La ciudad no es para mí. Camps, ese tío

“Y van tres” subtitulaba con acierto este diario a propósito. Y por cierto no titulaba de manera alguna El País, para subrayar la tesis de Arcadi Espada.

No es que pretenda emular al maestro Espada, tómese más bien como constatación. E incluso como homenaje a ambos, escritor y escrito.

Lo cierto es que la buena noticia del 28 de diciembre –por suerte lo anunciaron los digitales la víspera- es el archivo “tras largo e intenso proceso de instrucción” de la causa para imputar a Paco Camps a propósito de la Fórmula 1. Pese a la infundada insistencia de fiscalía y abogacía de la Generalitat.

Buena noticia para un servidor, aunque mala seguramente para quienes pretenden ensuciar togas –tal vez porque en ocasiones lo consiguen- con cieno de oscuros intereses. Y para aquellos medios que amparan tales prácticas.

Leguleyos en que nos han convertido a la opinión pública, como uno más he leído lo publicado del auto de archivo y lo he encontrado tan sensato como prudente. Tal vez quepa una lectura más atenta en la que pudiera apreciarse cierto cansancio. No por la duración de la causa –que ahí el doliente es el otro- sino por las circunstancias.

“Y van tres” subtitulaba con acierto este diario a propósito. Y por cierto no titulaba de manera alguna EL PAÍS –para subrayar la tesis de Arcadi-, ni en su edición nacional ni en la comunitaria. La noticia simplemente no apareció. No he estado atento a los telediarios pero una vez más se confirma que la inocencia no es noticia. Y no hay obligación de demostrarla como, en ocasiones, parece buscar una justicia inquisidora invirtiendo el principio de presunción.

Una justicia que no lo es en tal caso.

Debe estar satisfecho el expresident. La felicidad la tiene injustamente secuestrada desde hace años. 

Apenas unos días antes llegó la reprimenda del Supremo a les Corts por haber declarado “responsable” del desgraciado accidente del metro a un directivo de la época. La literatura jurídica no oculta el enfado institucional por la usurpación de funciones. Tal vez una suerte de prevaricación que parece raro que fuera consentida por los servicios jurídicos de la Cámara. Tampoco ha sido gran noticia.

Hemos olvidado que la dignidad humana no tiene precio. O, peor, hemos puesto precio a la ajena y lo pagamos como público de un espectáculo denigrante. Mientras, se reparte el apelativo de casposo al distinto y el de facha al adversario como demostración definitiva de la estulticia partidista.

El idiota de la república inexistente es la cara más dramática del separatismo. Y el mosso harto, la de España, encabezada por la mitad constitucionalista del pueblo catalán.

La maldad con Zaplana no tiene nombre (Mejor dicho, sí lo tiene).

 

 

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