16 de septiembre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Borrell a Europa: una buena noticia para España y mala para el separatismo

España no "ha vuelto", como presume Sánchez, porque nunca se fue. Pero sí ha cosechado un éxito con el nombramiento de Borrell, que debe ser una mala noticia para el separatismo.

 

 

Resulta de todo punto desproporcionada la maquinaria de propaganda puesta en marcha por Pedro Sánchez para convertir el -muy positivo- nombramiento de Josep Borrell como ministro de Exteriores de la Unión Europea en la demostración de que "España ha vuelto".

En realidad, nunca se ha ido, y su papel en Europa ha sido el mismo o muy parecido en los últimos años: un escalón por debajo de Alemania, Reino Unido y Francia; uno por encima de todos los demás y a la par que Italia. Y muy mejorable, en el ámbito internacional, en lo referente a Sudamérica, donde el papel debiera ser más relevante por razones obvias históricas, culturales, económicas y lingüísticas.

Un momento crucial

Dicho lo cual, y pese al nefando mercadeo de cargos que es la UE, es sin duda un éxito para España, que puede anotarse el presidente en funciones, colocar a uno de los suyos al frente de la diplomacia continental en un momento tan decisivo de reconfiguración de los equilibrios en el mundo entero, con la guerra comercial entre Estados Unidos y China como emblema y el impacto en todo que ya está teniendo el papel de India, Pakistán, Rusia o Brasil.

Que un español como Borrell dirija la diplomacia continental, ha de ser garantía de que todos los socios se conjuren para anular al unísono el virus soberanista

Pero además tiene, o debe tener, un beneficio doméstico especialmente saludable: que un español, especialmente caracterizado por su oposición al separatismo catalán, dirija la diplomacia continental, ha de ser garantía de que todos los socios se conjuren para anular al unísono ese virus tan contagioso como observado con cierta complacencia hasta ahora.

El contraste con Puigdemont

Que Puigdemont se pasee por media Europa exhibiendo su impostada pose de mártir es una derrota para el sistema de valores y leyes europeos; y que goce de cierta prensa y popularidad evidencia las profundas lagunas del trabajo exterior de España en este campo.

Ahora que Borrell va a ser canciller, un puesto influyente y decisivo, el soberanismo catalán ha de ser colocado a la cabeza de las prioridades de la Unión, y no precisamente para alentarlo. El contraste entre un político catalán elevado al rango de ministro de Europa y el de otro, de la misma Comunidad, expulsado del Parlamento de Estrasbrugo, simboliza muy bien dónde está la razón pero también cuál debe ser la actitud del conjunto del Continente. El ataque soberanista es contra todos.

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