La ciudad no es para mí. Silencio

Me dice el boss –Vicente Climent en este caso- que resultaría extravagante que mi columna de opinión ciudadana de hoy resultara una página en blanco. Intentaré remediarlo.

Probablemente el silencio es la última actividad humana que pudiera calificarse de plagiaria. No hay autoría original del silencio. No admite fuente, cita ni referencia.

Bibliografía sí, más de la que sería propio relatar en un sencillo artículo como éste. Y experiencia, mucha experiencia.

Desde la trapa hasta el monasterio tibetano, desde la pausa musical hasta Simon y Garfunkel, o desde la estatuaria religiosa románica (Pórtico de la Gloria de Santiago) hasta el Museo Vaticano, y desde la Inquisición hasta la actual barbarie islámica. De forma noble y voluntaria, o como castigo y condena por hecho considerado muy reprobable.

El creativo silencio de Kazimir Malevitch en su famoso y fértil blanco sobre blanco. El silencio dramático de la escultura de Ramón de Soto o el festivo y colorista de la pintura de José María Yturralde.

El wu wei taoísta, o aquella máxima tan popular que algunos aprendimos del pequeño saltamontes, “piensa todo lo que digas y no digas todo lo que piensas”, y que de forma tan particular también oímos decir a Marlon Brando en El Padrino.

Conozco cultivadores de silencios; también coleccionistas. Los primeros los producen y los gestionan con discreción e inteligencia. Los segundos los almacenan y con ellos se parapetan. (Admiro a los primeros y me asombran los segundos, a menudo los que triunfan con la inanidad como etiqueta).

Enternecedor el elogio del silencio del paraguayo Ticio Escobar, casi tan enigmático como el de la sombra del japonés Tanizaki. Estremecedor el de los corderos, de Hannibal Lecter y Jonathan Demme.

Silencio, se rueda.

Más sugerente y complejo resulta el oxímoron tan recurrente en la literatura romántica. Ese fuego que hiela, esa noche blanca, esa nieve ardiente … ese atronador silencio.

Tabula rasa, sepulcro blanqueado, vacíos y desiertos. Aunque nada tan explícito y gráfico como mi autocensurada, pretendida, página en blanco.

No encuentro reacción que mejor resuma y represente este permanente desgobierno.

Una por todas: la trapacería, estratagema, triquiñuela, argucia, pillería, trampa parlamentaria o como quiera llamársela, ingeniada para aprobar los presupuestos con el delicado embalaje de la lucha contra la violencia de género, tampoco es original ni inédita. Se enorgullecen de un puñado de antecedentes no precisamente representativos de lo mejor de la práctica parlamentaria, débil coartada para un autoritarismo en alza.

“Silencio respetuoso, silencio al rayar el día, misterio maravilloso de gracia y de poesía … Silencio” (Los Marismeños. Silencio. Por sevillanas)

 

 

 

 

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