De escaños y rampas de acceso

Vivimos tiempos complejos y agotadores, donde la tensión que se respira podría cortarse con un cuchillo

Leo una noticia que, a pesar de que no debería ser noticia, me congratula como hecho social simbólico, y básico. De normal son tan escasos que vale la pena recalcarlos.  

La información refería que las Cortes Valencianas estrenaban atril, escaños y rampas de acceso. Es decir que desde este pasado mes de octubre el congreso valenciano es completamente accesible para cualquier persona.

El vídeo que he podido ver muestra un parlamento diáfano y de pasillos amplios, con buen acceso a los escaños de sus señorías mediante rampas, sin escalones que entorpezcan el tránsito, adaptado para personas con problemas de movilidad, y con una tribuna de oradores regulable en altura mediante un dispositivo eléctrico, sencillo y acomodable para cualquier diputado.

Hay que aplaudir este advenimiento a los tiempos, confirmar que algunas autoridades, a veces, se ponen las pilas de la justa empatía, evitando la discriminación mediante la plena accesibilidad. Y es de agradecer porque es necesario adaptar estos lugares públicos y emblemáticos a la realidad social, sobre todo por lo que tienen de representativos. Desgraciadamente, y aunque seguro que hay otras autonomías y ayuntamientos preparados, todavía continúan siendo pequeños oasis en el desierto de lo no correcto.

Reciente tengo en la memoria aquel otro artículo publicado en esta misma columna que dediqué a Pablo Echenique, diputado de Podemos, confinado al gallinero y “sin escaño accesible” porque el Congreso de los Diputados no está adaptado a personas con movilidad reducida. El mismo congreso desde donde salió la ley de accesibilidad universal de 2017 que ahora sus políticos no cumplen.

Y es por eso que me agradó conocer esta obra, porque son ejemplos de visibilidad que nos envían a los ciudadanos como algo empoderado y necesario. Pero también me alegró porque de algún modo le hacía reparación a la diputada autonómica socialista Laura Soler; a quien no conozco personalmente. 

Ocurrió hace unas semanas, días después de publicar el artículo sobre Echenique, la fiebre sobre la accesibilidad en las altas instituciones del país, mejor dicho su falta, todavía duraba. Aquel día me hice eco, compartiéndola en Facebook, de una noticia titulada: “La socialista Laura Soler no puede acceder a la tribuna de las Corts al no ser accesible”.

Nunca pude imaginar la repercusión que tendría; otras veces he subido titulares de diarios y apenas suele suceder nada, lo que a uno le interesa no tiene por qué ser atractivo para los demás, pero la gran cantidad de compartidos y comentarios que tuvo me sorprendió.

Lo triste fue que la mayoría de esas réplicas eran con un claro tono de reproche, en ocasiones feo, y no precisamente hacia las instituciones

Lo triste fue que la mayoría de esas réplicas eran con un claro tono de reproche, en ocasiones feo, y no precisamente hacia las instituciones como quizás se podría imaginar por permitir que esa situación de falta de accesibilidad siguiera dándose, sino que eran contra la propia Laura Soler, a quien se culpaba, como ya ocurriera anteriormente con Echenique, de venderse al cargo político, cobrar y no hacer nada por los derechos de las personas con discapacidad.

Para mí esta lección ya quedaba clara, nunca hay que menospreciar la virulencia con que en ocasiones nos arrollan las redes sociales.

Luego, al día siguiente, el mismo diario lo abordó de nuevo, cediéndole esta vez la voz a ella. Me satisfizo que así ocurriera, me daba un motivo para tratar de restablecer lo que consideraba injusto. También la subí, añadiéndole un encabezamiento:

“Sigo el hilo del artículo que publiqué el pasado viernes sobre la accesibilidad en el congreso y la noticia que compartí ayer de las cortes valencianas y la diputada Laura Soler. Queda mucho por hacer, hay que reivindicar, pero también ser justos; el esfuerzo muchas veces está ahí, discreto, también los logros. Es cuestión de voluntad: "He llegado hasta aquí, pero quiero llegar hasta allí", dijo la diputada Laura Soler, señalando la tribuna de los oradores. Recomendable leer la noticia”.

 

Queda mucho por hacer, hay que reivindicar, pero también ser justos; el esfuerzo muchas veces está ahí, discreto

Pero la historia no tuvo el final feliz que yo esperaba. Nunca entenderé por qué, o puede que sí, pero este segundo aporte apenas tuvo seguimiento, aun dándole el mismo trato que al anterior.  Me entristeció mucho. Quizás fue por eso tan español de criticar por el simple hecho de criticar, sin conocer el fondo, porque en esta ocasión sí quedaban claros sus deseos y su denuncia de poder acceder al estrado con la dignidad del resto de los diputados, no en un rincón o desde la puerta.

De algún modo, y salvando las distancias, me pareció como cuando se hacen esas aseveraciones falsas o difamatorias en determinados medios y programas, donde se acaba denigrando la dignidad de algún personaje y nunca hay rectificación, y si la hay jamás logra ni una milésima parte de la repercusión que tuvo el agravio, quedando ese honor manchado para siempre.

 

Es verdad que yo solo me hice eco de una información sacada de un diario de fuerte tirada, sobre todo comparado con la repercusión que mis contribuciones en esa red social pueden llegar a alcanzar, pero eso no quita para que me sintiera indirectamente mal por el trato que muchos de aquellos comentarios le dieron a esta legisladora, cuya única culpa era desplazarse en una silla de ruedas; me consta que ella es una activista de la accesibilidad y los derechos de las personas con discapacidad. Pero sobre todo me dolió por salir de donde salió, los mismos colectivos hacia los que se dirigía.

 

Creo que la reivindicación debe de ser intensa y constante, en los medios y en la calle, es necesario reclamar y opinar pero desde la sensatez y la prudencia. Vivimos tiempos complejos y agotadores, donde la tensión que se respira podría cortarse con un cuchillo. Hay que exigir a las instituciones, censurarlas cuando sea necesario y con fuerza, pero en lo posible hay que respetar a las personas, (es verdad que con muchas cuesta de lo lindo), no juzgar a la ligera, sobre todo cuando de ellas solo conocemos la levedad de un enunciado. En este caso no fue así, estábamos equivocados y no supimos reconocerlo.

 

Yo lo expongo por aquí. Creo que es justo.

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