El sentido de Estado habla francés

Ha tenido que ser un político francés retornado a Barcelona quien explique qué es el centro político y qué es hacer política



Llega la ola de calor y no sólo a nuestros ya de por si sofocados termómetros. La temperatura política sube en una olla que cada vez da más signos de reventón. Si volveremos o no al bipartidismo es algo que aún está por ver, pero a los españoles parece no gustarles la inestabilidad política.

En realidad, si nos paramos a pensar, nunca hemos salido del sistema bipartidista, aunque ahora la confrontación se dé entre bloques y no entre partidos. No hay centro ni hay árbitro. No hay bisagra desde que Rivera decidió que quería abandonar el centro para ser el líder de la derecha, y aceptar también los votos de VOX no sin generarle su primera gran revuelta interna con dimisiones de diputados nacionales y también varias en el seno de su dirección.
Que el gobierno del Estado dependa numéricamente de los votos de los que no creen en él no parece una buena idea, pero tampoco lo es la convocatoria constante de elecciones, la prórroga sistemática de presupuestos y el sinfín de cosas que quedan en el aire mientras no se aclaran los grandes partidos.

En todo este maremágnum hay quien ha dado una lección de política que quedará para la historia, al menos para la contemporánea. Ha tenido que ser un político francés retornado a Barcelona quien explique qué es el centro político y qué es hacer política. Valls, quien fuera candidato de Ciudadanos en la ciudad condal, ha sabido ser altamente coherente con lo que es su principal cometido como partido: que no gobiernen los nacionalistas, ni los periféricos ni los centrales. Y así ha actuado cuando ha facilitado un gobierno de Ada Colau frente al de los soberanistas de ERC.

A Valls le ha valido romper con un Rivera que, teniendo la oportunidad de hacer que España no dependa de pequeños partidos que sólo representan a unos ciudadanos de unos territorios determinados, decidan cómo y cuándo poner en marcha el Gobierno del Estado, ha preferido quedarse en la trinchera.
Por sentido de Estado y por estabilidad de nuestro país se debería dejar gobernar a la lista más votada (no por norma, sino por lógica), pues no hay alternativa. El autodenominado centro, si tanto detesta al nacionalismo periférico, debe abstenerse para que no sean los soberanistas los que decidan. Ahora falta ver si hay más sentido de Estado o más interés en seguir en la trinchera viviendo de lo malvado que es el de enfrente. Y si no, a clases de francés.

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