20 de agosto de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

El baloncesto en Sevilla no es una maravilla

Aficionados del CajaSol Sevilla.

Aficionados del CajaSol Sevilla.

Sigue rebotando la metralla de la explosión de la burbuja deportiva y hay equipos que se debaten entre la vida o la desaparición.

Escribo sin saber, sin tener ni la más mínima idea de la realidad, como buen español, como buen cuñao. En fin, como la mayoría de los que escriben, siendo realistas. Ya habréis intuido si me leéis por las redes que ando de tour por China y aquí en el ambiente general hay más escupitajos y ausencia de desodorante que wifi. Así que, lo dicho: ni idea.

Pero parece que el baloncesto en Sevilla está a punto de desaparecer. El mítico Caja San Fernando se nos va. Y tengo varias reflexiones al respecto. Varias de ellas vienen un poco enlazadas con otras columnas que ya he escrito sobre el baloncesto, sobre vender el producto y sobre lo mal que lo hacemos.

El Cebé Granada, el Lucentum Alicante, el Girona, el Menorca o el Forum Valladolid. Equipos que fueron muriendo de hambre en este mundo infame en el que para vivir dependes de la mano que te da de comer, no de ti mismo.

Para empezar, entiendo el drama en Sevilla, pero no es para sentirse especiales. En estos años en los que la burbuja del baloncesto, como todas las burbujas, explotó, se nos fueron por el camino el Cebé Granada, el Lucentum Alicante, el Girona, el Menorca o el Forum Valladolid. Equipos que fueron muriendo de hambre en este mundo infame en el que para vivir dependes de la mano que te da de comer, no de ti mismo. Empresas, Ayuntamientos o Diputaciones que, con la cartera llena, se dedicaron a patrocinar a diestro y siniestro y que, después, cuando los agujeros de los bolsillos eran más grande que el propio pantalón, no se cortaron en dejar en la más absoluta de las estacadas a aquellos con los que con tanto falso cariño se hacían fotos años antes.

Todo ello, claro está, para que los ricachones de arriba, los políticos corruptos y toda esa panda de chupópteros impresentables, siguieran con su vida de altos vuelos, mientras la gentucilla del pueblo llano que pagaba su abono y animaba con bombo y bocata, se tenían que quedar en casa, ir al centro comercial, o, bueno, como no, al fútbol, que para eso siempre hay dinero.

Porque dinero siempre hay, el tema es quién lo tiene y para qué lo quiere utilizar. Ah, y sobre todo, cuánto de asquerosamente rico quiere seguir siendo.

El baloncesto ha muerto. Los valores del deporte, el compañerismo, todo eso no son más que palabras de mierda que no valen ya para nada.

Lo diré una vez más, porque ya lo dije, el baloncesto ha muerto. Los valores del deporte, el compañerismo, todo eso no son más que palabras de mierda que no valen ya para nada. Id a cualquier colegio en el recreo y veréis a más niños gritando “SIUU” como idiotas y revolcándose por el suelo fingiendo una lesión que cualquier otra cosa. Hemos perdido. Ha ganado el espectáculo.

Y si queremos ganar, entendiendo por ganar, sobrevivir, nos tenemos que prostituir. Tendremos que meter las cámaras en los vestuarios, hacer entrevistas en mitad del partido y montar un puto circo en los tiempos muertos. ¿Y qué? Se acabó el purismo. Si queréis que el baloncesto solo lo entiendan cuatro gatos al final acabarán viéndolo Pérez Reverte, Antonio Gala y Sánchez Dragó. Y no quiero. Quiero que mi tía la del pueblo tenga inquietud por llevar a su hijo el tontito al pabellón a ver su equipo. Y quizá sea mejor Telecinco que Teledeporte. Lo siento, pero hay que elegir o susto o muerte.

PD: mientras escribo esto estoy en un tren entre Shenyang y Pekín donde lo más cercano a algo español que he presenciado es un tipo que se ha tirado un pedo a mi vera. Partiendo de esa premisa, puede que el baloncesto se haya salvado en Sevilla ya. Como os digo, no tengo ni idea.

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