El rey abre el curso



Me ha llamado la atención un grupo amplio de estudiantes muy jóvenes que se han bajado conmigo del autobús esta mañana en la parada del “poli”. Cuando me han preguntado por el Paraninfo he sabido que iban a ver al Rey. Alegres y esperanzados. Allí se habrán encontrado con algunas caras agrias, malhumoradas, menos jóvenes, también venidas de fuera. Ellos sabrían por qué.

La normalidad de un martes lectivo de la Universidad Politécnica, con las aulas a tope, sus laboratorios en marcha, las bibliotecas a rebosar, la gente haciendo deporte, se ha visto celebrada por esta cincuentenaria apertura de curso abrigada por el Jefe del Estado. Y con él, por primeras autoridades del Gobierno, de la Generalitat, de la Ciudad y –claro está- de la Comunidad Universitaria.

Cincuenta años de servicio ordinario a la sociedad. Sin aspavientos.

Miles de estudiantes que han pasado por estas aulas –yo mismo lo hice- muchos de otros lugares de España, extranjeros también, se sienten honrados por la visita del Rey. Reconocidos, en estos tiempos de debilidad intelectual que producen sonrojo.

El Rector ha estado oportuno y ajustado –como suele hacerlo- a la importancia del acontecimiento, sin que el rigor le impidiera albergar la esperanza ni la disciplina evitar la crítica.

Yo creo que las aperturas, como en el ajedrez, son importantes en los procesos. Y ésta lo ha sido para el proceso de mantenimiento de la dignidad y la autoestima de nuestra universidad politécnica.

Nuestra universidad –no me canso de decirlo- es una universidad comprometida con la sociedad a la que sirve, guiada por criterios de excelencia, sensible a la igualdad y al medio ambiente, ajena de servidumbres en su autonomía y gobierno. No exenta de diferencias ni de libres posicionamientos, que lejos de debilitarla la enriquecen. Una universidad politécnica en la que anidó un humanismo que, acrecentado, nos caracteriza.

Hemos sido recientemente valorados con posiciones más que honrosas en los ránking internacionales y ocupamos la cabecera entre las politécnicas nacionales. Una cantera de doctores son esperados, en algunos casos con urgencia, para su incorporación a la carrera docente. Con todo el rigor y el equilibrio que la tarea requiere. Y ambas son buenas noticias.

Y hemos pasado el apuro –todavía lo estamos pasando- de bochornosos acontecimientos; afortunadamente inexistentes en nuestra práctica académica.

Con el Ministro “estaban” hoy todos nuestros honoris causa, desde el maestro Rodrigo hasta Valentina Tereshkova, de Rafael Alberti a Alicia Alonso, de Álvaro Siza a Kathryn Gustafson. Y con el Gaudeamus, esa pléyade de artistas, ingenieros y arquitectos “valencianos” que desfilan por el mundo -en palabras de Justo Nieto- “sin coartada para la ignorancia”.

Mediado el acto he leído un teletipo que informaba de una huelga inexistente, de protestas aisladas y hasta de desprecios muy airados contra el monarca. Ignoro su origen, su trascendencia y su veracidad. Pero tampoco me ha extrañado tanto. El mundo al revés.

Lo cierto es que esa normalidad politécnica a la que vuelvo a aludir, se ha desarrollado hoy sin traba ni impedimento, con cada uno en su sitio, dónde tenía que estar. Como todos los días.

Aunque no haya sido un día cualquiera, aunque la efeméride quede grabada en oro en la crónica académica, la fiesta de la ciencia y de la cultura, del esfuerzo y del rigor, se celebra a diario en nuestros campus de Alcoy, de Gandía y de Vera.

Ha abierto el curso el Rey de España –muchos recordamos las visitas del Príncipe de Asturias- con la firmeza de sus convicciones democráticas y el referente de unidad que encarna. Lo cerraremos con dignidad y con tesón, también con optimismo. Y con el compromiso de no defraudar las expectativas que esta apertura de ayer ha propiciado.

Prestigio por prestigio.

José María Lozano Velasco es Catedrático de la Universidad Politécnica de Valencia y Presidente de la Comisión de las Ciencias del Consell Valencià de Cultura. 

 

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