Pedro y Pablo en el hormiguero

He visto al políglota concejal Galiana, probable seguidor del método Tezanos, regalar los oídos de su jefe de filas, dar un pellizco de monja a su socia de gobierno.

Que un programa de entretenimiento y disparate, tan popular y exitoso como el que dirige el valenciano Pablo Motos, deba ocuparse de las patologías del presidente del gobierno y del vicepresidente que le atenaza con su propia complacencia, es un indicador de hasta donde hemos llegado en la perversión de valores. La secuencia del mitin sevillano de las últimas autonómicas que, precisamente, acabó con el régimen socialista del PER y los ERES, tras inundar las redes y visionarse, como por sorpresa, en uno de los programas de máxima audiencia del gigante de la telecomunicación privada y ampliamente subvencionada, ha saltado después a los telediarios más vistos de la cadena.

Que antiguos socialistas como Corcuera o Rosa Díez, manifiesten con la crudeza con que recientemente lo han hecho, su profunda preocupación por la salud mental y el equilibrio emocional de Sánchez, debiera ruborizar a quienes permanecen callados ante su evidenciada sicopatía. Que España dependa de alguien así, es (¿cómo les gusta decir a los que la protagonizan?) una soberana anomalía democrática.

Que Europa se exprese con la preocupación y contundencia que la palabra vigilancia conlleva, acerca de la pretendida reforma para suprimir la mayoría reforzada en la elección de vocales del Poder Judicial, no ha inmutado al presidente del gobierno. Tampoco la sentencia definitiva del Supremo y su mención expresa a la pretendida caja B del PP, de tan suculentos réditos políticos para “su persona”.

Con artrosis del dedo pulgar o sin ella, los socios valencianos de la diputada de Más Madrid, “disparan” permanentemente contra la sociedad valenciana con su catalanismo de salón por más que los tribunales dictaminen en contra

Que el ex presidente Francisco Camps haya tenido que verbalizar con absoluta crudeza la imposibilidad matemática de que el centroderecha gobierne con carácter general mientras el voto sensato se reparta de forma insensata, es (¿cómo bautizaron los contrarios al sentido común?) una emergencia nacional.

Con artrosis del dedo pulgar o sin ella, los socios valencianos de la diputada de Más Madrid, “disparan” permanentemente contra la sociedad valenciana con su catalanismo de salón (y a menudo callejero) por más que los tribunales dictaminen en contra. El requisito lingüístico, con la complacencia de la consellera Bravo (recuerden el “cariñoso” mensaje de Facebook que le dedicó el mismo 9 d'octubre el subsecretario de Mireia Moiá) que no se caracteriza por el uso del valenciano en sus comparecencias o ruedas de prensa, apunta secuelas judiciales en su indiscriminada utilización. Y no es de recibo que la Academia Valenciana de la Lengua -valenciana- se descuelgue con un twit oficial en el que acuse de “embolicar la troca”. El asunto merece una reflexión más profunda.

La naturalidad en la coexistencia de nuestras dos lenguas es un objetivo irrenunciable y compartido al que no ayudan las estrategias impositivas ni los fingimientos victimistas. Superadas las tensiones -y una cierta paletería- con las que acabaron la fundación de la Academia y su primera presidenta cuando se cumplen ahora nueve años, no es de recibo hacer de la lengua motivo de controversia y de división. Por mucho que la confrontación y no la concordia resulten hoy síntomas frecuentes de la política nacional.

Y en estos tiempos en los que lo on line prevalece y el abuso televisivo se aproxima a un acoso consentido, he visto al políglota concejal Galiana (un príncipe de gales hubiera sido más propio que los cuadros para su chaqueta), probable seguidor del método Tezanos, regalar los oídos de su jefe de filas, dar un pellizco de monja a su socia de gobierno y -lo más fuerte- interpretar un firme republicanismo de la sociedad valenciana, como síntesis de su particular Barómetro Municipal de Opinión Ciudadana. Definitivamente, nos toman por idiotas. Y lo hacen con nuestros impuestos.

Más delicado vuelve a resultar el asunto del agua, especialmente en el sur de la Comunidad donde el impacto económico de la suspensión del trasvase Tajo Segura resultará letal en su agricultura. Puig tiene enfrente a los suyos pero tendrá que ser leal con los valencianos. Veremos cómo.

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