Brexit: nunca es tarde si la dicha es buena

Tendrá que ser un Reino Unido más humilde el que vuelva al redil comunitario y que dé pruebas con sus actos de su deseo de recuperar la confianza perdida.

El triunfo del SÍ al Brexit hace ya dos años pilló por sorpresa incluso a sus propios artífices, quienes no sólo no lo supieron gestionar, sino que, cual hierro candente, se lo han ido arrojando mutuamente para evitar quemarse tomando decisiones. Poco tiempo se tardó en comprobar que la bravata les iba a costar muy cara, toda vez que lo prometido era un espejismo de difícil realización. Sólo el anuncio oficial de la salida les tomó nueve meses, y no fue casual.

Una decisión tan importante como el ingreso o salida de la UE debería haber requerido algo más que una exigua mayoría. El sentido común y la experiencia política acumulada nos enseña que fracturar en dos una sociedad sólo conduce a la polarización de posturas y al enfrentamiento. Es más, como indeseado efecto secundario el propio Reino Unido corre peligro de desmembrarse, ya que los resultados de las votaciones fueron dispares según el territorio.

 Escocia, Irlanda del Norte y el territorio de Gibraltar se posicionaron claramente en contra, y dentro la propia Inglaterra, cual irreductible Tabarnia, amplias zonas del sur y Londres también se posicionaron por la permanencia. Los escoceses, que habían rechazado hacía poco separarse del resto de Reino Unido ante la perspectiva de dejar de pertenecer a la UE, con las desventajas que ello implicaba, se encuentran ahora arrastrados al abismo que habían evitado por poco.

El Partido Conservador se halló con un "mandato" de su población (mal informado y poco realista) para el que ni contaba con medios suficientes ni sabía como afrontarlo. La ingenua perspectiva de pretender obtener todos beneficios de la pertenencia a la UE sin ninguna obligación, se evaporó rápidamente. La realidad les abofeteó y les despertó, pero no les hizo más realistas. Obcecados con la idea de salir sí o sí de la Unión, han llegado a sostener públicamente que irían al Brexit duro si fuera necesario.

Por fortuna, aunque la ciudadanía pueda cometer errores, no es idiota. Estos meses de negociación infructuosa con la UE, la sensación (real) de que no se avanza, y la absoluta incertidumbre sobre qué pasará el próximo 29 de marzo, cuando terminen los dos años que establecía el artículo 50 del Tratado de la Unión Europea, han provocado un creciente hastío entre la población británica, que se ha movilizado para pedir la realización de un segundo referendum.

 People´s Vote, movimiento que aglutina al grueso de los defensores de una segunda consulta, ha visto reforzada su posición esta semana con el apoyo de las bases del Partido Laborista a la celebración de un segundo referendum. Las razones son simples: Si se votó afirmativamente ante unas promesas que se han demostrado falsas, o como mínimo erróneas, el pueblo británico tiene derecho a rectificar.

Posiblemente es la única salida honrosa, puesto que la clase política británica se ha demostrado incapaz de negociar un Brexit cuyo voto nunca debiera haber prosperado. Ello no evitará, sin embargo, que las relaciones con la UE y el resto de socios comunitarios, de darse marcha atrás en el último momento, no queden tocadas.

Un proyecto como el europeo se basa en la cooperación, la confianza y la lealtad, virtudes difíciles de conseguir y muy fáciles de perder. Tendrá que ser un Reino Unido más humilde el que vuelva al redil comunitario y que dé pruebas con sus actos de su deseo de recuperar la confianza perdida.

 Hagan sus quinielas o lancen una moneda al aire, dadas las circunstancias, son métodos válidos para pronosticar lo que pasará en los próximos meses.

*Politólogo y abogado.

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