26 de marzo de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

El timo de los rectores: la universidad española exige una auditoría urgente

El rector de la Universidad Rey Juan Carlos, Javier Ramos, con su equipo

El rector de la Universidad Rey Juan Carlos, Javier Ramos, con su equipo

Rescatamos un artículo de hace 5 años que alertaba sobre el enchufismo, el despilfarro y la opacidad en la Universidad española, necesitada de una auditoría global urgente.

Este artículo, con muy ligeras variaciones, fue escrito hace un lustro ya. Versaba sobre el nepotismo en la Universidad española, siempre escondido y casi nunca denunciado hasta ahora. El caso del Máster de Cifuentes abrió una ventana a la esperanza de que, al fin, se audite un sector opaco como pocos y sin embargo impune como casi ninguno. Otra cosa significaría que solo interesa cercar al PP, mientras otros cometen tropelías sin que nadie haga nada. Considero interesante recuperar el texto, que estará anticuado en algunos detalles menores pero refleja muy bien el submundo universitario que para muchos es conocido ahora por el caso de la Universidad Rey Juan Carlos. Especialmente hoy que vuelve a publicitarse como un éxito que diez universidades españolas estén en el Top 500 mundial: en realidad, la noticia es no estar en el Top 100: un auténtico fracaso. Como siempre.

 

 

 

"No hay claustros universitarios; no hay más que una oficina, un ´centro docente´ (tal es el mote) en que nos reunimos al azar unos cuantos funcionarios, que vamos a despachar, desde nuestra plataforma -los que a ella se encaramen-, el expediente diario de nuestra lección. Antes de entrar en clase se echa el cigarro, charlando del suceso del día durante un cuarto de hora que de cortesía llaman. Luego se entra en clase, circunscriben algunos su cabeza en el borlado prisma hexagonal de seda negra -¡geométrico símbolo de la enseñanza oficial!-, se endilga la lección, y ya es domingo para el resto del día, como dice uno del oficio. Se han ganado los garbanzos".

Unamuno, "De la enseñanza superior en España"



En España hay cerca de 80 universidades, incluyendo las 29 privadas, y alrededor de 264 campus, un número desproporcionado para la población total y universitaria al compararse con otros países: España, con la mitad de población que Alemania, tiene sólo 20 universidades menos; y algo más que Italia pese a la inferioridad demográfica.

Sólo el Reino Unido, tal vez, tiene una proporción mejor de universidades por habitante, aunque con matices: sí, tienen nada menos que 120, pero una inmensa mayoría de ellas son privadas o imponen un copago del estudiante muy elevado. Toda esta estructura, tan sobredimensionada como ineficaz por razones que veremos luego, alberga además a 170.000 empleados (probablemente sean más, pero ni el Tribunal de Cuentas ha sido capaz de fiscalizar con precisión los gastos de un sector que ni siquiera presenta en tiempo y forma su contabilidad) y 1,6 millones de alumnos, con una proporción entre unos y otros que ya quisiéramos para todos los servicios: ¿Se imaginan disponer de un policía por cada mil habitantes? ¿O a una enfermera? Pues esa quimera es una realidad en este glorioso oasis del conocimiento del que nada se conoce en realidad.

Ninguna de las universidades españolas, además, figura entre las 100 mejores (ni en años anteriores ni en el vigente) del gremio, según todos los informes internacionales elaborados por distintas entidades e instituciones que cada año analizan el sector con arreglo a unos parámetros que, al parecer, sólo perjudican a España pese a ser los mismos para todos: quizá la manera patria de juzgar la calidad tiene muy poco que ver con los parámetros habituales en el mundo civilizado, de lo que cabe concluir que, más que juzgarnos equivocadamente, aquí nos hacemos trampas echando las culpas al árbitro como un equipo malo y llorón.

La Universidad española tiene exceso de campus, despilfarra, es opaca y está abonada a la endogamia y el enchufismo

Hay más datos que reclaman una reflexión crítica: la Universidad española firma el 75% de la producción científica nacional, pero sólo el 13% de las patentes. Esto es, dice investigar mucho, pero en realidad se limita a simular que lo hace y a poner el sello ´I+D´ a productos inservibles o inexistentes que se presentan, en exclusiva, para justificar la petición de dinero público: según el exhaustivo informe del Gabinete de Estudios del BBVA, hasta el 50% del presupuesto universitario de de I+D se consume en sobresueldos lineales para profesores.

Esto es, lejos de dedicarse a premiar a quien de verdad trabaje en crear el tan hablado "nuevo modelo productivo" que evitaría que España fuera un país de camareros y albañiles; se consagra a pagar una gabela igual a quien de verdad investiga, a quien disimula y a quien así garantiza su voto posterior al rector de turno.

