Esta mañana he cumplido 37 años

Me he levantado, he bajado a desayunar con la que es mi nueva familia -distinta de la de cuando cumplí 7- y les he preguntado a mis hijos si están contentos con sus vidas, si son felices.

Recuerdo perfectamente el día que cumplí 7 años. Estrenaba unos pantalones a medida, como todos los que tenía por aquella época, cosidos por mi tía e ideados para que cupiesen los hierros que llevaba pegados a mis dos piernas, desde la cadera hasta los tobillos, de donde pendían dos botas ortopédicas cuyas puntas miraban hacia los extremos para conseguir cambiar la posición de mis pies, que me impedían dar dos pasos seguidos.
Por aquel entonces nadie conocía a Forrest Gump, así que mi escandaloso andamiaje no era tan popular entre la población infantil, pero tenía la suerte de ser poco acomplejada, así en general. Me importaba más reventar las botas a base de correr en el patio jugando con mis amigos, que poder llevar unos vaqueros en pascua o unas chanclas en pleno verano.
La celebración fue una merienda en mi casa, no hace falta que diga que hace 30 años no había parques de bolas, ni ludotecas, ni camas elásticas. Ni falta que nos hacía. Tampoco invité a toda la clase como en los macrocumpleaños de ahora. Vinieron mis 4 amigas, las únicas cuatro chicas que había en mi clase -éramos la primera promoción mixta de un colegio masculino-.
Recuerdo que un mes antes ya contaba los días que faltaban para cumplir 7 años. Durante todo ese tiempo soñaba con lo que me regalarían. Mis padres siempre me obsequiaban con la merienda y la tarta, mi tía con una mochila para el cole -hasta el 22 de octubre llevaba la del curso anterior- y mis amigas solían regalarme algo de material escolar: un estuche, unos bolis... Eran los años 80 y todo, absolutamente todo, nos parecía una verdadera suerte.
Esta mañana he cumplido 37 años. Me he levantado, he bajado a desayunar con la que es mi nueva familia -distinta de la de cuando cumplí 7- y les he preguntado a mis hijos si están contentos con sus vidas, si son felices.

Han puesto cara de las 8 am y uno de ellos me ha recordado que la que tiene que estar feliz soy yo que para eso es mi cumpleaños. Le he mentido y le he dicho que sí, que llevo mucho tiempo contando los días para ser un año más mayor -y un año menos joven-.
Ya en la puerta del cole se han despedido sugiriendo que esta noche deberíamos celebrarlo -lo haremos-, lo que no saben es que ya lo hacemos todas las mañanas a esta misma hora, cuando la vida nos regala un día más.

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