Mis crónicas desde el confinamiento: Crisis jurídica

Salvador Illa y Fernando Grande Marlaska

Salvador Illa y Fernando Grande Marlaska

A la crisis sanitaria ha seguido la preocupación por sus tremendas consecuencias sociales, más tarde (ahora en lucha de prioridades por criterios ideológicos) la crisis económica.

Me dice mi director -y le creo- que no es buena idea cambiar la cabecera de una columna o serie, más o menos periódica, como esta que mi generoso lector soporta. Efectivamente, no es otra la práctica monocorde del gobierno, ni el tono y gesto del ególatra y patológico Sánchez. “Crónicas rebeldes” o “Crónicas contra el hostigamiento”, por si hay curiosidad, eran propuestas que han decaído por mor de mantener la continuidad.

Al estupor mundial por la importancia de la crisis sanitaria, ha seguido –en pocos casos ha cursado simultánea- la preocupación por sus tremendas consecuencias sociales, más tarde (ahora en lucha de prioridades por criterios ideológicos) la crisis económica, tan ligada con la anterior, de imprevisibles consecuencias y errático tratamiento por el Gobierno de España.

Si nos referimos a “Nuestro futuro común” (G. Brundtland, 1987), a la sostenibilidad enunciada como la gestión de nuestros recursos contemplando los de las generaciones venideras, hoy más procedente que nunca, sólo la naturaleza y el medio ambiente se salvan de esta tragedia, para consuelo de románticos y algunos cínicos que se apuntan a un bombardeo.

Para hablar de crisis mediática, recordaré la acepción más genérica del término. Porque ya asistimos al deplorable espectáculo de las ruedas de prensa enlatadas y lo hacemos al “monitoreo de discursos del odio” (ay! Marlaska, quién te ha visto y quién te ve!); que como dice la RAE, “ … pone en peligro el desarrollo de un asunto o un proceso”.

Hay quien, eludiendo responsabilidad alguna, tiene el descaro, la desvergüenza añadida, de culpar a los anteriores, mintiendo sin reparo en cuanto a cifras y hechos.

Crisis de valores al fin y a la postre, que para Adela Cortina son un llamamiento a la compasión y a su permanente reivindicación de la conducta ética. Hemos leído, en tonos muy distintos, sobre la decepción generalizada acerca de la efectividad del sistema sanitario español. Unos distinguiendo entre el personal, en estos días llevado a los altares y los podios, y los medios tan precarios que, escondidos entre los aplausos de las ocho, los elevan a la categoría de santos laicos o de héroes. Algunos obsesionados con la ineficacia exhibicionista del ministro Illa –y de la consellera Barceló en nuestra tierra- sin otro análisis que el muy definitivo de las dos decenas de miles de muertos a nuestras espaldas. Y hay quien, eludiendo responsabilidad alguna, tiene el descaro, la desvergüenza añadida, de culpar a los anteriores, mintiendo sin reparo en cuanto a cifras y hechos. Yo, ajeno a la especialidad, oscilo de una a otra posición según lo que leo, en infructuosa búsqueda de lo cierto, lo que ya es en sí grave indicio de falsedad generalizada.

Llevo días pensando, por analogía, que el sistema judicial español, tan cuestionado por su lentitud e ineficacia, con conductas arbitrarias de fiscales y jueces que se ven habitual y corporativamente refrendadas; que si no hubiera tenido tanto éxito, en suma, la fatídica profecía del hoy blanqueado Alfonso Guerra sobre Montesquieu y la división de poderes; que si no estuviera ya tan criticado por unos y por otros y no cosechara tan escasa popularidad, podría ser objeto de similar tratamiento y posiciones diversas según puntos de vista.

He consultado con dos expertos amigos, uno de izquierdas y el otro no. Ambos coincidiendo en lo mollar del asunto, en la fina línea entre alarma, excepción y sitio, en el descuido procedimental, en la imprecisión en la fundamentación de las decisiones coercitivas.

Pero no. He consultado con dos expertos amigos, uno de izquierdas y el otro no. El primero, comprensivo y hasta indulgente. Más enfadado el segundo, más exigente. Pero ambos coincidiendo en lo mollar del asunto, en la fina línea entre alarma, excepción y sitio, en el descuido procedimental, en la imprecisión en la fundamentación de las decisiones coercitivas. Rara coincidencia. O no tan rara, puesto que de expertos se trataba.

He leído a Manuel Aragón, quién con el condensado titular “Hay que tomarse la Constitución en serio”, publicaba en el oráculo mediático por antonomasia de la izquierda española; también al controvertido catedrático valenciano Carlos Flores, al madrileño Manuel Vera, al gallego Ruiz de Miguel, al abogado José Luis Prada, y a tantos otros, de diferentes colores o influencias políticas.

Y mucho me temo que hablaremos también de grave crisis jurídica. Ya podría irlo preguntando Tezanos. Y cocinando la respuesta.

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