21 de julio de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Mi amor de verano

Tus piernas ya no corren ni saltan como antes y mi pasión al otro lado de la pantalla tampoco es la misma. Todos hemos ido cambiando y es justo que nuestras vidas se separen aquí.

Decía Nicholas Sparks en “El cuaderno de Noah” que “los amores de verano son estrellas fugaces. Un espectacular momento de luz celestial, una efímera luz de la eternidad que en un instante se va”. Llevo compartiendo veranos con Juan Carlos Navarro desde mi primera sombra en el bigote y nuestra relación se ha mantenido en un bucle impertérrito y, hasta hace una semana, interminable. Básicamente yo le amaba muy fuerte de agosto a septiembre y luego él me hacía sufrir de octubre a junio. Año tras año. Temporada tras temporada. Como el que va cada verano al mismo camping, dispuesto a volver a caer en las garras de la misma persona que te hizo volar doce meses atrás para después volver a dejarte tirado por una vida estable en una ciudad lejana a la tuya.

Y ahora, según dices, te vas para no volver. El tiempo pasa para todos y tú y yo no íbamos a ser menos. Peinas canas hace tiempo y la sombra de mi bigote hace ya años que dio paso a otras zonas oscuras a lo largo y ancho de mi cuerpo. Tus piernas ya no corren ni saltan como antes y mi pasión al otro lado de la pantalla tampoco es la misma. Todos hemos ido cambiando y es justo que nuestras vidas se separen aquí.

 



Me quedo con tus triples imposibles, tus bombas lejanas, tu inteligencia sobre la pista y tu esfuerzo por año tras año defender con orgullo, pasión y calidad los colores de la selección. Me quedo con los momentos de felicidad que nos has regalado, con esos instantes en los que el balón quemaba y tus manos eran de amianto. Hay muchos tipos de jugadores: los que defienden muy bien, los que hacen jugar a los demás, los que son imprescindibles para hacer piña, los reyes de los intangibles, y luego los putos genios que ganan partidos ellos solos. Tú eres de esta última especie. Y por eso has sido tan amado. Y tan odiado. Amado porque sabíamos que cada verano cuando la cosa se pusiera chunga siempre estabas tú. Porque cuando nadie quiere, sabe o puede ganar el partido siempre se podía recurrir a ti. Métela. Y la metías. Y odiado porque eres tan profesional que durante la temporada en el Barcelona volvías a hacer lo mismo.

Por más que intentábamos reforzarnos siempre estaba Navarro. Daba igual cómo fuera la temporada, se sabía que ibas a venir al Palacio a meterlas de colores


No podíamos disfrutarte desde Madrid durante las competiciones de clubs y diré que has sido algo más allá de un tormento. Nos has hecho rabiar innumerables veces. Años en los que no éramos capaces de mojaros las orejas. Por más que intentábamos reforzarnos siempre estaba Navarro. Daba igual cómo fuera la temporada, se sabía que ibas a venir al Palacio a meterlas de colores. Y solo quedaba rezar o meterse en una cueva y esperar de nuevo a que llegara agosto. Espero, eso sí, que esta temporada guion gira de despedida al estilo Kobe Bryant no tenga escrito profanar nuestro templo una última vez.

El baloncesto, la selección y mis veranos no serán lo mismo. Aunque los chavales viene pisando fuerte pertenezco a esa generación que no conoce otra cosa que los éxitos rotundos. Y me quedan, siendo optimistas, a mis treinta y dos años de vida, unos sesenta más contando batallitas a los jóvenes. Es bueno, sí, pero no es como Navarro.

Hasta siempre, cabronazo.

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