De un Brexit malo a uno pésimo

Desearía equivocarme y encontrarme con un Boris Johnson negociador y pragmático

La dimisión de Theresa May, que nunca constituyó otra cosa que la crónica de una muerte (política) anunciada, no ha contribuido de momento a despejar las incertidumbres relativas al brexit: ¿En qué términos se producirá? ¿Cuándo? ¿Se dará marcha atrás en el último momento o permitiendo la celebración de un segundo referéndum?

La primera cuestión a resolver es la de encontrar un sucesor. Como era de esperar, desde el momento que los artífices del brexit se retiraron de primera línea de la política para permitir que fuera otro el que se quemara políticamente, nadie más que un loco o un inconsciente aspiraría a ponerse al frente de este desaguisado.

La carrera por la sucesión, que ahora ha quedado reducida a la pugna entre el favorito, Boris Johnson, y Jeremy Hunt no ha pasado de ser una pura pantomima, dado que nueve de los diez candidatos no han tenido opciones reales. Hunt está sólo nominalmente vivo en este pulso, que perderá con seguridad. Esto nos deja con la perspectiva del rubicundo Johnson ocupando el número 10 de Downing Street.

El principal problema de Johnson, aparte de un peinado que recuerda lejanamente al de Trump y unas maneras políticas más bien particulares, es su defensa a ultranza de la salida de Reino Unido el 31 de octubre, haya acuerdo o no.

Como primer ministro, no parece la figura más flexible ni más diplomática para lograr nuevas concesiones de una Unión Europea que ya ha dejado clara su postura de no admitir una salida a la carta del Reino Unido.

Así pues, debemos prepararnos para una más que probable salida sin acuerdo; un brexit duro que tendrá consecuencias desastrosas para la economía y para el proyecto europeo, por el fracaso moral de no haber podido retener a un miembro que siempre fue algo díscolo, pero junto con el cual se había crecido tanto.

A sensu contrario, precisamente estas consecuencias negativas, bien aprovechadas, pueden ser reconducidas en forma de un reforzamiento de la Unión, ya que posibilitaría contrastar el crecimiento en común con la disminución de la separación.

El momento histórico que vivimos no entiende de economías proteccionistas y compartimentadas y pasa sobre ellas. La guerra arancelaria iniciada por Trump en diferentes frentes es sólo un ejemplo. Las decisiones poco meditadas tienen como consecuencias respuestas por parte de los países afectados, que no se amedrentan y que además cuentan con un considerable peso específico en la economía mundial. Europa necesita mantener un frente común favorable al libre comercio si quiere ser tenida en cuenta.

Resulta muy manido repetirlo, pero la unión nos hace fuertes, mientras que ir cada uno por su lado nos vuelve débiles. Todos perdemos con el brexit; todavía más si termina siendo sin acuerdo.

Desearía equivocarme y encontrarme con un Boris Johnson negociador y pragmático que, incluso manteniendo su posición pro-salida, considerara razonables los acuerdos alcanzados con su predecesora en el puesto, consiguiera su aprobación en los Comunes, y abandonara la UE con orden y cordialidad.

*Abogado y politólogo.

 

 

 

 

 

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