ETA: disuélvete "de veras"

El próximo sábado, 5 de mayo, está previsto que la banda terrorista ETA anuncie su disolución. Atrás quedan años de inmenso miedo y dolor. Profundo e inmenso dolor.

 

Hasta octubre de 2011, momento en el que declaró el “cese de su actividad armada”, los asesinos acabaron con la vida de 853 personas: hombres, mujeres y niños. Más de cuarenta años de dolor y sufrimiento.

Recientemente, hicieron pública una particular petición de perdón, limitándola “a los ciudadanos y ciudadanas sin responsabilidad en el conflicto”.

Cuando escuché la noticia me quedé perpleja, pensando ¿Quiénes no tendrían para ellos responsabilidad en el “conflicto”? Tampoco hay por qué esperar más de una banda terrorista.

 Sin quererlo, mi pensamiento retrocedió al pasado, recordando cuando, durante mi infancia y adolescencia, el telediario comenzaba con el anuncio de un nuevo acto terrorista: “La banda terrorista ETA ha asesinado de un tiro en la nuca a….” o “Hoy ha explotado un artefacto en …” Noticias que se repetían con una cadencia insoportable.

A mi mente vino en ese momento la mirada de Ortega Lara cuando fue liberado, in extremis, después de un secuestro de 532 días; o la imagen del padre de Miguel Ángel Blanco, cuando conoció el secuestro de su hijo ante los medios de comunicación, al regresar de su trabajo. 48 horas después fue asesinado después de que España entera clamara contra los asesinos de ETA. Y tantos, y tantos. La violencia, la amenaza, la extorsión.

Durante mi trayectoria en Unión Progreso y Democracia tuve ocasión de conocer a personas a las que el terrorismo de ETA había golpeado duramente en sus propias carnes: Rosa Díez, Maite Pagazaurtundúa, Rubén Múgica. Gente con una enorme dignidad, de otra pasta, que siempre mantuvo la frente alta enfrentándose a los asesinos, defendiendo las libertades y llamando a las cosas por su nombre.

Por eso no puede evitar pensar en ellos. En las víctimas. Y en la lectura que algunos darán a la disolución. Y es que, después de tanto dolor y sufrimiento de la sociedad española, no podemos caer en el error de ocultar lo que pasó. Aquí no hubo un conflicto, ni víctimas con y sin responsabilidad. Aquí hubo una banda que sembró el terror durante décadas, dividiendo la sociedad vasca y marcando a aquéllos a los que había que asesinar. Víctimas a las que, por cobardía, se les daba la espalda.

Por eso, especialmente nauseabunda me resulta la petición de perdón de los obispos vascos “por sus complicidades y omisiones”. Ni en el hombro de la Iglesia hallaron compasión. Vergüenza.

Por eso, y salvando las distancias, continuemos con la voluntad expresada en la Exposición de Motivos de la Ley de Memoria Histórica: reconocer la necesidad de cerrar las heridas abiertas que causó la Guerra Civil y la represión de la Dictadura y “reparar a las víctimas, consagrar y proteger, con el máximo vigor normativo, el derecho a la memoria personal y familiar como expresión de plena ciudadanía democrática, fomentar los valores constitucionales y promover el conocimiento y la reflexión sobre nuestro pasado, para evitar que se repitan situaciones de intolerancia y violación de derechos humanos como las entonces vividas”. No esperemos otra vez treinta y dos años.

No permitamos que los que atacaron los derechos y libertades, matando, extorsionando, secuestrando, disfracen la realidad de lo que ocurrió.

 Y si lo sienten “de veras” -curiosa expresión- como dice su comunicado, que no pidan perdones selectivos y se disuelvan sin más. 

 

*Abogada y excoordinador de UPyD Comunidad Valenciana

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