¿Pocos recursos?

No termina ahí el bochorno. Veamos también la inversión en educación superior en España y la forma de repartir el gasto, para llevarnos de nuevo las manos a la cabeza. Frente al tópico que denuncia la falta de inversión pública en educación, los fríos datos oficiales dicen lo contrario (pág. 24 informe OCDE 2012) . Teniendo en cuenta el PIB español, aquí hemos dedicado hasta un 21% más a tan sensible materia que los países más desarrollados de Europa y del mundo: en ellos se invierten 8.300 dólares por cabeza a desasnar desde primaria hasta la universidad; en España pasamos de los 10.000 dólares.

Un último dato, válido para todos los tramos de la educación pero especialmente para el universitario, resuelve el misterio contenido en la siguiente pregunta: ¿Cómo es posible que, gastando más que nadie, seamos peores que todos tal y como confirman los análisis más imparciales, sea el informe PISA o cualquiera de sus homólogos? La respuesta es bien sencilla, como una vez más permite el estudio desapasionado de las estadísticas oficiales: simplemente gastamos más que nadie, pero no precisamente en los alumnos.

Todo se queda en el camino: de un lado, en crear una estructura sobredimensionada, que atiende a más a las ínfulas de caciques regionales que a las necesidades del país (consideren la mitad de las universidades como esos aeropuertos sin pasajeros para entender la similitud); de otro, en sostener las plantillas necesarias que pueblan esos monumentos al despilfarro.

Empezando por los catedráticos: el personal docente en toda Europa consume en torno al 42% del presupuesto total de su sector; en España esa cifra sube al 56%. Añadan el gasto en personal no docente contratado en universidades que no hacen falta (hasta un 30% de los estudios no tienen el mínimo de 50 alumnos que justificaría su existencia) para llegar al final del camino, válido para tantos y tantos servicios presuntamente públicos que, en la práctica, se aprovechan del público: aunque gastamos como nadie, fracasamos como ninguno; pues el dinero que arriesgamos en nombre del progreso colectivo se agota en el simple mantenimiento de una estructura inútil y costosa hasta la náusea.

Gasta  más en personal que la universidad europea, pero luego se hunde en las clasificaciones internacionales

Llegados a este punto (y no entramos en el resto de tramos educativos para no desviar la atención, aunque puede consultar los datos reales y llevarse las manos a la cabeza leyendo las páginas 30 a 35 de este estudio), cualquiera dotado de un mínimo de espíritu crítico debe preguntarse si los rectores tienen derecho a pedir más dinero o, por contra, debieran someterse a una brutal auditoría pública que fiscalizara cómo y dónde se han gastado tantísimas millonadas en nombre de una educación superior utilizada como mera excusa para el saqueo.

Como la única manera -y no sólo la mejor o más decente- de defender de verdad lo público es preguntarse cómo se gasta y cuál es el resultado, hay que acaba de una vez con la agotadora, maniquea y demagógica estrategia de presentar el sostenimiento de una barbaridad contable y ética como un acto de defensa de los derechos colectivos, como si la educación universitaria (o la sanidad) dependieran de que sigamos pagando el doble de universidades de las que hacen falta y sosteniendo en ellas un régimen laboral que premia la lealdad al rector sobre los méritos docentes o científicos.

Beneficio gremial

Cada vez que alguien dice luchar "por todos", conviene bucear en la esencia de sus reclamaciones, la naturaleza del modelo en el que trabaja y, finalmente, el resultado práctico de todo ello: probablemente veamos cómo, en el 90% de los casos, tan nobles cánticos sólo esconden un insolidario deseo de mantener un estatus pernicioso que, ahora sí, juega con las expectativas de todos para camuflar el egoísta deseo de beneficio gremial.

Con la complicidad de tanto ciudadano ingenuo, tanto medio de comunicación con desprecio por el dato y, ahí sí, tanto político deseoso de renunciar a arreglar lo público para entregárselo a lo privado, igual o más eficaz a menor coste... pero menos fiable en determinados servicios si no hay un control exhaustivo y constante.

 

 

Una foto que lo resume de todo: el popular Rato (segundo por la izquierda), Virgilio Zapatero (el socialista, tercero por la derecha, imputado por las black card) y Manuel Marín (fallecido recientemente, colocado en Iberdrola) crearon juntos en la Universidad de Alcalá el Centro de Estudios de Políticas Públicas en 2006, un chiringuito entre tantos sin apenas actividad

Con estos antecedentes, escuchar a los rectores su lamento comunal es, amén de una indecencia económica, un atentado intelectual: ellos son bien conscientes de la ineficacia, el gigantismo, el derroche y el nepotismo de sus universidades y la miriada de apéndices en forma de centro, fundación o instituto donde se esconden los amigos y se perpetran las peores fechorías; y saben bien que con la mitad de ellas, mejor dotadas y fiscalizadas, tanto el sector cuanto el país que lo financia saldrían mucho más beneficiados.

