La farsa de la municipalización

Refugio municipal de Valencia

Refugio municipal de Valencia

Para los ayuntamientos los animales abandonados son como la basura. Algo molesto, feo e incómodo, que que cuanto menos se ve, menos problemas ocasiona

Ocuparse de los animales abandonados es una de las competencias que tienen los ayuntamientos.

El procedimiento debería consistir en capturar cuando se tiene constancia de que un animal deambula solo, comprobar si tiene chip para poder contactar con la persona responsable del animal, y en caso de no tenerlo, llevarlo a un refugio donde se le pueda atender y cuidar mientras se trata de localizar a sus humanos y, en caso de no hacerlo, o que éstos lo hayan abandonado, anunciar que se encuentra en adopción y permitir que encuentre un hogar donde se le trate con el cariño y respeto que nunca debieron faltarle, el resto de su vida.

La realidad, sin embargo, es bien distinta. En la Comunidad Valenciana, por poner un ejemplo, hay municipios que ni siquiera tienen organizado un sistema para actuar en caso de que haya algún animal abandonado en su término. Por no mencionar el fin de la mayoría de animales abandonados en la Comunitat cuando son recogidos por los servicios municipales o por las empresas a las que contratan los ayuntamientos con nuestros impuestos: la muerte cuando no se localiza a su responsable y un trato inhumano.

Son muy pocos los ayuntamientos que han puesto en manos de entidades de protección animal estos cuidados, cuando sólo quiénes de verdad empatizan con un animal y se preocupan por él, deberían ser responsables de su cuidado.

Pues bien, en algunos ayuntamientos, como el de Valencia o Paterna, quieren poner de moda algo que creen que suena muy bien y así lo quieren vender a la ciudadanía: la municipalización.

Y a mí me gustaría explicar en qué consiste municipalizar este servicio y por qué es importante que de él se ocupen entidades de protección animal.

Para empezar, las instalaciones que van a albergar a los animales abandonados deberían ser municipales, y adecuadas a las condiciones etológicas de los animales que van a estar acogidos en ellas y deberían ocuparse del contacto directo con los animales únicamente entidades de protección animal, evidentemente, con una dotación presupuestaria suficiente.

Un animal que ha sido abandonado y es introducido en un recinto con otros animales, también en unas condiciones extremas de miedo y estrés por maltrato, es un animal que está asustado, posiblemente herido, con mayor o menor gravedad o incluso enfermo. Estos animales necesitan personas que, además de preparadas para abordar la situación, en su trato prevalezca la empatía.

No estamos hablando de trabajar con elementos inertes sino con animales que llegan con el alma rota y lo que menos necesitan es a alguien que únicamente esté junto a ellos por un sueldo, que además podría incluso ser mínimo, cuando no, sumando condiciones de trabajo temporal.

Si a las consecuencias que se pueden derivar del trato directo con animales por parte de personas que puede que no tengan ni un ápice de empatía hacia ellos, sumamos decisiones directoras orientadas a disminuir el número de animales en las instalaciones, reduciendo así los problemas y la mala prensa, y de paso, ahorrar costes, podríamos encontrarnos con que enfermedades que pueden permitir con un tratamiento a los animales tener una vida larga y de calidad, supongan una condena a muerte con la excusa de motivos sanitarios, o ante un accidente, la eutanasia al animal augurando una falsa irrecuperabilidad.

Todo esto, sin que ninguna persona voluntaria, a la que de verdad preocupen los animales y sin temor a quedarse sin trabajo por contarlo, pueda acceder a esa información, ni al estado en que se encuentran los animales.

¿No parece ésta una fórmula redonda para que las estadísticas de abandono mejoren de forma abrumadora y permitan que alcaldes y concejales de turno se hagan fotos con perritos y se pongan medallas, contando cómo han contribuido al “bienestar animal” en su municipio?

Pues eso es lo que me temo que va a ocurrir con estas fórmulas cínicas y perversas de atender a los animales abandonados, a las que ahora llaman municipalización y que no distan de lo que antes se llamaba perreras municipales.

Simplemente es una nueva de sus etiquetas de marketing, a costa del sufrimiento de los animales, con el que tratan algunos ayuntamientos de deshacerse del problema que les supone el abandono de animales, por la puerta de atrás, sin que nadie pueda denunciarlo, mientras se golpean el pecho a la par que repiten una y otra vez lo animalistas que son.

 

*Coordinadora provincial de PACMA en Valencia

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