El palimpsesto de la Covid

No hay dinero para testar lo imprescindible, pero sí lo hay —de sobra— para exhumar mortajas, identificar zancarrones y resucitar inquinas; para enchufar espoliques, asesores y portagendas.

El Covid —su permanencia maldita, su interminabilidad— nos ha traído un entretenimiento nuevo, mitad costumbre inveterada y mitad moda pasajera: la inconsciencia del fin de semana; la irreflexión, la euforia y la locura del sabadomingo; la fuga y el escapismo regular de la clase obrera con el pegote vírico y el aguijón del hartazgo.

Cada cinco/seis días laborables, buena parte del vecindario alcanza la saturación completa en punto a mascarilla y dióxido, higiene y pantalla, distancia y anomalía, o en punto a ocultamientos, intoxicaciones, lavoteos y esquiveces, que viene a ser lo mismo, y pasa el tiempo de holganza con el rostro corito y la guardia baja, espurreando amebas de rechazo y paramecios de sublevación, matuteando contacto, normaleando la pandemia y pandemializando su entorno.

De manera que pasa uno ante los ventanales del restaurante y los ve, sentados en mesas de dos, de cuatro y de ocho, puerta cerrada y aire acondicionado, hasta el moño de protocolos y desinfecciones, mascando a dos carrillos, con la hormigonera de par en par y el condumio a la vista, dando voces, riendo a carcajadas, mordisqueando la colmatación del bocadillo, empastrando los bordes del vaso y manoseando platos, cubiertos y puertas, despreocupados verdaderos o fingidos, dados al —o refugiados en el— pantagruelismo hebdomadario. Se pasma uno con el espectáculo y le invade la sensación de que ha pasado el tiempo, de que ya no hay virus ni murciélagos o laboratorios chinos que lo traigan al mundo, de que ha terminado la pesadilla y ha vuelto la vieja realidad o ha empezado una nueva sin peligro de contagio, sin temor a cada movimiento, sin paranoia viral ni apocalipsis zombi.

Esta botillería de pueblo, modosa y aséptica entre semana, invadida el «finde» por el susto y el hastío de la muchedumbre, y transformada en casa de Lúculo, en espejismo de libertad y en peligro público es la demostración patente de cómo la flojera del respetable destruye aquí lo que se previene allá; la explicación cristalina de por qué la España, en todo el orbe, abochorna la profilaxis. Reluce una vez más el carácter de la raza, su indomeñabilidad congénita, su peculiaridad euroarrabalera. Fracasa de nuevo la disciplina en el finibus terrae. Ni el desatino bolchevique, ni la emergencia sanitaria, ni el ejemplo de prudencia que ha dado Madrid con el test masivo al profesorado: no hay manera de que obedezcamos.

De manera que pasa uno ante los ventanales del restaurante y los ve, sentados en mesas de dos, de cuatro y de ocho, puerta cerrada y aire acondicionado, hasta el moño de protocolos y desinfecciones, mascando a dos carrillos, con la hormigonera de par en par y el condumio a la vista.

Perseveramos, a lo sumo, una semana, y luego recobramos —un alivio, un descanso, un horrísono chiflido— nuestra índole anárquica y burladora. Se han abierto los colegios a la remanguillé, que vale tanto como al buen tuntún y a lo que salga, dejando la seguridad a los albures de cada centro, como se ha dejado la seguridad, en los bares, a los albures de los botilleros.

No hay dinero para testar lo imprescindible, pero sí lo hay —de sobra— para exhumar mortajas, identificar zancarrones y resucitar inquinas; para enchufar espoliques, asesores y portagendas; para soplar en el brasero de la guerra civil y para cambiar —ahora lo llaman «resignificar»— el pasado.

Han descuidado por segunda vez los geriátricos, nos han dejado salir para que demos vueltas a la noria que alimenta sus gabrieles y su faroleo.

Han convertido los centros educativos en cocteleras donde se mezclan todas las familias; han descuidado por segunda vez los geriátricos; nos han dejado salir para que demos vueltas a la noria que alimenta sus gabrieles y su faroleo; y entretanto se han dedicado a otra cosa —quizá suya, quizá de otros, pero siempre distinta, por muy distante, de lo nuestro—; a lo que parecían venir cuando, en los acaboses del marianismo, y justo antes del coronavirus, agarraron la poltrona; a lo que realmente nos librará del paro, de la miseria y de los okupas: al zascandileo arqueológico; a procurar que se investiguen las violaciones de los derechos humanos durante la dictadura —¿durante la república no?—; a desgajar títulos nobiliarios de solapas polvorientas y a transmutar la historia en un palimpsesto donde las arcadias culturales, las prosperidades económicas y las maravillas residenciaestudiantiles recubran el tenebroso pergamino que fue la segunda republiquez; a una cosa que podrá estar bien o mal, irnos o venirnos a los plebeyos, explicársenos o disimulársenos, consultársenos o imponérsenos, pero que inhumará, en cualquier caso, una suma ingente de peluconas, exprimirá el erario público y provocará en las muchedumbres —ya debemos el PIB entero— el fétido regusto y el gélido espeluzno de la bancarrota.

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