locura y, de la otra mitad, sin el adoctrinamiento actual y reflexionando un poco, no serían pocos los que encantados volverían al statu quo anterior al inicio del Procés por Artur Mas.

Ana Pastor hizo bien en expulsar a Rufíán (en puridad, no tanto por el insulto, sino por no atender a su llamada al orden) y abroncar a todos los diputados, recordándoles la importancia del uso de la palabra en la Cámara.

Sin embargo, considero que erró al ordenar borrar de los diarios de sesiones los términos "golpista" y "fascista" que habían sido intercambiados. Lo dicho en el Congreso debe quedar reflejado con toda fidelidad, sea positivo o negativo; es más, especialmente si es negativo.

Pronto, si el sentido común no hace acto de presencia, todos seremos fascistas y sólo ERC, Bildu y poco más serán demócratas con pedigrí.

El Partido Popular lleva años soportando el sambenito de fascista, sin ser más que un partido de carácter liberal-conservador de base muy amplia, que hasta la fecha ha logrado evitar en España fenómenos como el Frente Nacional francés. Lo novedoso ahora, es la extensión del calificativo a miembros del Partido Socialista. Pronto, si el sentido común no hace acto de presencia, todos seremos fascistas y sólo ERC, Bildu y poco más, serán demócratas con pedigrí.

Si esto ocurre, sospecho que fascista adquirirá un nuevo significado mucho más respetable.

*Politólogo y abogado.

 

 

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