Pero es mejor jugar con el miedo de la gente que, al grito hilarante de que está en juego que "ricos y pobres tengan las mismas oportunidades", encabezar la reforma imprescindible y señalar ellos mismos cómo ahorrar sin tocar nada esencial y cómo dar un mejor servicio al estudiante (y a su país) gastando menos en el conjunto pero mucho más en el usuario.

Si Unamuno levantara cabeza, corría a birretazos a tanto rector de chichinabo y a tanto político ignorante que sólo sabe malversar los derechos de la gente con frases ostentosas y vacías o a dar por hecho que la única manera de adecentarlo es cortar por lo sano.

El sector debe ser auditado a fondo, levantadas sus alfombras y conocidos sus derroches y apaños

El término medio -eficaz, primero; de acceso público, a continuación; y finalmente gestionado de la manera más fiable para el ciudadano- es el correcto, pero ya sabemos que en España se lleva más el eructo que el debate y el cliché sobre el dato. No es de extrañar que, bien mirado, seamos el país más devoto de Einstein de cuantos pueblan el mundo. Al menos de una de sus frases: "Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio".

Posdata

Tampoco se trata de abusar, pero no me resisto a un último dato definitivamente demoledor que evidencia la mezcla de cinismo, indecencia intelectual y despilfarro económico que caracteriza a los rectores españoles. Fueron ellos mismos los que decían, cuando creían que nadie les escuchaba, que sobraban universidades, que hacían falta tasas más altas y que no era justo para la sociedad financiar a alumnos que no querían estudiar ni estudios que nadie reclama. La CRUE es el ´sindicato de rectores´. Y en su informe decían lo que pensaban y pensaban lo que decían. Ahora exigen que les abracen y les den más dinero. Ustedes sabrán.

Nota

Este artículo está escrito hace cinco años. El original se titulaba Rectores, ¿ladrones de guante blanco? No es pereza traerlo tal cual, con unas pocas actualizaciones que no varían ni el fondo ni la estructura; sino la constatación de que el drama continúa, de que casi nada ha cambiado y de que, en realidad, todo va a peor.

Iba a reescribirlo, pero no necesitaba cambios. Si ven que alguno de los enlaces del artículo les da error, tampoco es torpeza mía: la manera de arreglar lo que en ellos aparecía y a mí me servía para hacer la denuncia… ha sido eliminarlos por los afectados. Y si creen que varían mucho de 2012 a 2014, descuiden: se parecen como dos gotas de agua. Los he dejado intencionadamente, pues.

A todos estos males, en los últimos dos años se han añadido algunos o se han agudizado: una politización sectaria de una institución que, cuando avala las tribus; deja de ser universitaria. La legendaria escuela de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense y su inenarrable rector son el epítome de un fenómeno que ha llevado a quienes antes hacían pintadas revolucionarias en los retretes de la facultad a emborronar la Constitución con millones de almas inquietas jaleando.

Y un nepotismo vergonzoso que hemos conocido por Íñigo Errejón pero existe desde antes de los dolores, que decía el honoris causa Chiquito de la Calzada, fruto del perverso sistema electoral que consagra la compra y el intercambio de favores para lograr el birrete de rector.

Sólo hay algo esperanzador en estos tiempos de cólera donde todo está en estupenda revisión o, a menudo, en inquietante linchamiento: se acerca el momento de que a la Universidad española le pidan cuentas y sea sometida a una profunda auditoría.

Mi presagio es que todo lo que nos espanta de las ínclitas black card, de los pequeños nicolases  y del viejo timo de la estampita parecerá un juego de niños cuando se levanten las togas y empiece a correr el aire.

Coda final

El 'Caso Máster' de Cifuentes sí es un añadido nuevo al artículo original. Sobrecoge ver al mismo rector diciendo hace dos semanas que todo era impecable y ahora, tan poco tiempo después, que todo es una patraña. O Cifuentes es la mayor víctima de la historia de una conspiración que, extrañamente, perjudica a todos los que la cometieron y le beneficia en exclusiva a ella; o aquí hay una mentira y un montaje que terminará con la carrera de una política que prometía mucho. En todo caso, no estamos ante una excepción, sino ante la regla de funcionamiento universitario habitual. Y urge levantar esas alfombras. Vamos todos a alucinar.

 

ARN
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