La ciudad no es para mí. Fiesta mayor

El voto responsable, el que es de suponer que hoy depositamos los españoles en las urnas de verdad, -vaya al partido que vaya- es la consagración periódica de la democracia.

Hoy es el Día. La Fiesta Mayor de la democracia. Pasada –por agua- la Semana Santa, terminada la fiesta de Sant Jordi en Ibi (donde tiene casa y taller Vicente Ferrero, el mejor escultor alicantino de estos tiempos) y aledaños, poco antes de la semoviente de San Vicente (Ferrer) -todavía en su Año Santo-, filósofo, pensador, prolífico escritor y taumaturgo, universal valenciano parlante, políglota milagroso, y patrón de la Comunitat. (Y conste que no he buscado la curiosa coincidencia onomástica).

No he felicitado a los “jordis”, los pseudopoliticos presos, por apenado que esté Rufián, mintiendo una vez más con los inexistentes cacheos previos de las visitas familiares en las cárceles españolas. “Es hueco todo lo que sale de su boca” (CAT dixit, más o menos y con razón. Lo de los “chavales de Alsasua” sencillamente repugnante).

Tampoco le hago ascos a Vetusta Morla, ni los considero patrimonio de la izquierda, que ya está bien de exclusivas buscadas y exclusiones pretendidas.

El voto responsable, el que es de suponer que hoy depositamos los españoles en las urnas de verdad, -vaya al partido que vaya- es la consagración periódica de la democracia. Por mucho que las campañas parezcan ensuciarlo todo, sustituyendo la muestra de la presunta vocación de servicio de sus protagonistas por el mero insulto al adversario. Estúpida malversación de quienes deben pensar que los estúpidos somos los electores. Y se equivocan. Esta noche lo conoceremos.

En la vorágine de las horas previas a la jornada de reflexión, esa extraña figura de la ley electoral española, -que nadie se preocupe, que no ha sido de genuflexión-, se celebraron los oportunos cierres de campaña con formato muy diferente a los de anteriores comicios. Menos multitudinarios, en espacios abiertos, pero igualmente festivos y tautológicos, se equivocará quien relacione tamaño y dosis de entusiasmo con prospección. Esta noche lo comprobaremos.

Y también las entrevistas a los líderes, en medios afines (con apenas excepciones), como demostración palmaria de que ninguno cree en los indecisos y, menos todavía, en su capacidad de convencerlos a la postre, si los hubiera. Eso sí, he apreciado un lenguaje más serio, evitando simplificaciones infantiloides como la del “trifachito” u otras lindezas, tras entender que pueden resultar un boomerang no pretendido. Y un avance, por fin, de los más que probables pactos.

Y algún fichaje de última hora para las próximas. Permítaseme citar excepcionalmente el de Leopoldo López (padre de mi querida Diana y mi admirado Leopoldo; que éste sí es un preso político a tener muy en cuenta, por mucho que no lo aprecien así nuestros particulares bolivarianos) para el parlamento europeo tras el escatológico episodio protagonizado por un tal Garrido.

Se acabó también el monopolio del amarillo por los golpistas. El gualda de nuestra bandera nacional, el vinito de Jerez, que funge asimismo en la Senyera valenciana acompañado por el azul Sorolla, - y en la catalana, a secas-, incluso en la republicana (que por no ser constitucional tampoco lo es “pre”, como suele adjetivarse la de Carlos I labrada en piedra en Yuste). Ojalá se terminara el plástico doblemente contaminante del impresentable y hediondo Torra.

Se acabó la diversión … llegó la fiesta de la democracia y mandó a votar. Pueden ustedes cantarlo a ritmo caribeño y así se retratan, como Iglesias.

Los augures predicen, pase lo que pase, inestabilidad y discordia. Tal vez se equivoquen. Esta noche lo sabremos.

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