La difícil infancia de Jaime I

María, su madre, encendió doce velas, cada uno con el nombre de un apóstol, y la última en apagarse fue la de Jaime. Con apenas cinco años de edad quedó huérfano y en poder de enemigos

Las circunstancias alrededor del nacimiento de Jaime I, el mito histórico más fuerte en el imaginario valenciano (el Conqueridor) fueron extraordinarias. El matrimonio entre sus padres celebrado en 1204 había sido claramente de conveniencia. A su padre, Pedro II el Católico, solo le interesaba de María su ciudad, Montpellier, la cual aportó como dote. Pero nada más.

La unión parecía que no iba a durar mucho. La primera hija que tuvieron, Sancha, murió al poco tiempo de haber nacido y en 1206 el rey ya había abandonado a su esposa y solicitaba al papa la anulación del matrimonio. Sin embargo, en febrero de 1208, entre cánticos del Te Deum laudamus, María presentaba en la iglesia de Santa María de Montpellier a un recién nacido. ¿Cómo había sido posible?

Los cronistas aportan distintas historias sobre cómo fue engendrado el niño. No faltaron tampoco rumores poéticos en la época. Según Desclot, el rey, de reconocida virilidad, fue engañado por María de Montpellier. Este iba a verse con una amante en Miravalls, pero en el cuarto a oscuras quien realmente le estaba esperando era su esposa. Según Muntaner, todo el ardid fue preparado cuidadosamente por los prohombres de Montpellier, para obtener así un legítimo heredero.

En todo caso, engañó a una sola carta, pero que resultó ganadora: la reina quedó embarazada. Parecía un designio de Dios, como también lo fue el nombre del niño. María encendió doce velas, cada uno con el nombre de un apóstol, y la última en apagarse fue la de Jaime.

Pero la infancia del futuro Jaime I estuvo muy lejos de ser tranquila. Su propio padre apenas le hizo caso. Su nacimiento truncó las aspiraciones de su tío Fernando de Montearagón o las de su tío abuelo el conde Sancho del Rosellón, hermano de Alfonso II.

Los hijos bastardos de Guillermo VIII de Montpellier también estaban interesados en que Jaime desapareciera. De hecho, contra la cuna del niño fueron arrojadas varias piedras, pero quiso el destino, otra vez, que ninguna de ellas le acertase.

Por si fuera poco, durante aquellos años la herejía albigense estaba en pleno auge e Inocencio III lanzó la cruzada contra ellos, con el ambicioso Simón de Montfort a la cabeza. Comenzó la conquista de Occitania, entre ellas, la importante plaza fuerte de Carcassonne.

En 1211, sin contar siguiera con tres años, el juego diplomático le buscó una pareja a Jaime: su padre pactó que se casaría con Amicia, la hija del cruzado. Pero no era un pacto de igualdad. Lo habitual era que fuese la prometida quien tuviera que trasladarse y adaptarse a las costumbres de su futura corte. Pero en este caso fue entregado Jaime a Simón de Montfort en Carcassonne, el cual además podía administrar Montpellier hasta que fuese mayor de edad.

Pedro II redobló entonces sus intentos para anular su matrimonio con María y comenzó a idear un nuevo matrimonio de conveniencia más provechoso, en este caso, con una de las hijas del rey de Francia, Felipe II. María tuvo que trasladarse a Roma para defender la herencia de su hijo. Allí logró vencer a su marido y legitimar a Jaime, pues el papa, a quien tampoco interesaba la anulación del matrimonio, confirmó su validez.

A pesar de todo, 1213 fue un año trágico para el jovencísimo Jaime. En abril moría su madre en Roma, la cual encomendó acertadamente la protección de su niño a los templarios. Y en septiembre su padre, que había acudido en ayuda de sus vasallos occitanos, moría en la batalla de Muret. Jaime, con apenas cinco años de edad, era ya huérfano y estaba en poder de los enemigos de su padre.

*Doctor en Historia-UV. Dottore di ricerca-UniCa

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