Una alternativa para silenciar el ruido

Toda una declaración de intenciones, conmigo o contra mí, basada en la búsqueda de un permanente escenario de confrontación que alienta la colisión social

La insostenible situación del Gobierno de España se sintetiza muy bien en un acertado tweet en el que Daniel Lacalle decía literalmente “Si los mismos que ignoraron y gestionaron mal la pandemia controlaran la economía, el desastre sería absoluto”.

Lo cierto es que la crisis del COVID-19 ha evidenciado un carrusel de despropósitos primero en relación a la falta de previsión, el espectáculo de la adquisición de material sin homologar y proveedores más que dudosos, la ausencia de test generalizados después del anuncio de Pedro Sánchez el 24 de marzo o la alteración constante de los datos de fallecidos hacen que hasta los comentaristas menos beligerantes califiquen la gestión como francamente mejorable.

El colapso en el que se encuentra el SEPE o la incapacidad manifiesta para que las ayudas a autónomos y pymes lleguen a sus destinatarios suponen un drama para las familias que llevan meses sin ingresos sencillamente porque la administración  es incapaz de pagarles. Ni mentar los inaceptables comportamientos contrarios a la transparencia o la separación de poderes.  

La falta de gestión o incapacidad en la misma se está supliendo con mucha propaganda, constantes campañas publicitarias con lemas de carácter autocomplaciente tales como “salimos más fuertes” y a la constante dinámica de confrontación y estigmatización de la oposición como contraria a los intereses generales al no apoyar la prórroga del Estado de Alarma, sosteniendo de manera obscena que no existe más alternativa que la que plantea el gobierno.

Toda una declaración de intenciones, conmigo o contra mí, basada en la búsqueda de un permanente escenario de confrontación que alienta la colisión social, busca  la división por bloques y reducir el debate a lo emocional, entre los nuestros y los otros, alejando el debate racional sobre la gestión. Todo ello mientras se despliega una agenda rupturista marcada por el ritmo de la necesidad circunstancial de la geometría variable del parlamento.

El escenario político exige en estos momentos alejarse del ruido emocional que tiñe el debate y genera un estado de confusión nada deseable para quien corresponde proponer una alternativa como salida como superación del atasco al que no ha conducido este errático desgobierno que padecemos.

Sin abandonar la crítica y la denuncia el tablero exige a corto plazo centrar los esfuerzos en persistir desde un perfil institucional en la respuesta sanitaria y económica como está haciendo Pablo Casado garantizándola en la consistencia un equipo asesor con experiencia de gobierno en circunstancias difíciles.

Esa propuesta a medio plazo debe ampliarse y concebirse como una solución, un cambio al irregular pero constante proceso de ruptura que vivimos, planteando una alternativa reformista e integradora de una mayoría social que apuesta por los principios constitucionales de convivencia tales como el pluralismo político, la separación de poderes, partiendo de que la reforma es el mayor ejercicio de seguridad para la preservación y desarrollo del Estado de derecho, social y democrático.

La desesperada búsqueda por parte de la extrema izquierda de una confrontación abierta, azuzando de manera constante la descabellada hipótesis de un golpe de estado patrocinado desde la derecha, un síntoma de la desesperación que atraviesan que sólo permite gastar un último recurso como ese para mantener la tensión social que les permita movilizar al máximo su electorado.

Al mismo tiempo refuerza la idea de que es la hora de que la oposición, la que tiene vocación de gobierno, reincida en su perfil institucional en el de una alternativa amplia, constitucional y radicalmente reformista que tanto necesita el país en estos momentos. Y que tan bien ha funcionado en otras crisis pasadas. Una alternativa que rebaje los decibelios que están distorsionando el debate político nacional y nos permita silenciar el ruido que nos conduce a una polarización rupturista que nada tiene que ver con la salida de la crisis que debe ser necesariamente reformista.

*Abogado

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