25 de septiembre de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

El Rey tiene que encontrar la forma de responder a la campaña en su contra

El Rey Felipe

El Rey Felipe

 

 

Felipe VI vive el momento más complicado de su reinado, que nunca ha sido sencillo, por la combinación de los problemas de su padre y mentor y la campaña que, con esa excusa, libra contra la corona una parte del Gobierno, con la complicidad, tibieza o aquiescencia del propio presidente del Gobierno.

No se lo han puesto fácil al Monarca desde el mismo día en que llegó a la Jefatura de Estado tras una compleja abdicación, tan forzada como su actual "exilio", de don Juan Carlos I: la marcha  del trono de quien fuera uno de los artífices y protagonistas de la Transición, presionado por el populismo incesante y debilitado por errores propios; abrió un periodo de inestabilidad y presiones que, sin embargo, capeó con una mezcla de utilidad y transparencia reconocida por la sociedad española.

Pero ni su comportamiento ni su valía han sido suficientes para darle la calma que su función merece. Al contrario, la llegada al poder de Pedro Sánchez, tutelado e intervenido por Podemos y el independentismo, le colocó en la diana de una manera casi cotidiana.

En una parte de Cataluña le declararon incluso persona "non grata", y en el conjunto de España ha padecido el acoso, las caceroladas y las presiones de Podemos y sus distintas facciones, con una ansia republicana involucionista que, en el caso de Pablo Iglesias, le ha servido también para tapar sus escándalos propios. O al menos para intentarlo.

 

 

Pero es la confusa actitud del propio Sánchez la que de algún modo legitima todo lo anterior y transforma una opinión residual en un peligro institucional evidente: mantener en el Gobierno a quienes discuten abiertamente al Jefe de Estado, defienden la abolición de la Monarquía Parlamentaria y dinamitan el edificio constitucional es incompatible con presentarse luego como paladín y garantía del llamado régimen del 78.

El presidente del Gobierno no puede estar a la vez contra quienes desatan un pulso antisistema y con ellos en el Ejecutivo o pactando presupuestos, en un equilibrismo artificial que en realidad siempre acaba decantándose por el blanqueamiento de las peores ideas, sean las separatistas o las antimonárquicas. Tolerarlas equivale a reforzarlas, por mucha pirueta que se intente luego.

 

Y el Jefe de Estado, cuya función es discreta por naturaleza, no puede permanecer impasible eternamente. Ha de encontrar la manera de garantizar el escrupuloso respeto a sus obligaciones institucionales con la imprescindible conexión con la sociedad española, huérfana de sus palabras en momentos tan complicados. Entre el berrido y el silencio hay un camino intermedio y don Felipe ha de encontrarlo. Si no, al final, quien calla otorga.

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