22 de octubre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

La peor izquierda de la historia degrada la democracia en Andalucía y España

El asalto a La Moncloa de Sánchez con los independentistas y la revuelta en Andalucía contra el nuevo Gobierno forman parte del mismo fenómeno predemocrático de una izquierda irreconocible.

 

 

Juanma Moreno imparte este martes su discurso de investidura, que culminará al día siguiente con su designación oficial como nuevo presidente de la Junta de Andalucía, un hito histórico en una gran comunidad condenada a estar en el furgón de cola de casi todo, pese a su enorme potencial, tras casi 40 años de dominio socialista.

Y lo hará de manera impecable, al ser el único miembro del Parlamento andaluz capaz de reunir a su vera los suficientes apoyos que Susana Díaz, pese a ganar los comicios, no es capaz de presentar. La investidura de Moreno es, pues, la única viable, y responde además a la mayoría social presente en Andalucía, atomizada hasta en tres partidos pero superior en votos y diputados a la de la izquierda.

Pese a estas evidencias, Moreno se verá rodeado en la calle, con un infame escrache de todos los partidos, sindicatos y asociaciones que han vivido de la Junta y de los andaluces, regados con ingentes cantidades de dinero público que no llegaron a otros fines realmente públicos y sociales.

Un sistema clientelar

La revuelta de la izquierda, espoleada también por el PSOE y no sólo por Podemos, es tanto una reacción al sentido patrimonial del poder que tiene -extensible al resto de España desde la moción de censura- cuanto una inútil intentona de perpetuar sus privilegios, alojados en un sistema clientelar que tiene en los ERES en su clímax pero en el dispendio hacia tantos su norma.

Padecemos un contexto preocupante por la deriva antisistema de la peor izquierda que ha habido nunca en la misma España que tanto ayudó a construir

Además, presagia cómo se va a comportar buena parte de la izquierda en general. Porque si en Andalucía se presiona a Moreno y al Gobierno de PP y Cs antes de que siquiera eche a andar; en el conjunto del país se asaltó el poder Ejecutivo con una nefanda alianza entre Pedro Sánchez y esa inquietante pinza nacionalpopulista de Podemos y el independentismo y, ahora, se pretende bloquear toda alternativa por el método de aplazar las Elecciones Generales y estigmatizar el legítimo diálogo entre populares, naranjas y Vox.

Todo compone un paisaje intelectualmente predemocrático, de negación del elector y de acoso al propio ciudadano, maquillado por una supuesta respuesta a la degradación de derechos que supone el acceso al poder del centro derecha en Andalucía o la recuperación de La Moncloa en el futuro.

Siempre protestan los mismos

Cuando Sánchez tomó posesión, apoyándose a mitad de legislatura en los partidos a los que debería haber ayudado a aislar por suponer un peligro -como él mismo subrayaba-, el PP lo abandonó sin levantar la voz y los millones de personas que no votaron a ese nuevo Gobierno aceptaron el desenlace sin una mínima protesta. Y había razones para que unos y otros alzaran la voz, dentro de los parámetros constitucionales, obviamente.

Rajoy fue investido, en 2016, entre protestas populares, pese a haber ganado unas elecciones repetidas por el empecinamiento de Sánchez en gobernar, saldado con un escrutinio en las urnas aún más adverso para el PSOE que en el anterior. Y ahora se repite con Moreno, en un contexto preocupante por la deriva antisistema de la peor izquierda que ha habido nunca en la misma España que tanto ayudó a construir.

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