Los republicanos valencianos, derrotados por las prostitutas

El erotismo y el sexo jugaron un papel fundamental durante la Guerra Civil. Un Comité de la UGT censuraba los espectáculos en Valencia mientras las enfermedades venéreas tumbaban a los soldados de la 83 brigada en Vinaroz y la República trataba de prevenirlo con preservativos fabricados en Valencia.

(Bombardeo en Valencia)

La prostitución, tan traído tema y tan de actualidad permanente, tuvo también protagonismo durante la Guerra Civil. ¡Y no en el bando que todos podrían pensar! Más bien al contrario. Maltratadas por republicanos y nacionales, en la mayoría de los casos lucharon por la propia subsistencia frente la miseria circundante.

Uno de los casos más llamativos ocurrió en el año 1937. Cuando las tropas de Franco ya acechaban el Mediterráneo llamando a las puertas de Teruel, un grupo de prostitutas, ellas solitas, tumbaron a la 83 Brigada republicana que estaba estacionada en Vinaroz. En una Orden firmada por el comandante jefe, J.Pellicer, en junio de ese año, se advertía de la necesidad de que todas las prostitutas que ejercieran esa profesión en el mencionado municipio debían ser reconocidas médicamente. Tan singular epidemia de enfermedades venéreas había supuesto la hospitalización y el tratamiento de la práctica totalidad de los soldados, que tuvieron que permanecer durante algunas jornadas en dique seco.

(Cabaret La Criolla)

Esta situación de contagio de venéreas no fue exclusivo de la Comunidad Valenciana. Se produjo en otras partes de la retaguardia republicana, donde se había incrementado notablemente la práctica del oficio más viejo del mundo. En Barcelona, donde la prostitución se había incrementado un 40% desde el inicio de la guerra, la sífilis campaba a sus anchas causando estragos entre la población.

En tema de sexo y erotismo, de prostíbulos y espectáculos, los republicanos eran tan puritanos o más que los nacionales. En Valencia, un Comité de la UGT y la CNT censuraba los espectáculos de cabarets y cines tratando de frenar el ímpetu acalorado de bailarinas y clientes. Ruzafa, la calle de las Barcas o de la Ribera ofrecían los mejores cabarets de la ciudad. En ellas se podían oír, como recuerda el historiador Rafael Solaz, canciones subiditas de tono del estilo: “¡Camarada, camarada, mantén recto tu fusil! ¡Mi valiente camarada que así lo quiero pa mí…, Ay sí, solito para mí!”, cantado por una voluptuosa mujer del espectáculo.

En el Salón Alcázar, que estaba en un semisótano, se recuerda cómo, en febrero de 1937, un bombardeo pilló a numeroso público masculino llenando la sala y subiendo la temperatura más de lo aconsejable. Como quiera que la cosa no estaba para cortar a mitad, al irse la luz encendieron velas y ordenaron continuar con la música. De ahí a que las bailarinas siguieran con el espectáculo medio casi nada, a pesar de las vibraciones y los ruidos de las bombas.

Como quiera que las proclamas de la reducidísima organización feminista valenciana Mujeres Libres no lograba convencer a los republicanos de la capital del Turia, las empresas se lanzaron a fabricar preservativos propios. Así fue como triunfaron en Valencia los condones de caucho de las marcas La Luna y Flecha, que parece eran los más populares.

A pesar de que el Chalet Rosita, en la Avenida del Puerto, fue un centro principal de prostitución de soldados republicanos, el gobierno municipal decidió enviar información para prevenir contagios en el frente y que no se repitiera lo ocurrido en Vinaroz. Así, se repartieron folletos titulados “Mucho cuidado con Venus”, que aconsejaba el uso de preservativos, a poder ser valencianos, y una pomada preventiva para antes de llevar a cabo cualquier tipo de acto sexual.

Vicente Javier Más Torrecillas. Doctor en Historia. Académico de la Real Academia Valenciana

 

 

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