15 de septiembre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

La salud del Rey Juan Carlos obliga a darle ya el reconocimiento que merece

 

 

El Rey Juan Carlos tiene 81 años, se ha sometido ya a 17 operaciones quirúrgicas y su vida profesional y personal ha sido siempre muy intensa, lo que en conjunto le sitúa en ese espectro poblacional en el tramo final de su trayectoria.

Felizmente ha superado con éxito una intervención que, dicho sea de paso, ha sido bastante más delicada de lo que la Casa Real había anunciado: pasar varias horas en la mesa de un quirófano, someterse a la instalación de tres bypass y constatar la afectación de buena parte del sistema aortocoronario no es tan baladí como se intentó decir, sin duda conscientes del impacto que tiene la figura del Emérito.

Su trayectoria

Sin necesidad de enterrarle, como hizo un célebre periódico nacional al anunciar por error la muerte de don Juan Carlos, es obvio que por una mera cuestión de edad es algo que ya entra entre las opciones posibles, especialmente con un historial médico detrás tan enjundioso.

Y por ello hay que preguntarse si su figura y trayectoria han de ser reconocidas y homenajeadas en vida, como forma, por lo demás, de proteger una parte crucial de la historia de España que le ha dado al país el mayor periodo de prosperidad, libertad e igualdad probablemente conocido nunca.

No reconocer en vida a don Juan Carlos equivale a no reforzar lo que la propia España ha construido desde 1978

La respuesta es afirmativa, pero la realidad es la contraria: desde su abdicación en 2014, más fruto del clima populista que empezaba a asentarse que de los errores cometidos -ciertamente llamativos, pero de menor enjundia que sus enormes aciertos-, la falta de reconocimiento a don Juan Carlos ha sido tan evidente como para llegar a excluirle de la conmemoración de la Constitución.

Desde el 78

Apartar al Rey que, como no podía ser de otra manera, renunció a los poderes heredados de Franco para estimular la Transición democrática, ha sido durante todo este tiempo un indicio de la depresión del sentido nacional de España, acomplejada y atacada a la vez por esa mezcla del populismo y el nacionalismo que tanto desequilibrio viene generando al menos en el último lustro.

Rehabilitar de verdad al Emérito es, amén de un acto de justicia personal e institucional, una buena manera de reivindicar el mejor concepto de España, a menudo alicaído y sometido a tensiones por minorías ruidosas. No agradecerle a Juan Carlos I lo que hizo, mientras pueda verlo en persona, es una manera de dañar a la propia España y de minusvalorar lo que el país ha logrado desde 1978.

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