Gestación subrogada: ¿libertad o necesidad?

Resulta difícilmente creíble que una mujer que sea ya madre y disponga de una renta mínima ofrezca su cuerpo para gestar un feto, libremente a cambio de nada

El debate sobre la gestación subrogada vuelve a ser el centro de atención.
Cuando el asunto sale a la palestra parece inevitable el pronunciamiento personal al respecto, y como en todo, surgen voces, algunas más autorizadas que otras. Tenemos muy arraigada la costumbre de emitir opiniones, se tenga o no conocimiento del tema a debatir.

Lo vimos recientemente con la sentencia de “La manada”, y lo seguimos viendo tras la puesta en libertad de los condenados, a quienes parece que les espera la justicia popular, al más puro estilo del Medievo.
Volviendo a la gestación subrogada, y más allá del mero posicionamiento, de marcado cariz político en ocasiones, la cuestión tiene profundo calado.
Los defensores recurren al argumento de la “libertad”, como capacidad de la persona de pensar y obrar según la propia voluntad. Reniegan, por tanto, de cualquier limitación que condicione su autonomía en tan espinosa cuestión.
Bien es cierto que la Declaración Universal de los Derechos Humanos consagra que todo individuo tiene derecho a la vida y a la libertad, y que la familia es el elemento natural y fundamental de nuestra sociedad. Pero la protección del derecho a la libertad no puede llevarnos a confusión cuando otros principios entran en juego.
Para los detractores, como refirió recientemente la vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo, los vientres de alquiler son la utilización del cuerpo de las mujeres más pobres. Dicha postura se aleja de consideraciones filosóficas en orden al ejercicio supremo de la libertad individual y se acerca a la realidad social.
Aquéllos que pretenden la regulación de la gestación subrogada (o de los vientres de alquiler, que quizá suena más crudo y real) apuntan a la exigencia de determinados requisitos para evitar su perversión: edad mínima de la gestante, española, que haya sido madre con anterioridad y que tenga una renta mínima, como garantía de su “altruismo”.
Si ellos mismos creyeran en su fuero interno que se trata de un ejercicio de la libertad individual, en puridad, no habría por qué negar el “altruismo” de aquellas mujeres que no reunieran los requisitos. Pero lo bien cierto es que tras la gestación subrogada se esconde una nueva forma de esclavitud de las mujeres, de venta de sus cuerpos, que colisiona directamente con el mal llamado “derecho a la maternidad o paternidad” de aquéllos que, por diversas razones, no pueden concebir.

Una nueva forma de obtención encubierta de recursos económicos arriesgando la integridad física y la vida (como pueda serlo el ejercicio ¿libre? de la prostitución), pues resulta difícilmente creíble que una mujer que sea ya madre y disponga de una renta mínima ofrezca su cuerpo para gestar un feto, libremente a cambio de nada.
La respuesta sincera a algunas cuestiones nos acerca a la realidad de la cuestión.
Por altruismo y a la vista de los requisitos enunciados, ¿se arriesgaría una mujer madre a dejar huérfanos a sus hijos por gestar un hijo para otr@?, ¿se ofrecería libremente a gestar una mujer que dispusiera de recursos económicos suficientes para cubrir sus necesidades básicas?, ¿por qué negarle la condición de gestante a una mujer extranjera?, ¿qué la inhabilita?, ¿o es que partimos a priori de la cualidad de extranjero como sinónimo de pobreza?, ¿por qué negarle la condición de gestante a una mujer que no alcance la renta mínima? o ¿es que los pobres no pueden ser solidarios?
Y todo ello sin entrar a analizar a qué Santa Inquisición le correspondería evaluar la concurrencia o no de los requisitos señalados.
Por ello, postureos aparte, quienes conciben la gestación subrogada como acto de libertad y altruismo, quizá deberían empezar a calificarlo de “utopía”.

 

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