Esa pócima educativa, o la brisa bolivariana

La ministra de Trabajo, Yolanda Díaz

La ministra de Trabajo, Yolanda Díaz

¡Cuánto dificultan los maravillosos adelantos que nos proporciona el nuevo socialismo bolivariano!

Parece mentira, lo alarmista que se ha vuelto la oposición. O lo alarmista que se finge para poder atravesar los palos de su inquina totalitaria en las ruedas del voluntarioso y prometedor gobernáculo cuyos ministerios rigen hoy, por aglutinación heterogénea de sufragios, el destino de nuestra honrosa república bananera.

Primero escupe —la oposición, digo— culebras, lanza dardos envenenados, violentos anatemas al ejecutivo porque no hace nada; y luego, cuando éste anuncia el proyecto de una ley educativa, empiezan a echar maldiciones y espumarajos, a mesarse la cabellera y a revolcarse por el suelo, a escenificar un escándalo mayúsculo y a despachar indignaciones por docenas —hay días que hasta por gruesas—.

Puro teatro y puro prejuicio. Ganas de alarmar al personal. Como si esa ley, promovida por un gobierno de mayoría socialista, obedeciera casi exclusivamente las directrices anarcopodemoides. Como si los ministros bolchepodemiques no tuvieran bastante con sus competencias y estuvieran atribuyéndose las ajenas. Inconcebible.

¿Qué indicios hay para pensar eso? ¿Que la ministra de trabajo, en lo que seguramente debió ser un exceso de patriotismo, invadió el sembrado sanitario y se puso a dar consejos para prevenir el Covid-19? Siempre hay quien hace una montaña de un grano de arena.

Fíjense ustedes que más de un líder político, presa de convulsiones absolutistas y fasciopatriarcales, ha interpretado que si la nueva ley sólo prevé la escolarización gratuita de los niños entre cero y tres años en los colegios públicos es porque se quiere dinamitar los concertados. Un despropósito inmenso basado en la ridícula suposición de que los niños, una vez hechos los primeros amiguetes, no querrán cambiar de centro.

Y no acaban aquí los desatinos: parece ser que la ley en ciernes pretende que los gobiernos autonómicos determinen, sin tener en cuenta la demanda, el número de unidades que abrirán cada curso los colegios concertados. Una disposición inocentísima, claramente dictada por la mesura y la ecuanimidad, que la oposición, sin embargo, considera un ardid para favorecer lo público.

Es evidente, a la luz de la lógica revolucionaria —de la infalible dialéctica trotsko-marxisto-lenimbanqui, única reconocida por todos los comités de sabios para enfocar esto—, que la carcundia rampante ha perdido el norte por completo; que vive sumergida en un marasmo de alucinaciones nacionalsindicalistas; que —y esto lo apuntan algunas insinuaciones hechas por sectarios empedernidos en traje de imparciales— siente una terrible nostalgia del franquismo.

¿De dónde, si no, ha podido inferir que ningún gobierno socialcomunista, por muchos alamares anticlericales que luzca, tenga que perjudicar a la enseñanza concertada, mayoritariamente católica, sólo por haber arrebatado a los padres el derecho a elegir colegio?

Cualquiera diría, escuchando estos delirios, que ha regresado el contubernio judeo-masónico-comunista; que se han abierto los pozos del infierno y ha escapado por ellos una garullada de almas en pena, de rojos exaltados y de satanases chusqueros con ansia de apercollar políticos y sumirlos en el abismo. Son cosas de cierta derecha exagerada, exasperada y exantemática, que se resiste a desaparecer.

Aunque también puede ocurrir que la oposición, alarmada, enajenada, presa del pánico y de la stalinofobia recurrente que padece, haya supuesto que las parejas con hijos pequeños, en su impaciente afán de que alguien se los quite de encima, y hartas de sablear a los abuelos, vean en la guardería pública gratuita el agua milagrosa de mayo, las puertas del gimnasio abiertas, el chingonoviazgo recuperado y la prórroga indefinida de la inmadurez.

Un concepto, a todas luces, injustificablemente pesimista e irracionalmente apocalíptico, si tenemos en cuenta lo muy familiares, lo muy hogareñas, lo muy clásicas y lo muy, pero que muy progenitoras que son las parejas de nuestro tiempo, cuyo sueño dorado es formar una familia vintage, tradicional y numerosa, y llenar los colegios —públicos— con su inmensa prole.

No nos olvidemos, por otra parte, del asunto religioso; de la contorsión imposible que ha hecho el fascio joseantoniano, presente y añorante, con el presunto ninguneo del cristianismo a manos de la nueva ley: nada menos que deducir, de la irrelevancia lectiva de los contenidos religiosos y de la invención de una original asignatura llamada «Valores cívicos», un rechazo frontal del gobierno a la religión católica, elegida por el 62,6 por ciento de los alumnos españoles.

Un ejemplo patente de ojeriza pura, de inexplicable aversión hacia un gobierno espiritual, apostólico y trascendente como pocos. ¡Cuánto mal hacen los disparatorios del burgofascismo parlamentarizado! ¡Cuánto dificultan los maravillosos adelantos que nos proporciona el nuevo socialismo bolivariano!

Van a llenar la futura Lomporromlomce, la enésima y quizá vencida ley educativa, ese prodigio de integración, pluralidad, consenso y asepsia; esa brillante antítesis del sectarismo; esa por fin desideologizada norma para la instrucción, culturización y desarrollo intelectual de nuestros jóvenes; ese cuerno de las abundancias docentes, libertarias y perroflautistas de tenebrosos, hediondos y sórdidos Hamelines; esa panacea; ese chilindrón; ese portento; van a llenarla, digo —es que pierdo el hilo con tanta hermosura jurídica—, de sucios inconvenientes, de salvedades capciosas, de malintencionadas enmiendas, de remilgos humillantes, pegotes retrógrados y dengues inverosímiles.

Intentarán el volapié argumental y la maldición constitucional; pero no podrán empañar el brillo científico, el rigor pedagógico, la honestidad sin tacha y el civismo incorruptible de una ley totalmente socialista, centrista y malabarista; de una ley sin manchas doctrinarias y tan reveladora, neutra y profiláctica, o tan repleta de saña inquisitorial —de la nueva inquisición ultramarxista, ultrafeminista y ultraexaccionista— que no hay por dónde cogerla.

*Periodista y escritor

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