La ciudad no es para mí. Ribó, la soberbia del ciclista urbano

Cordón sanitario a la extrema derecha, que aunque no directamente a sus conmilitones, ha surtido frutos y escaños al bloque de izquierdas.

Hemos sabido que el barro de la Pantoja se coló por los televisores en casi tres millones más de hogares que votantes obtuvo el PSOE en las generales. Así están las cosas y así me lo ha hecho ver un buen amigo …

Lo del barro es tal cual en el caso de la folclórica y real, aunque licencia literaria, en el demasiado ya habitual y recurrente lenguaje político. Más en época electoral.

El martes pasado el nouamonestado alcalde Joan Ribó se plantó en el Parque Central –en la primera fase de ese delicioso proyecto de la gran paisajista Kathryn Gustafson, auspiciado y soñado por Rita Barberá- que medio a regañadientes ha gestionado durante su mandato, para sacar pecho sin corbata en prematuro acto de campaña exponiendo líneas programáticas. Y lanzando barro.

Por mucho que proteste Vox, y aunque mis vecinas que los votan poco tengan que ver con ello, el sambenito de “extrema derecha” no se lo quitan ya de encima. Tendrán que combatirlo seriamente o asumirlo con discreción.

Así que, cómo no, por ahí empezó su diatriba: cordón sanitario a la extrema derecha, que aunque no directamente a sus conmilitones, ha surtido frutos y escaños al bloque de izquierdas. Para continuar con la moralina de la casa y, reconvertido en ensayista de la ética y analista del comportamiento humano, emprenderla elípticamente con el PP y Cs (“… ya han tenido comportamientos de extrema derecha” asegura sin pudor alguno el edil). Venga el barro.

Abrazado a un cinismo de oficio, anunció una campaña “en positivo” … para elegir entre “el pasado oscuro de la corrupción y el despilfarro” (menos mal que va en positivo) y una Ítaca de valores y calidad de vida. Y aprovechó para citar a Camps como quien no quiere la cosa. Hediondo barro.

Y escenificar su “preocupación por la gente, no por las banderas” (de lazos no habló). Lo de la gente también lo decía Rajoy -de ida y vuelta para Iceta- y en cuanto a las banderas no me extraña, porque sé de su alergia por la nacional y la senyera. Republicana y estrellada ya son otra cosa. Hoz y martillo sobre rojo, años atrás, fue la de su militancia. Barro pulverizado, pero barro al fin y al cabo.

Un par de días después, el jueves, víspera del inicio de campaña sacó a concurso cuarenta jefaturas de servicio en el Ayuntamiento. Jueves de fiesta y promoción. Tal vez nostalgia de la libranza de criadas y soldados en ese franquismo que parece perseguir a nuestra izquierda. Golosinas envueltas en barro.

Con esa irritante mezcla de superioridad moral y condescendencia con la que mira el ciclista urbano al peatón mientras invade la acera, con esa chulería con la que circula en contra o se salta un semáforo. Con la soberbia del eventual ciclista urbano.

 

 

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