14 de julio de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Moncloa pasa de controlarlo todo a desentenderse del virus casi por completo

Sin dar las respuestas necesarias a las preguntas más básicas sobre su gestión, el Gobierno se desentiende de la pandemia y arroja toda la responsabilidad a las regiones.

 

 

España entera recupera hoy la “nueva normalidad”, ese concepto que ha acuñado el Gobierno para, básicamente, ceder a las Comunidades Autónomas toda la responsabilidad y, llegado el caso, toda la culpa de eventuales rebrotes que nadie es capaz de calibrar.

Hace apenas un mes no podíamos casi ni pisar la calle, el Estado de Alarma eterno era imprescindible y el Gobierno necesitaba dotarse de poderes extraordinarios y totales para atender una emergencia, asumida con negligente retraso, que de repente puede ser gestionada por las regiones.

Ahora, de un día para otro, el Gobierno casi desaparece y se convierte en una especie de testigo pasivo que da consejos y poco más pero se guarda una "bala de plata" para intervenir cuando lo considere oportuno.

Cada Comunidad decidirá  desde ahora qué se hace con las piscinas, con las discotecas, con los hoteles, con los bares con los parques y con la vida en general, dejando una duda en el aire: ¿No era necesario entonces el Estado de Alarma más prolongado del mundo para proteger la salud pública? ¿O lo era y ahora, por temor a las consecuencias económicas o a la resaca política de una mala gestión, se comete otra irresponsabilidad cediendo el testigo a las regiones? 

 

 

La “nueva normalidad” es, sobre todo, una gran incógnita que comienza con una inaceptable laguna sobre buena parte de lo ocurrido hasta ahora: desconocemos qué probabilidad de rebrote existe; cuántas víctimas mortales reales hay; cuántos ciudadanos están contagiados o cuántos se han sometido a un test.

 

Por no saber, ni sabemos qué ha pasado exactamente en España para que la mortalidad sea la más elevada del mundo, cuanto se confirmen todos los fallecidos. Que después de un confinamiento tan prolongado las preguntas sean más numerosas que las respuestas lo dice todo de la eficacia y la transparencia de un Gobierno nefasto al que casi nadie, fuera de España, concede credibilidad.

Por mucho que aquí haya logrado crear una burbuja ante la opinión pública para simular que, donde hubo incompetencia y hay opacidad; hay en realidad diligencia y buenos resultados. Es de esperar que la verdad finalmente se imponga, aunque parece cada día más complicado.

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