La columna de Motes: Cultura del esfuerzo, ya si eso

Les hemos obligado a los mejores a emigrar, les hemos confundido con políticas educativa, los machacamos con salarios indignos. De todo ello han surgido legiones de pijo-progres de boquilla.

Los valencianos nos movemos poco, como Don Pimpón. Es decir, quizás producto de nuestra comodidad mediterránea y de que adoramos el terruño que nos vio nacer, somos mayormente perezosos laboral o profesionalmente y nos cuesta una vida eso de desplazarnos a nuestro lugar de trabajo si consideramos que está lejos de nuestro nido. La morriña gallega es aquí más bien “perea”. La afirmación podría parecer reduccionista pero los datos avalan esta idea según un informe del IESE.

Somos de los rezagados, del grupo de cola entre las autonomías españolas a la hora de ir a trabajar. En otras latitudes meterse entre pecho y espalda una hora de coche para acudir al tajo es algo habitual pero aquí ir a currar lejos nos debe parecer el mito de Sísifo en sesión continua. Les cuento una anécdota en cuanto a la movilidad geográfica o el régimen de traslados profesionales a través del territorio. Uno de los miembros del prestigioso claustro docente de la Escuela de Empresarios (Edem) de Valencia es Enrique Lores, ejecutivo y empresario español.

Lores es una de esas figuras que uno se encuentra por el camino y que nunca agradeces lo suficiente la coincidencia en tiempo y espacio. Enrique Lores es madrileño original pero valenciano de adopción -no en balde se formó como ingeniero eléctrico en la UPV- y, con toda seguridad, se trata de la figura local con más alto predicamento en la economía global porque ahora mismo ocupa el puesto de CEO en HP Inc (Hewlett Packard) en Palo Alto, California.

El ejecutivo, con domicilio español en una de las más atractivas vías de la ciudad de Valencia y segunda residencia en Jávea, entró en la multinacional norteamericana desde abajo y ha ido ocupando gradualmente puestos de creciente responsabilidad hasta la cúspide de una compañía en plena transformación durante la última década. Pues bien, una de las cosas que más me llamó la atención en el relato que compartía con sus alumnos es que, durante muchos años en el inicio de su singladura en HP, cada semana los viernes cogía un avión en el aeropuerto de San Francisco para pasar el fin de semana con su familia y los domingos o lunes, hacía el recorrido inverso desde Barajas. Como digo, así durante años. Pico y pala. Échale movilidad.

Sirva el hecho como ejemplo de cómo gestionamos la movilidad profesional los seres humanos cuando las necesidades económicas nos obligan al sacrificio del nomadismo diario y también como contrapunto a la noticia que hemos conocido esta semana y que habla más bien regular de las nuevas generaciones. Miren, lejos de otras tendencias y como padre, no pienso jamás que cualquier tiempo pasado fue mejor, opino ingenuamente que lo mejor está por llegar y apostato de quienes agitan el rechazo a los jóvenes como bandera, que es una forma de efebifobia avanzada.

Uno de cada diez candidatos a auxiliares de playas han renunciado a unas prácticas bien remuneradas, el motivo que llama la atención está vinculado con la movilidad

Pero atención a la siguiente noticia de Valencia Plaza: “apenas unas semanas después de que la Generalitat Valenciana contratara a 1.000 auxiliares en las playas para controlar el aforo de las mismas e informar de las medidas "anticovid"; implementadas por la administración empiezan a apuntarse las bajas. Más de un centenar de las personas escogidas han presentado ante la Agencia Valenciana de Seguridad y Respuesta a las Emergencias (AVSRE) su renuncia al puesto de trabajo, lo que supone más de un 10% respecto al total de contratos suscritos”. No el 2 o el 3%, ¡el 10!

Compadezco al responsable de Emergencias de la Generalitat, al bueno de José María Ángel pero sí, han leído bien. Al parecer, uno de cada 10 jóvenes que tras una selección concienzuda llevada a cabo por los servicios de empleo de la comunidad iban a contribuir a hacer realidad el mantra de las “playas seguras” ha renunciado al puesto pese a estar mejor pagados que un MIR, ahora que están en plena huelga los residentes. ¿Las causas? Pues de entre las razones aducidas por los dimisionarios, la más habitual y la que más me llama la atención es que el destino asignado les pillaba a desmano. Es decir, lejos de su residencia habitual.

La causa -que uno entendería medianamente si siendo de Almoradí tienes que desplazarte hasta Benicarló cada día- parece bastante incomprensible si la localidad con más bajas ha sido Jávea, con unas coordenadas geográficas más centradas. Ahora bien ¿y si hay otros matices? Accidentado litoral, lleno de calas que rápidamente se atestan de candidatos a ocupar las pocas piedras que la nueva normalidad permite, con empinadas cuestas y con un riesgo de conflictividad con los turistas mucho mayor que, pongamos por caso, la Almardà de Sagunto. A ver, que no se trata de enviarlos a recoger algarrobas -que es lo que hacíamos algunos en la juventud para pagarnos los vicios- pero que ofrezcas un salario de 2000 pavos mensuales para unas prácticas remuneradas y que te los echen a la cara es para hacérnoslo mirar.

La verdad es que desafortunadamente no parece nuestra juventud demasiado comprometida, así en general. Cierto es que se trata de una generación a quienes no dejamos un panorama demasiado alentador. A los recientes gobiernos se les ha olvidado que la mejor política social es la del empleo, les hemos obligado a los mejores a emigrar, les hemos confundido con políticas educativas sectarias y cambiantes y los machacamos con salarios indignos. Y de todo ello han surgido auténticas legiones de pijo-progres de boquilla.

Desengáñese mi amigo Carlos Pascual, que hace unos años se felicitaba porque en la Cátedra de Cultura Empresarial de la UV que preside los alumnos por primera vez se inclinaban por hacerse empresarios antes que funcionarios. Creo que eso ha cambiado en estas últimas legislaturas. La filosofía del mínimo esfuerzo, de la estatalización sistemática, de la sacralización de lo público
frente a la proscripción de lo privado y de la promoción individual está generando un país de vagos. Si a todo esto añadimos las numerosas excepciones -dentro de una actitud responsable y generalizada entre los jóvenes, pese a la que nos está cayendo- de botellones inconscientes y guateques sin la más mínima seguridad, el panorama es bastante desalentador. Miren, me van a silbar los oídos por lo que voy a decir pero tal y como están las cosas, lo de la vuelta del servicio militar obligatorio no era tan mala idea.

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